Para bien o para mal, los ejemplares masculinos de la raza humana, al igual que otros mamíferos, tenemos entre las piernas un cilindro de carne flanqueado por dos piezas ovoidales contenidas en una bolsa de piel. "Paquete" es el sustantivo con que el habla popular ha designado el órgano reproductor masculino en su totalidad, falo y gónadas; pero habría que hacer aquí una distinción entre sus partes constitutivas, pues existen en este conjunto algunas contradicciones esenciales. Por ejemplo, si uno es un tipo chévere, ganador, seductor, es la verga, y si es todo lo contrario, es una hueva. Para colmo, uno puede presumir de ser vergón pero nunca de ser huevón. Jugando tontamente a las rimas chuecas, podemos afirmar entonces que en nuestra entrepierna pende y se bambolea un oxímoron.

Pero tratemos de ser didácticos y explicar qué se siente, cuáles son las vicisitudes y particularidades que entraña tener paquete. Primero habría que decir que las huevas son termosensibles, y por ello el clima hace que uno se vea más o menos huevón (cuando la realidad es que el tamaño de cada hueva es estable, de aproximadamente cuatro centímetros de largo por tres de ancho). Lo que sucede es que con el calor bajan y quedan hamacándose en el aire, mientras que con el frío suben y se pegan a la base del pipí. Ello se debe a que la temperatura ideal para fabricar espermatozoides debe ser de entre 33 y 35 ºC, y por tanto ante el calor deben airearse y ante el frío todo lo contrario. El músculo que propicia este distanciamiento, el caucho del bungee, para entendernos, recibe el sugerente nombre de cremáster. Cuando el cremáster está distendido y la televisión está encendida, o estamos en la cama haciendo pereza, a los hombres nos invade un impulso irresistible, ancestral, animal, de jugar con ellas, toquetearlas, rascarlas y sopesarlas con la mano como si se tratara de bolitas desestresantes. De hecho, lo son. El rasking ball, mis queridas amigas, es un deporte universal. Lo practicamos desde que somos bebés hasta que llegamos a la ancianidad, y es —aunque un placer secundario frente a otros usos que involucran el apéndice cilíndrico y eréctil del que en breve hablaremos— uno de los goces que prodiga el paquete a sus orgullosos propietarios.

El pene, que tiene tantos nombres como Dios, es la parte más importante de esta trinidad, el protagonista de la película. Si a uno le falta una hueva, vaya y venga, pero si le falta la mondá, apague y vámonos. Estoy 100% seguro de que si a un hombre le tuvieran que amputar alguna parte del cuerpo, y le dieran a elegir cuál, esa sería la última opción. Por eso es que cuando jugamos fútbol, y uno se para en la barrera, siempre nos cubrimos ahí. Que nos den un balonazo en la cara pero nunca en la poronga. Es, sin lugar a dudas, nuestro mejor amigo, nuestro compañero de conquistas y nuestro consuelo en la soledad. Nuestro juguete preferido, la extensión de nuestro ego y depositario de casi toda nuestra autoestima. Tan fundamental es en la estructura de nuestra personalidad que a veces toma el control de nuestros actos. Dejamos de pensar y le delegamos todas las decisiones . Pero aunque nos meta en problemas nunca le quitamos el saludo ni nos peleamos con él.

Dicho esto, que es fundamental para entender buena parte de nuestra idiosincrasia, procederemos ahora a sentar ciertas verdades fundamentales sobre él.

a) Mientras la inmensa mayoría de las cucas queda bien hecha, un porcentaje significativo de vergas viene con el prepucio muy estrecho y deben circuncidarse. La guasamaya es, en rigor, un producto más defectuoso que su contraparte femenina.

b) Es prácticamente imposible encontrar una polla que se pare con meridiana rectitud. El ejemplar que apunte exactamente a las 12:00 en punto, que sea milimétricamente perpendicular a la pelvis, es una rareza digna de fotografiar. Todos tienen un chanfle, una desviación hacia la izquierda o hacia la derecha. Por eso los sastres serios, cuando están tomando las medidas para confeccionar un pantalón, no escapan a la pregunta "¿para qué lado carga usted?".

c) Los cuerpos cavernosos son un músculo liso que se encuentra en el interior del chimbo, cuando estos se inundan de sangre, se produce una erección. Por las mañanas uno suele levantarse parolo. Las erecciones matutinas son un rezago de las erecciones nocturnas y, por supuesto, los sueños mojados. A uno se le para por las noches debido a motivos fisiológicos, pues es necesario oxigenar los cuerpos cavernosos, llevarle sangre a las células para que no se mueran. La naturaleza, que además de sabia es discreta, hace que dicha terapia se produzca mientras dormimos, o mientras estamos arrunchados. Si no fuera así, viviríamos —aún más— parolos a lo largo del día. Nuestro querido invertebrado sería aún más arisco e independiente de lo que ya es.

d) Si bien es bastante cómodo orinar parado, es difícil aprender a apuntar, enchoclar el chorro en la taza del inodoro. No es un talento con el que se nace, a veces nunca se llega a adquirir. Sin embargo el orificio final, el remate de la cotopla, el ojito por donde salen los orines, que recibe el nombre de fosa navicular, está diseñado para que el chorro se enrosque al final, salga en forma de tirabuzón, de espiral, y permita una meada nítida. El chorro bífido mañanero, la regadera o el sorprendente chorro desviado que algunas veces nos aqueja y nos hace mear el borde de la taza tienen explicación en la poca velocidad de flujo, es decir, son problemas de escasa presión.

e) Está comprobado, gracias a un estudio londinense del Saint Mary‘s Hospital —llevado a cabo en 2002 por los urólogos Jyoti Shah y N. Christopher— que el tamaño del miembro viril no tiene ninguna correlación con el tamaño del pie. En dicha investigación midieron 104 pichas de personas que calzaban 43, y el promedio era de 13 centímetros.

f) Del mismo modo, tampoco hay una correlación entre la estatura o la masa corporal y el tamaño de la pinga. Una comparación zoológica de nuestros primos homínidos lo podría ilustrar: el pene erecto de un gorila adulto es de unos cuatro centímetros, mientras que el del chimpancé, cuyo tamaño corporal es significativamente menor, mide aproximadamente el doble que el del gorila.

g) Hay toda una discusión étnica con respecto al tamaño del pene. El promedio latinoamericano es de 15 centímetros, según Wikipedia. Mi hermano urólogo dice que 14,5.

h) Según él, además del clítoris, los tres primeros centímetros de la vagina son los que tienen sensibilidad, o sea que uno con poquito, con por ahí cinco centímetros ya puede satisfacer a una mujer. En todo caso, y a pesar de eso, no pocos problemas de autoestima provienen del tamaño de la pérgola que uno tenga.

i) Y lo bien que se le pare, y lo que dure uno antes de venirse. Somos conscientes.

j) También está comprobado que mientras más veces uno eyacule durante su vida, menos probabilidades tiene de padecer cáncer de próstata. El placer onanista, las balas de salva, son una opción, pero lo verdaderamente rico es hacer el amor. Por eso, y para completar esta lista, les informamos, apreciadas damas, que en gran medida depende de ustedes nuestra buena salud.

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