Después de una hora de calentamiento y algunas repeticiones de pesas, Lely sube al cuadrilátero. Salta lazo sobre las tablas desniveladas que se hunden cada vez que se impulsa para esquivar la cuerda. Desde mi esquina la veo, empapado en sudor así la pelea no haya comenzado aún. Estoy frente a la campeona mundial Welter Junior. Siento las rodillas enclenques, débiles, y procuro apretar las manos para que bombee sangre por mis brazos y no sentirlos desfallecer. Me pregunto cómo voy a hacer para evitar que mi nariz fisurada —resultado de la única riña callejera en la que he estado— no termine de romperse, para luego ir al quirófano una y otra vez hasta quedar como el sexto hermano de los Jackson 5. Luzco tranquilo, pero estoy atemorizado.

Me da miedo que me desprenda la retina, por qué no.

Que me descuadre la mandíbula de por vida.

Que tenga que recibir suturas después de la pelea.

O que me deje en coma indefinidamente.

***
 
Son las 4:00 de la mañana y la fachada del coliseo Happy Lora está a pedazos. La humedad y el sol han hecho tantos estragos como la falta de inversión; entre grietas, ventanas rotas y puertas corroídas se puede ver una luz encendida. En su interior, las graderías sucias de polvo y estiércol de paloma rodean el polideportivo que tiene como complemento un ring de boxeo y un gimnasio de pesas oxidadas y soportes enclenques. De un muro de ladrillos opacos cuelga una cartelera con grapas y restos de papel que el tiempo ha percudido, recortes de periódicos locales que registran el título mundial welter junior que Lely Flórez obtuvo el 8 de agosto al vencer a la uruguaya Chris el ‘Bombón Asesino‘ Namus, luego de derrotarla por nocaut técnico antes que acabara el primer asalto.

A pocos minutos de allí, por entre calles destapadas del barrio Edmundo López, transitan motos esquivando baches al ritmo de vallenatos de alguna fiesta sin terminar. Antonio Bravo despierta con delicadeza a Lely, y le recuerda que es hora de entrenar. Con un traje de lycra verde fosforescente, que contrasta con su piel marrón acaramelada, sale la boxeadora junto a su compañero, quien con una pantaloneta camuflada y una chaqueta blanca la acompaña a trotar en la pista de una caja de compensación familiar cerca de su casa. Se conocieron en las Fuerzas Armadas, donde Lely obtuvo tres campeonatos nacionales representando al Ejército y donde Antonio sirvió como soldado contraguerrilla. El hoy escolta recuerda con lujo de detalles cómo a cambio de unas clases de conducción de moto y después de invitar a la pugilista un par de veces a ver boxeo (con gaseosa incluida —aclara—), ella aceptó ir a vivir junto a él en unión libre. Poco después nació Kenneth —su hijo de dos años, quien aún duerme en la segunda habitación de la casa acompañado de Íngrid, la hermana menor de Lely— a quien dedicó su título mundial.

—Por ser el entrenamiento de la mañana y como estoy en período de pretemporada, solo vamos a trotar cuatro kilómetros y a hacer unos 200 abdominales —me dice Lely mientras por mi frente ya corren gotas de sudor, cortesía de la humedad y el calor que hace en Montería, incluso antes de que amanezca. Por hoy, me uniré a su rutina para finalizar con un combate entre un hombre normal y toda una campeona.

Otros deportistas y algunos socios de la caja se ejercitan y felicitan a la campeona cada vez que pasan a su lado. Antonio corre junto a Lely, y entre jadeos y bocanadas de aire hablan de temas personales. La pareja rara vez pelea —sabia decisión si se está casado con una boxeadora— y cuando ocurre no pasa a mayores. El cielo intenta iluminarnos mientras sobrepasamos el centenar de abdominales. El rostro de Lely se aclara cada vez más y su atuendo chilla con cada puño que les lanza a las sombras que se van formando con el sol.

Empapados de sudor nos dirigimos de vuelta a su casa sorteando las obras de acueducto que han abierto las calles de su barrio. Ellos no saben cuánto costarán ni cuánto durarán. En una región donde la corrupción manda y los presupuestos tienden a desaparecer, sus habitantes se han malacostumbrado y prefieren no preguntar.

Para calmar el ayuno Lely prepara huevos revueltos acompañados de un Milo helado. Mientras tanto Antonio prende su televisor y rebuscando entre pilas de discos inserta en el DVD una compilación de peleas. Son las 9:00 de la mañana y desayunan acompañados del Chico de Oro y Sugar Shane Mosley, quienes aparecen en cámara lenta repasando sus mejores golpes, asistidos por un narrador centroamericano que comenta las peleas noventeras que ella ve de reojo mientras se pasea por la cocina.

