La noche anterior de su primer día de trabajo como ayudante de nivel 52, el más bajo en el escalafón de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, Jacqueline Larota soñó que volvía a sentarse, untada de barro, oliendo a basura, en minifalda y pocillo de tinto en mano, en el escritorio con vista a Corferias que había ocupado durante cinco años en la oficina de Administración Documental, departamento encargado de tramitar las quejas y las peticiones de los usuarios del Acueducto. A pesar de la burla de sus compañeros y de la mirada envenenada de su jefe, que la echaba de su despacho al verla sucia y con las medias rasgadas, Jacqueline no recuerda esta escena de medianoche como una pesadilla sino como un simple sueño que le dio la bienvenida a un oficio en el que desde hace diez meses tiene que vérselas a diario, literalmente, con la mierda.

Pasar de secretaria a limpiadora de alcantarillas fue un golpe fulminante a la vanidad de esta girardoteña que un día tuvo que decidir entre quedarse sin trabajo, pues su contrato a término fijo se estaba acabando, o participar en un concurso al que podían inscribirse los empleados que quisieran continuar de planta en la empresa.

Tras una serie de pruebas fue seleccionada junto a otras siete mujeres para hacer parte del hasta entonces exclusivamente masculino grupo de 250 funcionarios cuya misión es mantener las redes de cloacas libres de bolas de papel higiénico, condones, toallas higiénicas y una larga e insólita lista de obstructores de los ductos del sistema de alcantarillado que la gente bota por el inodoro, por el sifón de la ducha, por el lavamanos, por el lavaplatos, por los pozos de aguas lluvias o por los caños. ¿Qué tanlarga e insólita es la lista? Tome nota: los limpiadores se han encontrado cubiertos, botellas, calzoncillos, partes de animales muertos —sobre todo de caballos—, ladrillos, bloques de cemento, colchones, sofás, huesos humanos, cadáveres, llantas, pedazos de carros y armas blancas.

Una labor más que desagradable en el reino subterráneo de las inmundicias, ese gran sótano de gases y humedad construido por gravedad desde las faldas de los cerros hasta las partes más planas de la ciudad. Es una mañana gris de abril, bajo amagos de lluvia. Un operario mide el nivel de gases expulsados por una alcantarilla del barrio José Antonio Galán a la que bajaríamos en segundos con arnés y traje impermeable.

Miguel Otálora, conductor del carrotanque Vactor de recolección de sólidos y jefe de la que él mismo llama "mi tripulación", compuesta por Nelson Fontecha y Jacqueline, es un zambo rollizo de 32 años. Es un tipo rudo al que le gusta escribir poesía, pero le da pena confesarlo. Me pregunta si me acuerdo de Mi agüita amarilla, la canción. "Pues esa agüita no tiene nada que ver con la de allá abajo, chino", me contesta y se echa a reír.

En efecto, el agüita que Los Toreros Muertos popularizaron a finales de los ochenta y que pasa por debajo de tu casa, pasa por debajo de tu familia, pasa por debajo de tu lugar de trabajo, es un inofensivo hilillo líquido al lado de estos corpulentos chorros de orines, materia fecal y quién sabe cuántas otras porquerías que salen a borbotones por dos tubos enormes, como ríos caudalosos y nauseabundos.

En este caso los ríos son mierda fresca revuelta con más mierda en estado putrefacto, y el mar al que van a desembocar es un colector de aguas podridas, sedimentos y coágulos de fango que al reunirse forman una crema marrón espesa que al final de un corto trayecto acaba nadando en un afluente que recorre con parsimonia la frontera occidental del Cementerio del Apogeo, al sur de esta caótica capital suramericana que los técnicos del Acueducto dividen en dos partes: la que comprende las zonas de estratos altos, según ellos más cuidadosas con lo que arrojan por las cañerías; y la de los estratos bajos, en las que pueden hallarse toda clase de enseres que no dejan fluir las aguas.

"El tema del mal uso de residuos sólidos está asociado a problemáticas de pobreza", me explica el ingeniero Javier Verdugo, jefe de División de Alcantarillado Zona 5 de la Empresa de Acueducto. "Mientras en Los Rosales o en el Chicó hay mayor conciencia del manejo de desechos, en las zonas más deprimidas la población considera que los sanitarios, las quebradas y los ríos son botaderos".

