Hubo un tiempo, de eso hace apenas seis años, tal vez menos, que Argelia de María era campo de guerra, uno arriba en las montañas de la Cordillera Central, en el extremo sur de Antioquia, justo a 146 kilómetros de Medellín, a eso apenas. Picaban gente, mujeres, viejos, un par de niñas, muchachos, también perros. Igual, dice ahora un campesino bajo su sombrero, como se pican las verduras para un guiso de carne. Pero que nadie se asombre, es decir, esa historia, aunque así de dolorosa, ya es sabida. Las noticias de la barbarie se repetían en los noticieros, justo antes de los goles de algún partido jugado el día anterior. Los campesinos de Argelia pedían auxilio, a veces con los rostros cubiertos bajo ruanas y ponchos, las manos empuñando rosarios, las voces quebradas. ¿Alguien recuerda haberlos oído, visto? El baño de sangre se detuvo mucho después, mucho después, cuando los asesinos se fueron a pastorear sus ejércitos a otras tierras. Hoy es miércoles 3 de junio, un día soleado que, según el santoral católico, está dedicado a veintisiete mártires de Uganda asesinados por un rey en 1886. En Argelia nadie sabe el número de sus muertos. Si uno pregunta en la calle, a cualquier mujer, entonces puede hacerse a una idea. Son tantas con sus maridos asesinados que este pueblo, cuyo apelativo oficial es Parcela inmortal de Antioquia, bien podría llamarse El pueblo de las viudas. Las cifras oficiales dicen que en doce años, entre 1993 y 2005, su población pasó de 10.852 habitantes a 6823, es decir, 4029 personas menos, cientos asesinadas, miles desplazadas. María Libia Carmona es una de tantas.

A su esposo, Ángel Custodio Bedoya, lo fusilaron las Farc, esa guerrilla de bárbaros, el 8 de mayo de hace seis años, dice ella y en seguida llora, como si aquello hubiera pasado hace unos días. Sus ojos son de distinto color, uno azul, celeste, el otro gris, culpa de un chorro de Límpido que le cayó mientras lavaba el baño de una casa en la que a veces le dan trabajo. Fue un jueves por la noche. Ella estaba en la cocina preparando una colada de maicena, su esposo en la cama con Luz María, que entonces tenía cuatro años. Le estaba enseñando el Padre nuestro y le decía que era una oración poderosa para espantar las tragedias, en esas llegaron dos guerrilleros vestidos de camuflado y con fusiles, le ordenaron que los acompañaran. Ellos mismos le pusieron el poncho y el sombrero porque el hombre no quería hacerles caso. María Libia se contiene, toma aire, se limpia las lágrimas. La niña gritaba, no lo soltaba. La llevaron con ellos, la esposa detrás. "¿Por qué me van a matar, yo qué les hice?". La viuda dice que quizás todo fue culpa suya, que nunca debió dejar que lo sacaran de la casa, que cuando oyó los pasos en el corredor de la entrada debió decirle que corriera, "pero del susto a uno la lengua se le hincha y no le cabe en la boca, uno no es capaz de decir nada, bendito dios, no fui capaz". Fueron tres disparos, la niña cayó al piso con él. Ella recuerda mucho humo, sería de las balas, y que recogió a Luz María, pensó que estaba muerta, después corrió. Fue en La Soledad, así se llamaba la vereda. La viuda abraza un cuadro, es una foto: son ella y su marido; debajo, una leyenda: "Nuestra boda". Él lleva bigote, ella un vestido rosado. La hija se salvó, las balas ni siquiera la rozaron, va a cumplir 11 años. En la penumbra del cuarto parece que el ojo azul celeste llora más. "Es que el otro me quedó limpio", se ríe entre lágrimas.

María Gladis Hurtado tiene siete hijos, a su esposo, Odilio Arenas, también se lo llevaron las Farc, ella no estaba en la casa. Su hijo Humberto le contó lo que pasó. Llegaron por la tarde, eran cuatro o cinco, todos de fusil y camuflado, con la bandera de Colombia colgada por ahí, como insignia inútil. "No se ponga el machete. Pa‘ donde va no lo necesita", le dijeron. Nadie más lo vio después. Cuando María Gladis regresó a la casa, al otro día, ya les habían ordenado marcharse. Antes de irse, Humberto caminó la montaña buscando a su papá. "Doña, no insista. Su esposo ya no vuelve", le advirtieron. La casa de María Gladis, los pollos, la ropa, los trastos de la cocina, dos vacas, todo se quedó en la vereda Santa Marta, también el cuerpo de su esposo, cree ella, botado quién sabe en qué desfiladero, nadie imagina por qué. El cuarto donde ahora vive ella con sus siete hijos tiene dos camas, el techo de lata, al borde del camino en la vereda El Zancudo. A veces le llega un dinero que el Estado le paga por ser mujer desplazada. Esos días mercan arroz y lentejas, aceite, huevos. Una vez les alcanzó para comprar tres pares de zapatos. Todos los hijos madrugan a la escuela, ella los levanta de la cama y les insiste. "Yo no sé leer ni escribir y a veces me creo todo. Ellos serán muy distintos", piensa la madre. La hija mayor se llama Luz Mery, tiene 16 años y está en segundo de bachillerato, la menor es Mayerli, tiene cuatro años y ya va a la guardería. Se trata de una forma de supervivencia, explica Dora Henao Pérez, directora y además única profesora de la escuela de la vereda El Zancudo.

