Son las 7:00 de la noche, pero aquí ya es demasiado tarde. Queda un poco de luz nomás. Hay que entrecerrar los ojos para leer los grafitis urgentes, “el paro agrario sí existe”, “no más Esmad”, “por nuestra dignidad”, “Santos: renuncie”, pintados en las orillas de las vías. Y tres mosqueados policías de carretera, hasta la coronilla de los periodistas bogotanos que han estado viniendo a Tunja para describir toda la humanidad y toda la barbarie que se ha visto durante las protestas de los agricultores, nos obligan a confesarles desde la amedrentada ventana del carro que solo estamos aquí para encontrarnos con Nairo Quintana. “Ah, ese anda es entrenando en las mañanas, por las curvas de Arcabuco, con los ciclistas de por estos lados —responde, aliviado, el agente que hace las preguntas—, y es lo más de buena gente el chino”. Pero ya no son horas, agrega, para entrevistarlo, “porque los campesinos se acuestan temprano”.

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Está bien. No pasa nada. Nuestra cita con el verdadero protagonista del pasado Tour de Francia es al día siguiente, miércoles 4 de septiembre de este indescifrable 2013, a las 5:00 de la mañana en punto: simplemente, buscábamos pasar por los lugares por los que Quintana suele pasar.

Y entonces seguimos. De Tunja a Cómbita, de Cómbita a Tunja. De la tarde a la noche, de la noche a la madrugada.

Una extrañada tendera del camino me recuerda que los padres de Quintana, por allá entre la bruma de la vereda de La Concepción, junto a los árboles frutales del alto de El Morán, apagan temprano la tienda aquella —el supermercado La Villita— que pusieron hace un par de años en la casa de toda la vida. Un mesero nervioso de la Pizza Nostra al que le pregunto si ha visto al ciclista me advierte “pero usted sabe que a ese le choca que le anden esculcando de a mucho a la familia”. Un tipo que lo conoce desde niño me dice, en la helada recepción del hotel, que su propio Nairo Quintana siempre ha tenido más energía que todo el mundo, que la gente de estos pueblos de por acá lo quiere mucho al “negro”, que, si mal no está, era al único al que los campesinos dejaban pasar en los peores días de los bloqueos. Un amigo en común que lo conoce bien, que desde el mediodía me ha estado ofreciendo su ayuda, me lo describe por teléfono como “sincero, particular, disperso, seco, buena persona y un poquito hipocondriaco”.

Yo ya he visto la casa azul de dos pisos en la que creció a pesar de una larga enfermedad que le pegaron los muertos, he visto la tienda en donde su familia padece las etapas de las carreras en las que compite, la cocina del sancocho de gallina que le calmaba la tos que también quería matarlo cuando niño, la misteriosa habitación suya que sus padres han cerrado con doble llave “por si las moscas”, pero esta vez no voy a ir porque tengo clarísimo que a Quintana no le gusta ni un poco que la gente de afuera termine visitando su lugar como un ranchito tercermundista, como una artesanía, como un diminutivo, como filmando un miserabilista documental para europeos sobre la superación personal de un campesino. Sé que en los pastizales de al lado iba echando las partes oxidadas de las bicicletas de su pasado, que desde la puerta sin cerrojos lo veían escalar la cuesta de regreso desde el colegio técnico Alejandro de Humboldt, y que aún pueden verse en la fachada las pancartas gloriosas con las que lo recibieron de los triunfos del Tour hace solo unas semanas, pero esta vez no pasaremos por allá —digo: el estupendo equipo de SoHo y yo— porque esta vez se trata del presente: de seguirlo en el rabioso entrenamiento, que hará de Tunja a Bogotá, desde las 5:00 de la mañana.

