Siempre me ha cautivado que los cocineros fumen mientras trabajan. Se diría que el contacto con los ingredientes exige absoluta concentración olfativa y, sin embargo, grandes artesanos del fuego se encapsulan en un humo paralelo mientras arrojan especias a la olla. Encuentro en este gesto el sentido de un invento que no tiene nada que ver con la cocina y ni siquiera con la nariz. Me refiero al iPod. Sé que mi argumento comienza en forma extravagante. Paciencia, o no se llega a nada.

Hace medio siglo, la música era un gusto sedentario. Los tocadiscos venían empotrados en muebles que nunca hicieron gran cosa por la decoración; tenían un aire de sarcófagos con agujeritos, por si el muerto resucitaba. Dependiendo de la carpintería, algunos se prestaban más para que de ellos salieran villancicos, música ranchera, poemas gritados por León Felipe, mambos frenéticos, boleros de Los Panchos o cantos órficos. El tocadiscos sustituyó a la chimenea y justificaba la noción de "hogar".

No tiene caso repetir la evolución que ocurrió en los escaparates del mundo entero. En medio siglo, la única constante de la tecnología ha sido el esotérico criterio para ponerle precio: algo que cuesta 59.90 tiene la extraordinaria ventaja de no costar 60.00.

Si la civilización dependió de pasar de la vida nómada a la sedentaria, la ultratecnología fabrica objetos cada vez más pequeños y ligeros para revertir esta tendencia y sugerir que lo doméstico puede desplazarse.

El hombre tiene una relación compensatoria con el tamaño de las cosas. En tiempos pobres, lo grande le parece sólido y el vientre abultado, saludable. En tiempos de sobrepoblación y bienestar, sobran grasas y armatrostes.

La actual estética de la desaparición propone sillas raquíticas y codiciables cuerpos famélicos. Solo cuando una top model muere por alimentarse de tomates y manzanas se recuerda que hay casos de apuro y posguerras trágicas, donde el chorizo ayuda a la supervivencia.

Para no violentar a la bioética, el ideal de esencializar el cuerpo solo puede cumplirse a través de las prótesis, los aparatos manufacturados con nanotecnología. Ahí, la anorexia es provechosa.

¿Qué cambios de comportamiento provocan objetos cada vez más planos y más leves? Los teléfonos celulares provistos de cámara despertaron el apetito visual de personas que antes apenas abrían los ojos. De modo más profundo, la cultura portátil relativizó el espacio. Estamos, como sugiere Paul Virilio, ante el crepúsculo de los lugares. Muchos sitios dejaron de ser metas, porque ya están en el bolsillo. La biblioteca, la galería de arte, la oficina e incluso el consultorio médico no son lugares a dónde ir, sino datos para llevar a cuestas. Las transacciones que dependen del teléfono o internet provocan una peculiar deslocalización: la persona que tramita en línea un boleto México-Bogotá está en Chile o en la India.

La pérdida de usos regionales tiene que ver con la globalización, pero también con la caída en desuso de los objetos fijos: la mesa rinconera ya no sirve para sostener el teléfono y el escritorio se usa cada vez menos.

En este escape hacia lo portátil, el iPod transformó lo que nos llega por los oídos. La posibilidad de almacenar un amplísimo repertorio y llevarlo a todas partes tiene evidentes ventajas prácticas. Además, la relación entre internet y el iPod alteró la historia de la música. Numerosas composiciones que se daban por muertas, regresaron a la realidad virtual, ese camposanto donde toda resurrección es posible. La idea de hit-parade resulta obsoleta en una época donde cada quien fragua sus preferencias. Los Doors son actuales para gente nacida décadas después de que Jim Morrison proclamara como un profeta del inmediatismo: "¡Queremos el mundo y lo queremos ahora!".

¿Hay cosas negativas en el iPod? Bueno, se han perdido placeres menores, propios de las personas indecisas. En tiempos de los discos de larga duración, pensabas que querías oír a Miles Davis, pero al buscar el álbum encontrabas otro que llegaba primero a la tornamesa. Ahora es menos fácil acercarse al disco accidental que uno busca en secreto cuando cree preferir otro. Se trata, por supuesto, de un efecto secundario sin consecuencias graves.

Lo decisivo del iPod es que ha reinventado la soledad. Las reuniones primigenias ocurrían en torno al fuego. Con el tiempo, el hombre aprendió a domesticarlo y a llevárselo consigo. Fumar es una tentadora posibilidad de establecer contacto con ese calor primario. La cultura del humo transformó la brasa en recurso portátil.

Aunque esté acompañado, el fumador inhala para viajar hacia sí mismo. César Luis Menotti, a quien le sobran las respuestas, encontró una bastante lograda para expresar lo que el cigarro le significa: "Es la soledad que uno elige". Aislarse en una nube provisional es un veneno incurable, pero permite la rara introspección de quien está y no está en un sitio, filtrar la realidad con un velo acompasado.

El tocadiscos fue el equivalente acústico del fogón. No es casual que la estática de los discos produjera un crepitar de leños.

En una época en fuga asistimos a otro desprendimiento casero. Si el tocadiscos fue una variante de la chimenea, el iPod es puro humo, fuego transportable. Como el cigarro, permite una soledad elegida, perfecta para una era donde lo colectivo es lo que se comparte por separado, ya sea en el chat de la computadora, el SMS que llega al teléfono o la música que vibra en el oído.

El cocinero que fuma piensa en sabores conjeturales mientras interioriza la cocción. El hombre provisto de iPod no es muy distinto. La música es para él un desprendimiento de lo que antes estuvo en otro sitio —la casa, el fuego del comienzo—, un chisporroteo que lleva a todas partes el ritmo interior con que enfrenta el compás del mundo, el nuevo humo de los nómadas.

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