Allí funciona un comedor comunitario y quizás, justo por eso, por el plato de comida diario, es que la mayoría de los niños regresan todas las mañanas a intentar aprender matemáticas y lenguaje. Pero muchos no pueden hacerlo. Como faltan tantos papás en las casas, los hijos mayores deben trabajar y rara vez tienen oportunidad de ir a la escuela. "Hay niños de 13 años que todavía no saben leer ni escribir", se lamenta la maestra, adentro de un salón con una frase colgada en la pared: "La ignorancia es camino de violencia". En la antigua casa de María Gladis y sus siete hijos, cuando el sol recién despuntaba, el padre salía al patio a tomar café negro, más allá un abismo, una garganta de rocas por las que chorreaba un río, y más allá, hasta donde los ojos alcanzaban, un nudo de montañas, todas pegadas entre sí, igual que el lomo de muchas mulas. Eran tierras de dueño conocido, una mujer, señora de cuatrocientos soldados bien armados: cara redonda, nariz de cerdo, un solo ojo, voz que helaba a mujeres y a hombres por igual, le decían Karina, comandante Karina. Se llamaba Nelly Ávila Mosquera, pero nadie podía llamarla por su nombre. Nadie.

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Echeverry Vergara es el personero de Argelia, un hombre atrás de un escritorio rodeado de pilas de documentos con los que se podría cubrir la fachada de la iglesia, cada hoja es la denuncia de un acto criminal de la época en que Argelia de María era un pueblo de miedo, de cuando la dueña de todo lo que se hacía y de lo que no, de las casas, las fincas, las mulas, las vacas, las gallinas, las calles, los buses con gente, los camiones cargados de café, la vida de los hijos, de las esposas, de los padres, era la comandante ‘Karina‘. Hasta la Policía reconoció su derrota y se marchó en esos años. El parque principal era como la oficina de la mujer que de pronto, cualquier día, aparecía escoltada por ochenta de sus hombres y ordenaba paradas militares con himno nacional y gritos y disparos, después visitaba la alcaldía, pedía refrescos para todos y se sentaba a revisar la contabilidad oficial para aprobar o desaprobar gastos e inversiones, era también juez única municipal. Le gustaba intervenir en asuntos cotidianos, líos entre vecinos, peleas entre esposos, discusiones de borrachos, al final ella decidía quién tenía la razón y ordenaba devolver caballos, pagar deudas, pedir perdón en público, firmar actas de buen comportamiento, no hacer fiestas, o hacerlas, irse del pueblo, ser fusilado. Nadie le llevaba la contraria, sobre todo sus soldados.

"Señora, esto es muy duro, pero trate de calmarse", le decían dos guerrilleras a Martha Elena Montes. Acababan de fusilar a su marido, Hernando de Jesús Valencia, y el cuerpo seguía tirado en el corredor de la casa, botando sangre por los agujeros de las balas, los hijos y la mujer a los gritos. "Nosotros la entendemos señora, pero solo cumplimos órdenes. Nosotros la entendemos, esto es muy duro". Fue el 10 de junio de 2003, también en la vereda La Soledad. "Yo les preguntaba por qué, por qué, por qué, por qué". Martha Elena llora y repite la misma pregunta. Tantos años después sigue sin respuesta. Ahora ella vive en una casa cerca al parque principal, las tablas del piso se quejan bajo los pasos, en el patio hay ropa extendida, el aire huele a detergente. No fue la única muerte impuesta con crueldad. También guerrilleros de las Farc al mando de la comandante ‘Karina‘ le mataron un hijo menor de edad con un tiro de gracia en la cabeza, John Jairo Valencia. ¿Por qué? El guerrillero al que le preguntó se encogió de hombros.