Si se lo preguntan, el resignado Nairo Quintana cuenta que a sus padres se les ocurrió así, de golpe, en su bautizo, ese nombre que nadie más lo tuvo en todo el mundo; que su papá, Luis, de 58 años, ha soportado desde niño un injusto dolor en la columna que suele doblegarlo al pobre aquí entre el frío; que su mamá, Eloísa, de 46, sufrió mucho por él cuando era bebé “porque había días que yo estaba hecho totalmente un cadáver”; que con sus cuatro hermanos, con Esperanza, Alfredo, Lady y Dayer, “siempre, siempre” recogieron los sembrados, cuidaron a los animales y arreglaron las cosas de la casa. Pero no lo dice con nostalgia ni con orgullo ni con afectación. Como le dijo a El País de España, en las últimas etapas del pasado Tour de Francia, no le gusta nada que por ser colombiano o por ser andino “la gente piense que éramos muy pobres”: si vinieran a Colombia, dijo, verían que no es tan diferente, que se puede vivir mejor, más tranquilo, que en Europa, y que “el que tiene dinero vive muy bien, y el que no, pues trabaja como cualquier persona”.

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Quiere decir Nairo Quintana, como diría cualquier hombre con los pies en la tierra, que su vida es una vida y nada más. Que no es tan extraordinario como suena: que sí, se ha salvado de la muerte un par de veces como si fuera indispensable que viviera, pero que lo extraordinario es lo que le ha pasado en la bicicleta. Que más bien lo sigan, si pueden, en la etapa que viene.

Son las 5:50 de la mañana, pero nada que aparece. Esta podría haber sido la historia de cómo el increíble Nairo Quintana no llegó nunca a la cita, de cómo un grupo de reporteros se quedó parado con las manos en los bolsillos, a seis, siete y ocho grados, en una esquina redonda de Tunja (entretanto, 59 ciclistas, contados uno por uno por uno, pasaron completamente ensimismados enfrente de nosotros), a la espera del hombre que le ha recordado a este país que sus mejores momentos suceden en el ciclismo. Sin embargo, cuando empezábamos a encogernos de hombros en vez de sentarnos a echar humo helado por la boca, una camioneta imponente frena en seco justo donde estamos. Y de la puerta del copiloto sale un hombre sonriente que, con un pie adentro y otro afuera, se atreve a preguntarnos si somos los que él cree que somos: “Nairo los está esperando aquí a la vuelta”, dice.

Seguimos a la camioneta en nuestro pequeño carro. Giramos una, dos, tres veces. Y pronto estamos frente al edificio en donde vive Quintana cuando está viviendo en Tunja. Y mientras baja a encontrarse con nosotros, que es una espera eterna porque no hay nada más que hacer aparte de esperar, los tres amables escoltas que día por día lo acompañan a completar su recorrido de entrenamiento nos van diciendo que esperemos a un hombre muy serio pero muy buena persona, que no nos parezca raro ni nos parezca incómodo si no tiene mucho para decirnos a esta hora de la mañana, que por si no lo sabíamos la idea es ir desde Tunja hasta Bogotá en unas tres horas “porque tiene unas vueltas que hacer por allá”, que tengamos claro que la gente va a estar pidiéndole fotos a diestra y siniestra (“quién le manda a ganar”, dice uno de los acompañantes: don Alfredo) y que en los días del paro tuvieron que pensarse nuevos caminos, pero que los manifestantes siempre los dejaron pasar.

Suena de golpe, sobre las palabras “lo dejaron pasar”, la puerta de madera del garaje. Y allá está Nairo Quintana. Y aquí viene.

Solamente da la mano: “Buenos días”, “buenos días”. No sonríe ni comenta el frío ni pregunta nada detrás de sus gafas oscuras. Revisa su Pinarello Dogma negra —su bicicleta que pesa 6 kilos y 800 gramos— construida para sus 59 kilos de peso y su 1,67 de estatura: lo revisa todo, los pedales, la cadena y las dos caramañolas llenas de agua, con una concentración que se nos va pegando a todos. Se fija el casco. Se ajusta el uniforme azul de su equipo: el Movistar Team. Antes de que pueda yo hacerle alguna pregunta, me dice que lo mejor es que hablemos en Chocontá, en donde va a parar por unos minutos, porque “ya se me ha hecho muy tarde”: ya son las 6:20, ya no será un entrenamiento común y corriente, sino una contrarreloj, porque —confirma a sus acompañantes— además de cumplir con sus tres horas de práctica se ha comprometido a hacer un par de vueltas en una misma mañana.

