De tanto buscar la mirada precisa y la palabra perfecta uno termina deseándoles (por su propio bien) que ojalá pase algo que los borre de pronto. Poetas de parque. Filósofos de tienda. Dibujantes de servilleta. No importa el nombre que usemos para identificarlos, a qué tipo de personajes hayamos conocido o a quiénes hayamos padecido —existen demasiadas derivaciones del prototipo—, estos sujetos tienen un mismo patrón de comportamiento: se disfrazan de artistas, intelectuales y escritores para seducir a cuanta mujer se les cruce en el camino. Entre los poemas que más recitan, sin duda, está uno de Mario Benedetti: Mi táctica es/ mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos/ Mi táctica es/ hablarte/ y escucharte/ construir con palabras/un puente indestructible. Se saben un par más, solo por si acaso.

Su comportamiento es difícil de explicar; son animales de extrañas costumbres. De temperamento sensible y apasionado (eso, al menos, quieren parecer), idealistas y tontos, imitan a Oliveira, el de Rayuela, o a Oliverio, el de El lado oscuro del corazón, al joven Werther, Raskolnikov o a cualquier pobre incomprendido de la literatura. El resultado es trágico: son los últimos románticos, los últimos trasnochados ‘romantecos‘. El fin de la Guerra Fría, la Revolución Feminista, Michael Jackson, internet, la caída de las Torres Gemelas y los seis años de gobierno de Álvaro Uribe no han logrado modificar su comportamiento. Ellos persisten. Sus motivaciones, en cambio, son distintas. Se puede decir, acaso, más sutiles y más simples.

Son esos personajes sombríos que van por la vida, melancólicos y malencarados, en busca del buen amor. Se pueden encontrar en los bares que no están de moda: El Bulín, el Café de la Montaña, Maderos, Magitinto (aunque de los últimos dos, desgraciadamente, hace tiempo se perdió el rastro). Un lugar oscuro, en todo caso, con chimenea; mientras más madera rústica y más incienso, mejor. Y si por despiste o error de juicio terminan en Andrés o Gavanna o cualquier lugar en el que se practique la buena costumbre de bailar, se quedan en su puesto quieticos, con los ojos bien abiertos y con un vaso de trago en la mano. No hay por qué alarmarse, sin embargo. Su actitud se debe a una o varias de las siguientes razones: a). Están disfrutando como enanos con su dolor (se recomienda dejarlos), b). Esperan que una dama sensible se compadezca de ellos (aunque exista la tentación, es importante nunca, ¡nunca!, mirarlos), o c). La más común, buscan los personajes de su próxima novela (no se preocupen, nunca escribirán nada). Merodean taciturnos por las universidades, los cineclubes, los centros culturales y la bibliotecas públicas, pero es difícil establecer si son estudiantes, profesores o vagabundos. Los parques de Teusaquillo son de su especial agrado y, al parecer, el Park Way los inspira.

Si por casualidad los encontramos de buen ánimo (una rara excepción), dirán que leyeron a Nietzsche a los 16 años (y lo entendieron), que a los 13 empezaron escribir su primera novela (y la dejaron), y afirman con los ojitos iluminados, que desde tiempos inmemoriales fueron existencialistas. Se identifican con ‘Mersó‘, el personaje de El extranjero de "Camí" (porque muchas veces dicen saber francés); están enamorados de Madame Bovary (como Mario Vargas Llosa) y creen que todo es una relación ontológica y que cada encuentro se debe a una alineación de los astros. No se les conoce profesión fuera de la de ser amantes de tiempo completo. Todo lo que hacen, lo hacen por amor: amor al arte, amor a sí mismos, porque el amor es más fuerte, o por simple y puro amor (es decir, a sí mismos). Para seducir fusilan a cuanto escritor les caiga en las manos: Onnetti, Benedetti, Bioy Casares, Cortázar (especialmente el capítulo 7 de Rayuela, el único que leyeron: "Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano…") y Borges. Y la táctica y la estrategia que usan para acercarse a las mujeres es clara: confúndelas y dominarás.

Si los poetas de parque se quedaran en el lugar que les corresponde —el parque— no habría ningún problema. En el parque están bien; fuera de él simplemente no funcionan. Hablan de literatura en los bares y se van de levante a la biblioteca. Miran a su presa hambrientos desde el otro lado del anaquel, esperan un descuido para saber qué lee y si les interesa atacan: le lanzan un papel de cuaderno con un poema recién escrito que, cómo no, es de su propia autoría. Duermen cuando el resto de la gente está despierta y trabajan cuando todos están dormidos, y felices y ojerosos les encanta decir que son noctámbulos pues los pobres, ingenuos, están convencidos de que es un síntoma de su genialidad (¿acaso no lo fueron Benjamin, Goethe y Rimbaud

, se preguntan extrañados en sus reuniones de parque). Leen en las bancas de la calle, escriben en las cafeterías, usan bufanda si hace calor y hacen todo tipo de maromas para hacerse notar. La más destacable: hablar, porque el lenguaje en ellos tiene giros inesperados. Ellos no son borrachos, son beodos, como en el siglo XIX, y no toman aguardiente, porque beben vino (ojalá caliente). Si toman, toman un taxi y si cogen te cogen a ti (a mí, a nosotras, como en Argentina o en España). Por eso, tristemente, ellos no tiran. Si tiran, tiran de algo (no tiran algo): de un cordel, del cabello de la mujer amada o cualquier fruslería que se les cruce por el frente.

Por lo general tienen una o varias novelas inéditas guardadas en el cajón de la mesita de noche, esperando a que llegue el momento de publicación, el ínclito momento (según sus propias palabras) en que su genio por fin será reconocido. Los más realistas saben, sin embargo, que ese día llegará después (de su muerte) y cargan la cruz de su incomprensión de una manera bastante digna: con malhumor. Quizá esta sea la razón de que busquen el amor a la vuelta de cada esquina, debajo de las piedras y más allá de las estrellas —un amor que redima sus pobres existencias—. Y este es precisamente el riesgo que representan. No saben lo que hacen, en la vida como en el amor.

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