Ya de día puedo ver los afiches que cuelgan por la casa anunciando las peleas organizadas por Sinubox, la cuerda boxística a la que pertenece Lely, un clan de boxeadores apadrinados por promotores que entrenan a jóvenes con potencial y organizan peleas para darlos a conocer —donde se le paga unos 500.000 pesos a cada boxeador que participe—, y las fotos familiares que adornan los muros. El 28 de agosto de 1984, mientras María Mesa paría en el Hospital de San Jerónimo sintió que su hija se abría paso con gran ímpetu, pero jamás pensó que la potencia de la neonata le serviría para ser boxeadora. Incluso no la apoyó cuando un día después de colegio Lely le contó que había ido al coliseo a ver baloncesto y terminó golpeando peras y sacos de boxeo. No era la primera boxeadora que había nacido en Córdoba y tampoco sería la última, pero por poco no lo fue.

Su primera pelea la tuvo contra Lina Palmera en 1999, en una reunión que se organizó en Rancho Grande, al otro lado del río Sinú. Su padre fue a verla, pero luego de perder por decisión unánime no le quedó otra que llorarle a su madre. El entrenador Ivo López no la dejó rendirse. Poco tiempo después se programó la revancha, pelea que Lely ganó y que comenzó un récord envidiable que hoy suma 67 peleas disputadas (tanto amateur como profesionales) 53 ganadas por nocaut, 12 por decisión unánime y 2 perdidas, la acabada de mencionar y otra contra la alemana Ina Menzer en el 2006, en Alemania.

Pero una cosa es poder lanzar puños al aire y otra es salir victorioso gracias a ellos. Andy y Manuel Espinosa constituyeron Sinubox desde diciembre de 2007 y actualmente cuentan con 10 boxeadores entre los 18 y 26 años. Desde el 2008 trabajan con Lely, luego de que los entrenadores Pedro Vanegas y José Manuel Álvarez —también parte del equipo Sinubox— vieron talento en su pegada. Los Espinosa solo habían trabajado con hombres, pero se dejaron llevar por su intuición y decidieron explorar el boxeo femenino; con la obtención del título mundial comprobaron que Lely estaba destinada a ser campeona. Por eso la cuidan a ella y a los demás boxeadores como hijos; les pagan la seguridad social, les ofrecen —sin costo alguno— servicio de médico general, un psicólogo, masajista, odontólogo, deportólogo y reumatólogo y hasta les ayudan con una cuota mensual, dependiendo de las necesidades de cada pugilista.

Fruto de esta dedicación y cuidado, Lely nunca ha sido noqueada —nunca ha "cogido lona"—; las inquietantes descripciones que le han dado sus compañeros sobre qué se siente estar desmayado la asustan y recuerda una vez que peleó en Tolima, cuando noqueó a su contrincante, trabándole la mandíbula. La perdedora tuvo que ser remitida a Urgencias donde lograron abrirle la boca y sacar el protector bucal. La imagen de sus ojos blanquecinos y el sonido de una respiración ronca y afanada no dejan de incomodar a Lely. Su fuerte pegada se debe en parte a que entrena diariamente contra hombres, para poder estar al nivel del boxeo masculino y así sentir que enfrentarse a mujeres es más fácil. Es tanta su fuerza que mientras entrenó con el Ejército, y como castigo por haber faltado a algunas preparaciones, Elías Pastrana —su instructor— la puso a pelear contra sus mejores hombres, prometiéndoles cinco días de descanso a quien pudiera derribarla. Ninguno lo logró.

La mañana transcurre mientras hace oficio, lee la Biblia y oye música cristiana. Antes de su segundo entrenamiento pasa por Frutos del Río, el restaurante de los Espinosa, donde jóvenes vestidos con camisetas de Sinubox ayudan a cuidar carros, hacen diligencias y de paso son invitados a almorzar. Toda la cuerda boxística se alimenta con enormes pescados acompañados de arroz con coco, patacones y guarapo, todo el que quieran. Es otra inversión más que los promotores costean, pues saben que en el futuro pueden llegar a disputar peleas por millones de dólares como lo hizo Mike Tyson —quien ganaba casi 11 millones de dólares en promedio por pelea— y vender todos los derechos de transmisión —como hizo Óscar de la Hoya, quien ganó poco menos de 700 millones de dólares por peleas emitidas—. Por el momento Lely quiere retener su título en Montería, pero debe obtener los permisos requeridos y un patrocinio por 80.000 dólares, costo que tendría montar el ring, las luces y el sonido, pagar la sanción del título y ofrecer un premio.

Las añejas cortinas del cuarto de Lely acaparan tanto calor que mientras ella me muestra su uniforme —manda a hacer uno por 60.000 pesos cada vez que pelea— y las botas Adidas que le trajeron de España, busco algún tipo de ventilación pero no me atrevo a pedirle que prenda el ventilador oxidado de cables desnudos y torcidos que cuelga del techo. Su pelo está peinado hacia atrás con gel y asegurado con un caucho; hay días en que se siente vanidosa y va al barrio Santa fe, donde por 3000 pesos le hacen unas trenzas que van pegadas a la cabeza. Del clóset saca un sostén común y corriente que su marido modificó con unas cocas de fibra de vidrio que protegen sus senos y que debe usar en cada pelea, pero me mira de reojo y opta por dejarlo, como si de antemano supiera que no le haré daño.