Por eso se va así. Por eso comienza de pronto, ahora, como si se fugara. Y nos vemos obligados a seguirlo, y a seguir a su carro acompañante, por las calles desiertas de Tunja.

Tunja, a la luz, está llena de grafitis: hay paz, pero se ve que no la hubo. “Por la reforma agraria”, “queremos papa, queremos maíz, queremos a Santos fuera del país”, “¡ayuda!”: hace apenas unos días, los reservados campesinos boyacenses, que han encarado la historia de Colombia tanto con dignidad como con resignación, no soportaron más esta pesada atmósfera social —los gobiernos han creído siempre en el librecambio pero no, nunca, en educar a los ciudadanos para ello— que ha ido volviendo inútil el trabajo. Fueron días y días de protesta y días y días de violencia. Por el parqueadero de este centro comercial, bajo la nerviosa vigilancia de aquella extraña policía antimotines que llaman “el Esmad”, pasó una banda de encapuchados destrozando los carros que se encontraron por el camino. Por esta calle, el domingo 25 de agosto, sucedió la marcha pacífica de 50.000 tunjanos que poco fue narrada por los medios.

Esta casa la rompió el Esmad. Allá, bajo ese letrero, cuatro policías encapuchados patearon a un muchacho. En aquella esquina, en aquel semáforo en rojo, dejaron caer una granada al paso de una marcha sin violencia en la que iban tantos niños.

Nairo Quintana sigue de largo como si no comprendiera las señales de tránsito. Y un par de policías le elevan los pulgares: “Que sí era”, le dice el uno al otro, “que sí”. Y sí es él y allí va y nosotros hacemos lo mejor que podemos para seguirlo.

Se para en los pedales con la mente en blanco, totalmente determinado, completamente concentrado en su respiración igual que un monje zen, a 20, a 50, a 80 kilómetros por hora por unas calles que conoce de memoria. Siempre, desde que era apenas un niño que iba al colegio en una bicicleta que les costó a sus padres 270.000 pesos e imaginaba que competía en una etapa reina de la Vuelta a Colombia, supo tomar estas curvas sin matarse. Se cayó un par de veces, sí, y estuvo a punto de morir en busca de la velocidad precisa. Hace apenas unos años, cuando era aún un ciclista aficionado, por cuenta de un taxista que se lo llevó por delante pasó cinco eternos días en coma de los que regresó con la noticia de que quizás seguía con vida para ganarse alguna de esas carreras que veía con sus viejitos —así los llama, así los quiere— en la televisión.

Si uno lo piensa un par de metros, todo ha pasado en los últimos cuatro años. Quintana comenzó su carrera a los 19 años, en 2009, en el equipo Boyacá es para Vivirla. Corrió luego un par de temporadas en el Café de Colombia-Colombia es Pasión, pensando, claro que sí, que tal vez algún día disputaría algún título de algún Clásico RCN, que pronto tendría que ponerse a pensar en estudiar una carrera, que quizás si seguían trabajando dentro de poco invitarían a su equipo de segunda división a participar en la Vuelta a España, hasta que entró en 2010 a la historia del ciclismo colombiano —se puso justo al lado del Alfonso Flórez de 1980, del Martín Ramírez de 1985— con su sonada victoria en aquel importantísimo Tour del Avenir que tantos campeones del Tour de Francia han ganado cuando apenas estaban comenzando.

Desde entonces todo el mundo supo de él. Que al año siguiente, 2011, se llevó el título de la montaña de la Vuelta de Cataluña. Y al siguiente firmó con Movistar para correr sus dos primeras temporadas como profesional.

Que arrastra la ese. Que le gusta el reguetón y le gusta la carranga. Que es un hombre modesto de verdad: ni se opaca ni se alumbra. Que habla poco, como buen ciclista, pero también bromea mucho. Que tiene una novia de siempre con la que se entiende sin tener que hablar. 