Sin embargo, pienso, en ambos casos, tanto en el underground sureño como en el norteño, lo que se mueve bajo nuestros pies es un inmenso espejo de lo que somos, de lo que consumimos, de lo que pensamos y sentimos. Somos lo que comemos y lo que desechamos y al alcantarillado sanitario van a dar nuestras vanidades, nuestras miserias, nuestras afecciones estomacales, incluso nuestros miedos y nuestras creaciones mentales. Por eso caminar por las cloacas de las ciudades es transitar por sus verdaderas vísceras.

Para no quedarse atrás en la inducción, con su estilo franco y deslenguado Miguel explica: "En el norte es más común que el usuario eche el papel cagado, el preservativo o la toalla higiénica a la caneca y no a la taza. En cambio, el sureño es más cochino".

La primera alcantarilla a la que bajamos con Jacqueline es un cubículo de unos ocho metros cuadrados no apto para claustrofóbicos, una cava estrecha y maloliente donde la luz y el oxígeno escasean. En alcantarillas como esta han muerto, ahogados o intoxicados con los gases, ayudantes del mismo rango de Jacqueline. Más allá de los cuatro metros que se pueden transitar sin riesgo de caer o sufrir una fractura, la tubería es más angosta y hay que caminar en cuclillas y empapados de lo que sabemos para llegar a otra alcantarilla similar.

Esta mañana el nivel de las aguas residuales subió tanto que prácticamente tendríamos que nadar para alcanzar la próxima cloaca. Jacqueline me dice que debemos quedarnos quietos y no seguir caminando: "La corriente está brava y podríamos resbalar, cortarnos y ganarnos una infección", cuenta. Cada segundo entiendo mejor por qué hace quince días el área de Seguridad Industrial del Acueducto nos mandó a vacunarnos contra la fiebre tifoidea, la hepatitis A y B y la influenza.

Un fluido repugnante nos llega hasta las rodillas. Jacqueline desata un nudo de andrajos, cuerdas e hilachas de trapero que está taponando el desagüe más pequeño. Tres ratas de al menos quince centímetros caminan en fila india por el borde de uno de los tubos de garganta generosa que escupen el contenido de las defecaciones, las meadas y los miles de microbios y demás agentes infecciosos provenientes de cientos de cañerías sanitarias de al menos cinco barrios a la redonda. Una rata muerta del tamaño de una licuadora sale disparada por el segundo tubo. El olor es insoportable. Jacqueline llena de basura un balde que Miguel le alcanza con una cuerda. Calculo que el calor producido por los desechos humanos y por la falta de ventilación alcanza acá abajo, en este reducido recinto de la impudicia, los 25 grados centígrados.

La primera vez que Jacqueline se dio un banquete de nariz con esos olores salidos del intestino del diablo, se le revolvió el desayuno. Pero se aguantó las ganas de vomitar solo por no mostrarse débil frente a la cuadrilla de machos con los que trabajaba, ya inmunes a los efectos gastrointestinales de inhalar el tufo del subsuelo bogotano, de donde salió a la superficie poco antes del mediodía para ser bautizada con otra de las nuevas, Dina Luz, su compañera de equipo de entonces. Miguel esperó a que las primerizas se quedaran en pantaloneta y camiseta, desenrolló una manguera colgada a un costado del Vactor, dirigió el potente chorro contra ellas y empezó a restregarlas con jabón. Ese es el famoso ritual de iniciación de los limpiadores de alcantarillas.

Inmediatamente después, la mandaron en una volqueta a recoger con pala los sobrantes de los sumideros de una calle del centro de Bosa y a limpiar una rejilla domiciliaria en el barrio Laureles. Aunque la labor de proceder manualmente en las alcantarillas se hizo menos frecuente a principios de los noventa, desde la llegada de la tecnología Vactor y sus gigantescas aspiradoras de desechos, de todas maneras a Jacqueline le toca desatascar a mano los sumideros de las avenidas y los desagües domiciliarios.