El entrenamiento de la tarde de Lely incluye ejercicios aeróbicos alrededor del coliseo, un par de horas de musculación y una sesión de sparring. La acompaño al precario gimnasio donde se turna las pesas con otros jóvenes al ritmo de reguetón y música electrónica y busco seguirle el paso. El ejercicio me reseca la boca, la humedad me empapa de sudor y los nervios de saber que pelearé contra una campeona mundial de boxeo me dejan un vacío en el pecho. Los sparrings del día están por terminar, y mientras tanto nos volcamos a golpear uno de los siete sacos rellenos de aserrín y algodón que tienden de cadenas oxidadas atadas al techo, forrados con cinta pegante para que no se rompan más. Busco a alguien que me ayude con un par de consejos, y Lely me presenta a un experto en el tema que aparece entre la multitud. Diariamente viene a ver a boxeadores bailar sobre las tablas empolvadas y resquebrajadas del ring, delimitadas con cuerdas hechas de cabuya y envueltas en bayetilla roja. Locales se acercan a verme calentar, preguntando si es en serio que voy a pelear contra la campeona. Sus risas me inquietan. No solo soy un periodista falto de físico sino también un bogotano lejos de su casa, un invitado en una tierra hostil. Me enseñan los puños básicos, las combinaciones y el movimiento de pies para esquivar los golpes. En la báscula Lely certifica su categoría welter junior con 62 kilos; yo, con 86, encajo en la categoría de peso pesado. Pienso en Butterbean y Lennox Lewis, y aunque a mi contendora se le marquen los hombros más que a mí, me doy por bien servido.

Subo al ring donde me vendan los nudillos y me ponen un casco protector azul que combina con mis guantes; cuestan unos 200.000 pesos y duran de seis a ocho meses, pero al parecer los que me dieron habían sobrepasado su vida útil, a juzgar por su olor. Seguro era uno de los dos pares que se turnan diariamente más de 150 jóvenes que van a entrenar, porque los insumos deportivos son insuficientes. De repente caigo en la cuenta de la estupidez que estoy a punto de cometer. Esta mujer está entrenada para desmayar a personas y, de paso, obtener títulos.

***
 
Totalmente equipados y en el centro del ring tocamos la punta de nuestras manos y subimos la guardia. El primer puño de Lely me da en el esternón. El segundo se empotra en mi costado, seguido de uno más que se encaja en mi riñón. Semanas antes habíamos acordado por teléfono que pelearía un par de rounds con ella —si no me noqueaba antes— tiempo suficiente para que me alcancen a tomar unas fotos en la atrevida hazaña. Le propongo a Lely que suave, que más pasito, ¿no? Haciendo caso omiso a mi comentario opta por pegarme varias veces en el tronco en busca de doblarme y lograr tener mi cara a su alcance; sus puños no cesaron, me sacaban el aire y cada vez los sentía calando más profundo.

"Pégale, cachaco marica" me gritaban después de cada puño que recibía. Un fuerte golpe al lado hizo que bajara mi guardia y aprovechando esa ventana de oportunidad que se formaba en el espacio que el casco no protegía, Lely mandó un recto directo a la nariz. La sangre corrió hasta la boca, donde me percaté de mi primera herida. Ella no pudo evitar reírse, y abrazándome se compadeció de mí por un segundo. No había terminado de limpiar el hilo de sangre cuando ya estaba esquivando de nuevo combinaciones que cesaban repentinamente cuando yo le conectaba algún puño, solo para reactivarla con mayor fuerza. Los acalorados comentarios del público empeoraban las cosas y yo —pensando qué tan correcto era pegarle a una mujer— procuraba lanzarle a Lely una seguidilla de golpes que impactaban en sus brazos sin causar daño alguno. Por ponerme a pensar en moralismos que no aplican durante una lluvia de puños, me desorienté y bajé de nuevo mi defensa. La sinuana no desaprovechó y de la nada sentí un gancho en la quijada que me sacudió la cabeza. En un último acto de valentía procuré mantenerme de pie, buscando apoyo contra las cuerdas.

Sentí la mandíbula incrustada en el cerebro, náuseas, dolor y constantes corrientazos en la sien. Lely se refugió en su esquina donde Antonio no paraba de reír y recrear el puño que su esposa acababa de propinarme. Viéndome derrotado, uno de los entrenadores entró al ring, me felicitó por seguir consciente y levantando el brazo de Lely declaró la victoria a su favor, una que no sé si se sumará a su récord oficial, pero seguro empeorará el mío.

Salgo del coliseo adolorido, con la nariz reventada, el labio inflamado y un dolor lateral que luego de una radiografía sería diagnosticado como lesión intercostal. Atrás queda Lely, quien aún con fuerzas y como parte final de su entrenamiento sigue mandando puños al vacío, esparciendo el aroma a sangre y sudor que siguen condensados en el aire.

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