En el Hotel Dorado Plaza de la Avenida Libertador se ha encontrado ahora, un poco antes de las 7:00 de la mañana, con un buen ciclista de la región al que ha apoyado desde que no podía hacerlo: Roger Diagama. Seguirlos es un riesgo. Van, bajo una lluviecita que en realidad es puro frío, como si no tuvieran nada que perder. Tienen, los dos, la piel curtida de quienes encaran el viento día por día. Tienen, los dos, las cicatrices de guerra que ya no los sorprenden. Orinan. Escupen. Hablan, de tanto en tanto, como un par de compadres que se ríen de los recuerdos comunes. Nada más, ni los carros acompañantes ni los caminantes que se quedan mirándolos con la boca abierta (“¡Nairo Quintana!”, grita un niñito de unos 3 años), existe mientras avanzan por el camino. Suben la peor cuesta de esta etapa imaginaria en la que se han fugado del lote, suben, digo, las rampas que van de Ventaquemada hasta Lenguazaque, a 50 kilómetros por hora.

Quintana les hace señas a sus escoltas para que vayan adelante: necesita apoyarse y cortar el viento. Y todo va así, ellos por allá adelante, nosotros por acá atrás, cuando los dos ciclistas se lanzan a 90 kilómetros por hora como un par de locos —“una bajada a tumba abierta”, decían, en los días de gloria, los narradores en la radio— en un descenso entre volquetas endiabladas, camiones inescrupulosos y carros de familia que no pueden creer lo que están viendo. Esta podría haber sido la historia de cómo el temerario Nairo Quintana se fue al cielo por jugarse el todo por el todo en un simple entrenamiento de Tunja a Bogotá, de cómo el hombre que acababa de subirse al podio de la carrera más importante del mundo arriesgó la vida, para mal y para mal y por última vez, en las curvas de su región, pero sus piernas pedalean y pedalean tal como lo quiere una cabeza que sí que sabe lo que hace. Ya, ahora sí, es de día: 7:30, 8:00. Y Quintana y Diagama, a plena luz y sin culpas y sin miedos, se les pegan y van dejando atrás a los peores furgones.

“¡Nairito!, ¡una foto!”, grita un encorbatado saliéndose, a duras penas, por la ventana de su carro. “¡Ese es Nairo Quintana!”, dice el hermano mayor de un grupo de hermanos uniformados que viajan, por la orilla, hacia el colegio. “¡Nairo, Nairo!”, reclama una señora que lo está siguiendo desde que se dio cuenta de quién era. Ya han superado el histórico Puente de Boyacá, ni más ni menos, cuando se hace evidente que así será el resto del camino: que Quintana, con más amabilidad que paciencia, sonreirá para las cámaras sin dejar de pedalear ni un solo segundo, sacará la lengua con gracia, incluso, cuando vea las familias que se adelantan en la vía para cumplir el sueño de retratarlo de frente, y devolverá sin ningún problema los 47 saludos —contados uno por uno— que irá recibiendo por el camino.

El tunjano Roger Diagama, que en 2010 fue cuarto en la Vuelta Nacional del Futuro por el equipo Nairo Quintana-Boyacá es para Vivirla, se acomoda en su Cannondale blanca mientras su mentor de voz grave le va soltando consejos como migas de pan para que no se pierda dentro del equipo al que está a punto de presentarse: “Trate de no salir desde el principio”, le dice mientras pegan, los dos, las narices contra los camiones cargados de bultos de papas, “mañana debería ponerse a entrenar por Arcabuco”. Quintana no ha dejado de prepararse por estas carreteras desde que se fue a vivir a la casa en Pamplona, España, que le acomodó el Movistar Team. Viene y va. Y así le han estado saliendo bien las cosas. En marzo de 2012 siguió reviviendo los triunfos del ciclismo colombiano en Europa —se puso al lado del Álvaro Mejía de 1992— cuando se llevó el primer lugar de la Vuelta a Murcia:

“Quiero agradecer a todo el equipo cómo se han volcado conmigo estos dos días y dedicárselo a mi familia y a Dios, que me han ayudado mucho, porque estar tanto tiempo fuera es muy duro para mí”, dijo.