María Isabel Paneso tiene 87 años. Es otra de tantas. Le mataron tres hijos: Jesús Antonio, de 58; Luis Alfonso, de 56, y José Majín, de 64. También tres nietos: Carlos, de 26; Fernando, de 19, y Tobías, de 23. Ella a veces tiene dificultad para recordar sus edades y sus nombres. Todos son fantasmas insepultos en su cabeza, en su corazón, van y vienen, y ella llora en las noches, cuando el miedo otra vez viene a echarse cerca, al lado suyo, como un perro fiel. María Isabel busca las fotos de los que ya no están en un cajón que cierra bajo llave. Ahí permanecen los difuntos, sonríen, abrazados, en medio de fiestas que ya nadie sabe por qué fueron, en el matrimonio de quién, en la primera comunión de quién, en el cumpleaños de quién. María Isabel dice que la muerte se llevó las fiestas y que hace años que no come un trozo de torta o de helado, antes sí, con sus hijos y sus nietos, cada rato.

El personero Echeverry Vergara, todavía atrás de su escritorio, cuenta que las Farc aprovecharon su dominio absoluto sobre el pueblo para reclutar a muchos campesinos, mujeres y hombres jóvenes que, poco tiempo después, ya vestidos de camuflado y con fusiles, eran obligados a victimizar a los que fueron sus vecinos. Argelia está llena de esas historias, de madres que de pronto un día vieron pasar a un hijo armado, silencioso, cabizbajo, sin saludar, dispuesto a matar si le tocaba. Lorna, una ex guerrillera del frente de ‘Karina‘, dice que una orden de disparar, sea contra el que sea, no se puede desatender porque es causa de fusilamiento. Ella vive en Argelia y permanece en el parque, sentada con una de sus hijas, una niña de diez meses. Lleva el pelo largo, piel oscura, ojos negros, un tatuaje de letras en una de las manos. Ocho años en el monte y, dice ella, por suerte nunca le ordenaron disparar contra un campesino desarmado. ¿Puede uno vivir tranquilo en el mismo pueblo donde el grupo para el que trabajó asesinó a tantos y tantos

, ¿la miran con odio en la calle, duerme en paz?

Lorna dice que la vida sigue, que ella nunca bajó al pueblo, que nadie puede decir que la vio en la casa de fulano robando cosas, matando gente. La hija brinca en su regazo, impaciente, ella la serena con un beso. Por culpa de ese reclutamiento de jóvenes de Argelia, después se produjo otro derrame de sangre igual de doloroso al que causaron ‘Karina‘ y sus hombres. Fue años después, con la llegada de los paramilitares al mando de Luis Eduardo Zuluaga, un jefe mafioso apodado ‘MacGyver‘, el mismo nombre de esa serie gringa cuyo protagonista salvaba a los buenos sin usar armas, solo con su ingenio y trozos de alambre, lápices sin punta, cajas de fósforos, tapas de alcantarilla, globos de colores. ‘MacGyver‘ fue el encargado de la misma misión que otros jefes narcos recibieron en diferentes partes de Colombia: limpiar a sangre y fuego el camino para el retorno de las fuerzas del Estado. Era un trato explícito del que fuimos testigos muchos de los periodistas que cubrimos la barbarie de esos años.

‘MacGyver‘ llegó del Magdalena Medio y ubicó sus hombres en Sonsón, un pueblo en la parte alta de la cordillera central. Desde allí, con la protección cómplice del Ejército y de la Policía, comenzó un cerco contra las posiciones de ‘Karina‘. Mucha gente, cientos de campesinos inocentes, quedaron en medio, pero qué importaba. "Cagado un dedo, cagada la mano, compadre", dice un paramilitar reinsertado al que entonces le decían el ‘Gato‘. Si había que matar a una mujer, se mataba a una mujer. Si había que descabezar a un campesino, se descabezaba a un campesino, si antes había que machetearlo para que dijera cosas, se macheteaba, primero los pies, después las manos, nunca el pecho ni los muslos porque se desangraban rápido. También en Argelia de María la crueldad logró niveles de refinamiento. Si era una mujer la sentenciada le iban cortando la espalda, los brazos, el cuello por encima, muy superficialmente, con las puntas de cuchillos y navajas, después el rostro, que era el último recurso, "pero antes de eso ya todas iban hablando, pobrecitas", dice el ‘Gato‘ afuera de una oficina de la Gobernación de Antioquia donde ahora es mensajero.