El saldo de esa primera jornada no pudo ser más desmoralizante para una mujer de 27 años, atractiva pero algo tímida, que estaba cambiando bruscamente los tacones por las botas Grulla y la minifalda por el overol. Acostumbrada a maquillarse, a que la piropearan, a oler a perfume, a contestar el teléfono y a radicar correspondencia en una oficina de encorbatados, Jacqueline llegó a su casa en el barrio Alameda El Portal a las 8:00 p.m. con dos uñas rotas, el pelo sucio y enmarañado, el uniforme salpicado con una capa de heces secadas por el sol y un cansancio instalado en la espalda, en los brazos y en las piernas que la tumbó en la cama.

Al día siguiente, Miguel le puso de cariño el sobrenombre de ‘Chica Fresita‘. Y a partir del tercer día de trabajo la ‘Chica Fresita‘, sin perder su feminidad, sin dejar de echarse labial ni de cuidarse el pelo ondulado que le heredó a su mamá, asumió con el menor asco posible, con dignidad y fresca como una lechuga, su nuevo cargo en la empresa.

Jacqueline no quiere tener hijos todavía. No tiene novio ni esposo. Su tiempo lo divide entre el trabajo diurno y el estudio nocturno. Está en cuarto semestre de Administración de Empresas en la CUN, Corporación Unificada Nacional de Escuela Superior. Vive con su mamá y sus dos hermanos varones, quienes al principio trataron de oponerse a tan drástico cambio de trabajo. Pero no había opción, o aceptaba limpiar cañerías o salía a engrosar los índices de desempleo. Cuando era secretaria veía a los ayudantes como gente ordinaria e ignorante. Pero la vida da vueltas, y hoy reconoce que "detrás de este overol no se esconde una cosa sino un ser humano". Antes ganaba 800.000 pesos mensuales en el área de Documentación. Ahora tiene un básico de 670.000, pero con las horas extras el cheque le llega a veces por un millón.

Cuántos pozos sanitarios, alcantarillas, sumideros y rejillas domiciliarias ha limpiado en este casi año de trabajo es cosa que difícilmente podría decir con precisión. Lo que sí sabe, a esta hora y en esta alcantarilla en la que nos encontramos, es que tiene hambre, mucha hambre. "Es que normalmente almorzamos a las 12:30", aclara Miguel a la salida de la cloaca, y manteniendo la voz cantante continúa: "Si quiere nos puede acompañar a atender un reclamo, pero primero el estómago y después el reclamo".

Miguel enciende el mastodonte, pone en marcha sus 350 caballos de fuerza rumbo a una pescadería de la zona baja de Bosa y en el primer semáforo prende la radio. La nueva ranchera de Alejandro Fernández suena a todo dar. "A mí me gusta el metal, la balada, la norteña, de todo un poco, pero el vallejarto sí no", dice. "Pero como a la ‘Chica Fresita‘ le gusta, toca de vez en cuando dejarla que ponga La Vallenata… Porque aquí se consiente, chino. Pero solo eso. De ahí a lo otro, a gallinacear, sí no".

Pasadas las 3:00 p.m. terminamos de almorzar. Jacqueline coge la planilla de los reclamos, le echa un vistazo rápido y al azar escoge uno de los siete servicios que les falta por atender hoy. En dieciocho minutos llegamos al Barrio Humberto Valencia, en la parte alta de Bosa. La tarea: desocupar un desagüe domiciliario o caja de inspección que lleva cinco días atascado. José Ríos, el dueño de la casa, llamó al 116, la Acualínea del Acueducto, para reportar que el agua se le estaba devolviendo por los sifones y ya nadie en su casa podía soportar los olores.

Nuestros tres mosqueteros hacen lo que tienen que hacer. Guardan la herramienta y se montan al mastodonte. Jacqueline se revisa el manicure, Nelson estira el brazo para cambiar la emisora y Miguel, antes de cerrar la boca para no volverla a abrir en la siguiente hora y media, me cuenta que cuando el tanque de sólidos del Vactor se llena, lo llevan a vomitar al botadero Gibraltar. Jaqueline saca un espejito de la cartera, se quita el casco, se mira detalladamente buscando alguna mácula de polvo en su cara, se pasa un cepillo grueso por las puntas del pelo y vuelve a ponerse el casco para atender el siguiente reclamo.

Por bien que le vaya, es decir cuando no le toca meterse en los pozos con el agua pútrida hasta el pecho —o, en el peor de los casos, hasta el cuello—, Jacqueline Larota inevitablemente se salpica con unas cuantas gotas de agüita amarilla.



 

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