Luego, en junio, vino la victoria inolvidable en la etapa reina del importante Critérium del Dauphiné. Que lo convertía en el último eslabón de una larga cadena de escaladores de Colombia, claro, puesto que aquella carrera fundamental para el ciclismo mundial fue ganada por Martín Ramírez en 1984 y por Lucho Herrera en 1988 y 1991 cuando aún era conocida como el Dauphiné Liberé. Vinieron para Quintana, en los meses que siguieron, el título en la Ruta del Sur, el triunfo deslumbrante en el Giro dell’Emilia, el cuarto lugar de la Vuelta a Cataluña y la conquista memorable de la Vuelta al País Vasco. Y fue claro entonces que su relación con su equipo era inmejorable, que su estrecha amistad con el líder, el murciano Alejandro Valverde, los estaba convirtiendo en uno de esos dúos que de tanto en tanto se dan en el ciclismo, y que su destino no era ganarse un puñado de etapas sino un puñado de carreras.

Para qué cambiar estos entrenamientos entonces. Si quien no se rinde a estas montañas, a 3000 metros de altura, no se deja doblegar por ninguna clase de camino. Si no hay mejor manera, que esta, de irse preparando para el mundial de mediados de octubre.

Son las 8:35 de la mañana pero en Chocontá parece el mediodía. Muchas personas, muchos carros. Nairo Quintana acaba de entrar a la tienda Las Delicias de mi Pueblo, acompañado, escoltado y observado, a comerse dos mogollas con una Pony Malta. Me pide detrás de sus intimidantes gafas oscuras, antes de que pueda sentármele en esa mesa de cafetería, que mejor hablemos al final del recorrido: “En Bogotá”. No quiere que esa pausa se le alargue más de lo presupuestado. Se ha dado cuenta de que tiene que decirle a Diagama un par de cosas. Y los dueños del lugar han descubierto que él es él después de un buen rato de preguntarse quién será ese que nos parece conocido. “Bienvenido al negocio —dice el señor del lugar—, nos gusta ver gente de la tierra que sale adelante”. Y vienen todas las fotos del caso hasta que aparece la tentación de hacerlas con fines publicitarios.

Quintana sigue su recorrido, solo, a las 9:00. Quedan, según calcula mirando el reloj, un par de horas. Con que llegue a las 11:00 está bien: alcanza a bañarse, a cambiarse, a hacer su vuelta en Bogotá. Se acerca a la ventana de la camioneta para advertirles a sus escoltas a qué velocidad irá. Y arranca con la concentración de siempre a superar los 80 kilómetros de camino que aún le faltan: Mana Blanca, Sesquilé, La Pesquera, San Juan, Gachancipá, Tocancipá, Sopó, San Carlos, Santa Isabel, El Carmen, La Calera. Se suceden los verdes de los paisajes, las ovejas entre las matas, los campos colonizados por las vacas. Se repiten los gritos: “¡Nairo!, ¡Nairo!”. Se repiten los riesgos, los descensos de vida o muerte, las irresponsabilidades. Están, de nuevo, las familias tomándole las fotos. Y sus manos levantadas y sus gestos, de plena carrera, que los tres acompañantes que ha tenido estas semanas aún no entienden del todo.

Se le trata de pegar, en una cuesta insoportable, un muchacho que se prepara y se prepara en la bicicleta que se ha podido comprar para encarar el futuro. Lleva buen ritmo, el muchacho. No se deja descolgar. Alcanza a decirle quién sabe qué cosas, “gracias, Nairo”, que terminan en un par de sonrisas. Y luego se le va quedando porque Quintana está convertido en Quintana. Y ha quedado de encontrarse por el camino con un compañero de equipo: el boliviano Óscar Soliz. Y ahora es idéntico al hombre que hace cinco semanas, en la gigantesca etapa del sábado 20 de julio de 2013, puso de vuelta en el mapa los nombres de Efraín “el Zipa” Forero, Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, Rafael Antonio Niño, Patrocinio Jiménez, Alfonso Flórez, Edgar “el Condorito” Corredor, Martín Ramírez, Lucho Herrera, Fabio Parra, Omar “el Zorro” Hernández, Pablo Wilches, Álvaro Mejía, Oliverio Rincón, Santiago Botero, Mauricio Soler, en fin.

