Con todos ellos hice lo que siempre hago: desinfectarlos, drenar su sangre y sustituirla por un líquido preservante, lavarlos y limpiarlos con jabón y champú; taponar todos sus orificios para evitar que se rieguen sus líquidos, y vestirlo y maquillarlo. Exactamente eso es embalsamar un cadáver. En cada uno me demoro más o menos 70 minutos. Y cada día, junto con los siete compañeros que trabajan conmigo en la Funeraria Los olivos, arreglamos más o menos unos 30 cuerpos.

Cada vez que digo que mi trabajo es embalsamar cadáveres me miran con asombro. Me lo tomo como algo natural. Pero en el fondo como un trabajo que me ha enseñado muchas más cosas de las que yo mismo creía.

Para empezar, he aprendido asuntos prácticos y crudos de mi oficio: manejar la cera y el maquillaje para arreglar las laceraciones; elegir el mejor sitio para hacer las incisiones necesarias y drenar los líquidos de un cuerpo sin que se noten; saber recuperar con algodones y otros rellenos el volumen que se pierde cuando la piel se pega a los huesos; saber que el Vic Vaporub, embadurnado en la mascarilla, ayuda a que no perciba los olores fuertes, y demás cuestiones que realizo cada día.

También he aprendido asuntos que van más allá de lo físico: aprendí a ponerme en el cuerpo de los demás; aprendí a respetar y a tratar cada cadáver como me gustaría que fuera tratado el de algún familiar mío; aprendí a que un cuerpo sin vida merece el mismo respeto del que gozó con vida; aprendí, también, el daño terrible que hace el cigarrillo, el día que pude ver los pulmones de un fumador: eran completamente negros, como si los hubieran pasado por ceniza, y estaban encogidos.

Pero todos son detalles al lado de lo que en estos tres años de oficio he aprendido verdaderamente. Y es que uno se muere. Suena obvio, pero creo que en los demás esta es apenas una frase. Cuando uno trabaja todos los días viendo personas que hace apenas un rato estaban bien, y que de golpe ahora están frente a mi camilla para que yo les restaure algo de la tranquilidad en el rostro que perdieron; personas de todos los colores, de todas las edades, de todos los oficios; personas que son como usted y como yo, exactamente iguales; cuando uno trabaja con los cuerpos de todos ellos, digo, uno entiende que está hecho de materia mortal.

En otras palabras, he aprendido que lo único que de verdad tenemos es tiempo. Ni el capital ni los bienes son importantes al lado del tiempo que nos queda. Por eso, todavía no he aprendido a manejar el dolor cuando me toca embalsamar el cuerpo de un niño. Me ha tocado hacerlo cinco veces. A pesar de que hay que tener mucha fuerza de voluntad para hacerlo, a mí siempre me tembló la mano, como me pasó hace cuatro meses con una niña de seis años que murió por causas naturales. Recuerdo muy bien cuando llegó su padre, desconsolado, cargando el cuerpecito entre sus brazos. Sentí un dolor que me derrumbaba, pero trabajé como si tuviera frente a mí a la porcelana más fina. Era mi manera de protestar ante la muerte.

Que uno se muere. Que usted y yo, un día tan ordinario como cualquiera, nos morimos. Y como conclusión de ese aprendizaje, he aprendido también a gozar con lo elemental, con lo que tengo: en disfrutar al máximo a mis hijos, en estar siempre pendiente de mi familia, en disfrutar cada segundo el rato que le quitamos a la muerte.

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