Los paramilitares comenzaron a ganar la guerra el día que ya no dejaron pasar más carros de alimentos por el camino de Argelia. La gente recuerda que hubo semanas en que ni siquiera había sal, arroz, aceite, pan en las tiendas del pueblo. Mientras tanto, el Ejército y la Policía esperaban el desenlace de todo aquello y hacían retenes esporádicos por ahí en los que a veces, incluso, capturaban algún soldado paramilitar. Pero la suya, en realidad, era una espera estratégica, aguardando el éxito de ‘MacGyver‘ en contra de ‘Karina‘. Y al fin se produjo. El capo, casado con la hija de otro narcotraficante célebre, Ramón Isaza, logró correr a los guerrilleros monte adentro y entró en Argelia. Fue el comienzo de otra barbarie.

Cuadra por cuadra, sin importar que antes las Farc ya hubieran cobrado su cuota de muerte en algunas casas, los paramilitares sacaban a hombres y a mujeres para asesinarlos. El 26 de septiembre de 2002, los hombres de ‘MacGyver‘ secuestraron a dos hermanas de 15 y 16 años, Liliana y Lucía González. Las machetearon acusadas de ser colaboradoras de los hombres de ‘Karina‘. La lista de las víctimas paras también suma cientos. A María Yasmín Rendón le mataron el esposo. Se llamaba Luis Herney Marín, tenía 22 años, fue el 2 de abril de 2002. Lo bajaron de un bus escalera en el camino que lleva a Sonsón. Eran las tres de la tarde. Primero lo apuñalaron por la espalda, después le dispararon en el hombro, luego en el cuello. La estrategia de los paramilitares era que la gente creyera que tenía una oportunidad, que las primeras heridas eran una suerte de última gracia para que al fin dijeran lo que sabían, pero no había cómo salvarse. Algunos, bañados en sangre, todavía creyéndose con vida, decían nombres de vecinos, de personas que les daban agua a los guerrilleros cuando pasaban por el frente de sus casas. Los paras llevaban papel y lápiz y esos nombres eran los siguientes en la lista. María Yasmín cuenta que a veces sueña con Luis Herney. Lo ve igual que entonces, el mismo peinado, el mismo gesto en la cara, como si el tiempo no hubiera pasado.

Hace un año, el 19 de mayo de 2008, ‘Karina‘ se entregó en la vereda El Silencio. Estaba sin camuflado y sin fusil, con una pistola, en sudadera, el culo muy apretado bajo la tela. La acompañaba otro guerrillero temido, su esposo actual llamado ‘Michín‘, buscado muchos años por los hombres de‘MacGyver‘ y el Ejército. Horas después ella salió en televisión, pero no se parecía a la célebre dueña de Argelia. Se veía aturdida bajo los relámpagos de las cámaras fotográficas. Dijo algunas cosas, no con una voz aterradora sino con otra apenas audible. Que estaba cansada de la guerra, dijo, sola ya sin hombres, cercada por el Ejército y sin comida. El personero Echeverry Vergara recuerda que el alcalde decretó día cívico y que la gente se aglomeró afuera de los negocios del parque para ver la noticia, como si se tratara de la final del Mundial de fútbol y la selección Colombia estuviera a cinco minutos de coronarse campeona. La gente aplaudía, gritaba, lanzaba vivas, también maldiciones cargadas de llanto. Todas recuerdan haber llorado, María Isabel, María Gladis, María Libia, María Yasmín. Sus verdugos más temidos, Nelly Ávila Mosquera, ‘Karina‘, y Luis Eduardo Zuluaga, ‘MacGyver‘, quien se entregó años antes, estaban al fin en prisión, lejos de todas ellas. Pero la verdad quizá sea otra: ninguno de los dos afrontará penas severas porque, gracias a que se rindieron voluntariamente y a que sus crímenes suman cientos, no digamos apenas docenas, ahora pueden gozar de un trato preferencial, casi absolutorio. No son los únicos.

También los altos mandos del Ejército y de la Policía que secundaron la masacre paramilitar están a salvo y van y vienen y salen por televisión diciendo cosas sobre el amor que nos debemos los colombianos como hijos del mismo suelo, lo dicen así, sin sonrojarse. Y los políticos antioqueños, los que se lucraron de los votos ganados por la presión de las armas paramilitares, también siguen incólumes, intactos, sonriendo en televisión, hablando de los buenos días que corren al fin para la patria. Y los empresarios, comerciantes, ganaderos, banqueros antioqueños, toda gente de bien que patrocinó las hordas paras, todavía repiten esa tontería de que "los buenos somos más", como si tal cosa fuera cierta. Indiferentes, tal vez. Mientras tanto, en Argelia de María, ese pueblo sembrado de cruces, la vida sigue como puede, bajo un cielo azul que no verá la justicia.

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