Cuando volvió a Bogotá, con la camiseta blanca del mejor joven, la camiseta de puntos rojos del mejor escalador y el trofeo del segundo en la general de la prueba ciclística más importante del mundo, le costó creer lo que estaba viendo. Que una muchedumbre coreaba su nombre por las calles de la capital de Colombia, que el presidente de la República lo condecoraba con la Cruz de Boyacá, que en el Palacio de Nariño lo recibía, como en el cielo, una calle de honor hecha por los escarabajos colombianos que habían protagonizado la historia en las últimas cinco décadas: Botero, Rodríguez, Parra y Mejía le decían “felicitaciones” con las sonrisas que siempre reservan los escaladores para las llegadas. A Lucho Herrera lo abrazó. A Lucho le dijo “muchas gracias” con la emoción que había estado tratando de contener desde el aeropuerto.

Nairo Quintana dice exactamente lo que piensa. “Sí, me veo ganando algún día el Tour”, “no creo que me afecte el desgaste por ser candidato”, “tengo que ser realista y trabajar fuerte y tratar de cumplir las expectativas: nada más”, ha dicho, por estos días, cinco semanas después de este entrenamiento. Ya ha firmado por tres temporadas más con el Movistar: hasta 2016. Ya no es el gregario del Bala Valverde, sino su igual, su amigo: este @NairoQuintana que solamente trina para desearle suerte a la selección colombiana de fútbol. Todavía es sin embargo aquel hombre que a mediados de octubre, cuando las cosas no le salgan bien al equipo nacional en los mundiales de ciclismo, dirá sin problemas y sin adornos que no entiende qué le pasó, que se quedó muerto y ya no iba y tuvo que bajarse.

Quintana dice siempre, digo, lo que está pensando. A las 11:15 de la mañana, ahora que se ha despedido de Soliz, ha completado su recorrido y se ha sacudido esa concentración de cirujano, se alista para regresar al bus imponente de Movistar en donde se arreglará para hacer las vueltas que tenía en mente. Y, como me ha mandado decir que está listo, por fin, para hablar, yo me he preparado —me he llenado de preguntas, de cosas que quiero saber, de opiniones tan sinceras como las suyas— para ir combatiendo, ir respondiendo sus respuestas cortas. Y a punta de contestarme los interrogantes, mientras se despoja de las gafas que no nos dejaban pasar, y se le ven los ojos que se le fijan a su interlocutor y es posible mirarlo a la cara de viejo y de niño; mientras se sienta en la silla trasera de la camioneta acompañante y luego regresa a su paso y se mete en el bus y nos deja seguirlo; mientras Alejandra Quintero, la estupenda fotógrafa de SoHo, consigue que su ceño fruncido de ciclista de acá se vaya volviendo una sonrisa de par en par y una triunfal guiñada de ojo, su viaje de hoy ha terminado en el monólogo que sigue.

Y yo he entendido en esta última hora que la modestia no es el disimulo, sino la precisión. Y que la voz de Nairo Quintana, que no tiene un solo pelo de arrogante, se le resiste al mito, al misterio, a la fantasía, porque ese nunca ha sido su oficio.

“No tengo ningún agüero, no —me va respondiendo, sin clemencia, las preguntas que le hago—, trato de hacer crucigramas, sudokus, nada más. Rezo la noche anterior a una etapa una pequeña oración a Dios. Y, apenas me levanto, desayuno, almuerzo y tomo onces de una sola vez: me como una tortilla de cuatro huevos con jamón, un plato de arroz bastante considerable, una porción de yogur con cereales y un café acompañado de tostadas. Ya le digo: son tres comidas en una. A veces, cuando se puede, según los problemas del día, voy comiendo en plena carrera. A veces ni siquiera como. Si acaso, alguna fruta. Pase lo que pase, me cuido bien, me mantengo, y no gano ni pierdo kilos en un solo día. Y voy con toda la atención del caso, créame, porque he tenido varios accidentes, me he caído yendo para el colegio y para la meta y he estado en el hospital muy grave alguna vez. Tengo estas cicatrices en la cabeza. Pero aquí estamos.

”Es más importante la cabeza que las piernas. Se puede uno bloquear en una carrera porque sí, porque no se ha concentrado del todo en la competencia. Pero para eso están los masajistas: que, como llevan años siendo testigos de tantas carreras, como son todavía mejores que los psicólogos y nos conocen tan bien, mientras nos hacen masajes saben escucharnos lo que tenemos entre el pecho.

”En mi familia no había ningún deportista, ni uno solo. Muy de vez en cuando se escuchaba la Vuelta a Colombia o se hablaba de las victorias de Lucho Herrera o pasaba la Vuelta a Boyacá enfrente de la casa. Pero cuando empecé a montar en bicicleta, a los 15, a los 16, se nos venían encima las comparaciones a todos los que corríamos en las clásicas: que el uno es como Lucho, que el otro es como Botero, que el siguiente es como Soler. Soler era la figura del departamento cuando yo comencé: líder de la Vuelta, campeón de la montaña del Tour, protagonista de las carreras europeas. Hablamos de vez en cuando. Esos grandes corredores nuestros son, más que todo, personas amables. Me entiendo bien con ellos, me senté no hace mucho a hablar con el “Zipa” Forero, Efraín, porque me gusta toda aquella historia del comienzo del ciclismo colombiano.

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”Es duro para mí pasar tantos días por fuera de mi casa. Es el sacrificio más grande que he tenido que hacer en mi carrera. Mi hermano Dayer vive allá conmigo, en Pamplona, le ha estado yendo bastante bien como ciclista aunque hasta ahora está empezando. Y allá, viviendo en la misma casa, están conmigo Rigoberto Urán, Rigo, y Sergio Henao, que la verdad nos llevamos muy bien, pero eso es entre comillas ‘vivir’ porque allá nunca estamos. Yo tengo que volver aquí por lo menos cada dos meses porque es mejor la preparación en esta altura, porque después de los ciclos de las competencias europeas queda uno bastante saturado, no de la piernas, sino de la cabeza que comanda las piernas. Y tengo que ver a mis padres. Y también a mi novia, Yeimy Paola Hernández, que estudia por acá cerca y que es mi familia. Aquí estoy con mis compañeros de siempre. Aquí a nadie le sorprende verme. Es cierto que los campesinos me dejaban pasar cuando estábamos en los bloqueos porque ellos saben que soy campesino y que mis amigos son campesinos y yo estoy con ellos.

”Sí, la gente me pide fotos, pero yo soy bastante tranquilo. Si alguien quiere retratarme por el camino, no hay problema. A veces comienzan a pasarse y a ponerse pesados y a pedir otra y otra, y me da un poco de pereza, pero lo que yo hago es salirme de ahí, y punto.

”El entrenamiento ha salido bien y ha sido relativamente tranquilo. He estado entrenando bastante fuerte y muy rápido y asimilando lo que viene para el mundial, y para Lombardía, que es una carrera muy bonita en la que yo ya he competido, y he estado siguiendo al pie de la letra el plan que habíamos trazado. Cuando salgo con estos escoltas que se han vuelto mis amigos, voy bien, aunque hasta ahora están empezando a entenderme las señales, pero ya mi novia —que llevamos juntos tanto tiempo— comprende lo que le estoy diciendo en la carretera con solo moverle un dedo. Y nadie se me atraviesa. Pasan otros ciclistas, como el muchacho que ahora vino a decirme ‘muchas gracias, Nairo, mucha suerte’, y siguen o se quedan. Y voy agradecido todo el tiempo por el cariño que todo el mundo me ha estado dando desde que llegué. Lo que más me ha impresionado ha sido verle a ese montón de gente incalculable, en Tunja, en Cómbita, en Arcabuco, el rostro de alegría: eso me ha hecho muy feliz, porque de eso se trata, para eso corro yo.

”Me llena de emoción saber que tantos niños me tienen como referente. La verdad es que desde que llegué a Colombia esta vez no he podido dejar de sonreír.

”Todas las carreras son duras, pero el Tour lo es más. Nadie ve por televisión que se corren bastantes riesgos en las curvas o que en los esprines los rematadores se caen porque van sudando de los nervios. Hay días muy tranquilos y uno, entre comillas, se puede ‘relajar’. Se puede dedicar a hablar con los colegas: a hacer amistades con algunos corredores del pelotón, pero también enemistades con los que miran de reojo. Yo, sinceramente, no he visto nada de doping en esos días pasados. Ahora mismo es un ciclismo nuevo con ciclistas nuevos controlados las 24 horas. Hay que ser realista: habrá tramposos, como en todo, pero tarde que temprano los pillan. Y sí, hubo etapas en las que me querían molestar algunos, por colombiano y por cualquier cosa, pero la verdad es que tengo compañeros más grandes que me apoyan. Por ese tipo de cosas es que he estado muy a gusto en el equipo, sí, nunca pensé sentirme así. Todos me ayudan mucho, todos me estiman. Y yo soy igual con ellos. Hasta las primeras etapas del Tour, por ejemplo, nos dedicamos a ayudarle a Valverde, y cuando tuvo la avería mecánica pasé a ser el líder del equipo y Valverde me ayudaba a mí sin ningún problema, como yo antes a él.

”El Movistar Team es un equipo grande: se compone de, por lo menos, 25 corredores. Y hoy no podría decirse que hay un solo líder, sino que somos tres, porque hay veces en las que se corre en varias partes en un mismo día, y porque si uno falla en una competencia, pues tiene que estar listo el otro a reemplazarlo.

”Yo sé que, si mi cuerpo sigue desarrollándose tal como va, puedo disputar el Tour o alguna carrera importante en los años que vienen, pero eso no significa de ninguna manera que yo sea especial o que los corredores colombianos de antes se conformaran con alcanzar un puesto entre los diez mejores: que no tuvieran mentalidad ganadora. Lo que pasa es que hay que ser realistas. Si veo que puedo ganar una carrera, pues digo “la puedo ganar”. Sin embargo, tengo claro que todavía, como en tiempos de Lucho, se pierde mucho tiempo en las contrarreloj planas porque nuestro prototipo no es el mismo que el de ellos. No es un problema: es una realidad. No se le puede pedir a un pequeño de 57 kilos que no pierda siete minutos en una etapa a cronómetro con un tipo de 1,90 que pesa más de 80: es solo eso. Botero fue campeón del mundo, ganaba las contrarreloj, pero ya ve que era un tipo diferente. Aunque al final corría, como corremos todos, por Colombia.

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”Sí es por Colombia. Yo, por ejemplo, no daba más ese 20 de julio de la etapa que gané en el Tour de Francia. Salí con la intención de ganar ese día, claro. Y hubo un momento, antes de la última escalada, en el que estuve muerto. Pero di lo que tenía por mi equipo, por mi familia y por Colombia. Chris Froome, el líder, que finalmente fue el campeón, no tenía ningún problema conmigo porque me llevaba bastante ventaja cuando empecé a, entre comillas, ‘pelear’ de frente con él: quitarle cinco minutos a un corredor de esos es imposible. Y, como, repito, a veces hay que tener más cabeza que piernas, podría decirse que en ese punto de esa etapa yo era mi único obstáculo para ganar. Uno piensa de todo en esas situaciones. Se le puede perder a uno la mente, aunque, como se va tan rápido en algunos tramos, no queda nada aparte de concentrarse en la curva, en la carrera. Y sin embargo, a mí me pasa, y ese sábado sí que me pasaba, que empiezo a acordarme de que el equipo y mi familia y mi país han creído más en mí que yo mismo. Y, bueno, esos recuerdos me comprometen a ganar después de haberlos puesto a todos a hacer semejante trabajo tan grande. Me empieza a dar vergüenza no responder.

”Y entonces me agarro bien de la bicicleta y me digo a mí mismo ‘vamos, Nairo, no te quedes’, ‘vamos, Nairo, tú puedes’, como si fuera otra persona que me estuviera apoyando. Y me mando con las fuerzas que no tengo. Yo soy realista pero también me atrevo: soy campesino. Y me escapo entonces en esa última escalada y cuando me doy cuenta de que estoy ganando, y que todos los demás están atrás y voy cruzando la meta, me levanto y celebro y hago un corazón con los dedos de las manos, que es el corazón que quiero yo que siga representando a Colombia”.

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