Una de las preguntas dice: “Si no fuera usted, ¿quién le hubiera gustado ser”. A mí, si no fuera político, me hubiera gustado ser actor. Era un sueño de infancia ambientado por los genes artísticos de la familia que, en mi caso, vienen por mi mamá, porque son prácticamente inexistentes en los Galán, que resultaron más bien negados.

La historia genética artística de la familia pasa ineludiblemente por mi abuelo Álvaro Pachón de la Torre, el doctor Pachoncito, como le decía Guillermo Cano en El Espectador. Nunca lo conocí porque murió muy joven en un accidente de tránsito con otros dos periodistas, Gustavo Wills y Álvaro Umaña. Me cuenta mi mamá que mi abuelo Álvaro era histriónico, que solo podía dictar a los alaridos y que oía música clásica a todo volumen y con la luz apagada. Las clausuras de año académico de mi tía Maruja y de mi mamá eran siempre en la casa con sesión solemne, tarjetas timbradas para la ocasión, desfile, marcha, izada de bandera, examen oral con jurado y, claro, la música “a toda”, que nunca podía faltar.

A mi tía Maruja, que todo el mundo confunde con mi mamá, que es Gloria, le llegó directa la genética artística: es pintora y amante en general de las artes plásticas. Mi mamá —aclaro: Gloria, no Maruja— tuvo siempre más inclinaciones por la música y el cine. Todos los hijos de Maruja —mi tía, no mi mamá— son artistas superdotados: Mónica, precoz en todo y, claro, en el arte; Alexandra, con una inteligencia y un poder de imaginación que mantuvo intactos hasta su muerte; Juana, guionista y escritora muy exitosa siempre; Nicolás, músico y compositor consagrado; Patricio, además de psicólogo, es nutricionista de la rama Matusalén y cantante; y Andrés Villamizar, hoy director de la Unidad Nacional de Protección, tenía todo el talento para el arte, pero la vida pública y la política pudieron más en él.

Los tres años que vivimos en Italia, entre 1972 y 1975, cuando mi papá fue embajador en Roma, le estimularon sin duda sus escasos genes artísticos. Nadie resiste la abrumadora vida cultural italiana. Las consecuencias tangibles de esos años de ambiente cultural las tuvimos en la biblioteca, con libros bellísimos de Arte, de pintura y de museos vaticanos y europeos que aún conservamos. Mis hermanos y yo, de regreso de Italia, nos conformamos siempre mirando las fotos porque todos estaban en italiano. Pero Luis Carlos y Gloria —mi mamá— compartieron siempre el gusto por el cine y nos inculcaron desde muy temprano la afición por el llamado séptimo arte.

En el caso de mis hermanos, Claudio, creo, era el más artista de todos, todavía de repente se anima a imitar y nos divierte con muchos personajes, sobre todo de la vida política. Carlos Fernando saca la cara con el baile, y ahora le toca más, pues está casado con barranquillera. Y yo estuve en el coro y en la orquesta del colegio, donde toqué uno que otro instrumento.

Un hito en mi memoria de infancia es haber visto con mi papá Carros de fuego; ese día me contagié tanto por la emoción que terminé con varios niños corriendo por todo el teatro al ritmo de la música de Vangelis. Tampoco olvido el día en que mi papá me llevó a ver Amadeus, y la música de Mozart empezó a hacer parte de mi vida. Hace poco, mi hijo Manuel, de 9 años, quedó infectado por ese virus irresistible de Mozart cuando le pusieron una tarea en el colegio sobre La flauta mágica, obra del genio austriaco, y juntos volvimos a ver Amadeus.

Todavía recuerdo que, después de su estadía de seis meses en Oxford, en medio de las amenazas, mi papá regresó con una caja de casetes de los grandes directores de música clásica del momento. Fascinado con André Previn, empezó a escribir sus discursos acompañado de música. Y puedo decir que Mozart, Bach y especialmente Vivaldi metieron la mano en el proyecto de reforma constitucional presentado por el Nuevo Liberalismo, en las conversaciones de unidad liberal y en la consulta popular.

Con mi mamá —Gloria— institucionalizamos los Óscar en la familia; intentamos vernos antes todas las películas nominadas y hacemos pollas para los resultados. Mi mamá siempre nos gana, ha resultado imbatible gracias a su escuela de cubrir los reinados de Cartagena, cuando apenas comenzaba su carrera periodística, y adivinar siempre la ganadora para la primera página de El Tiempo.

Durante mis últimos años de colegio en el Instituto Pedagógico Nacional, se abrió un taller de teatro y decidí medírmele a la actuación, pensando en reivindicar los genes artísticos de los Galán. Disfruté mucho interpretando a Hamlet y recuerdo que el profesor me dijo que no lo hacía del todo mal. Pero el sueño de ser actor se quedó corto por la avalancha de acontecimientos que tuvimos que enfrentar, en especial el asesinato de mi papá, que irónicamente fue un estímulo definitivo en mi vida para dedicarme a la política y luchar por la Colombia que él soñó y por la que entregó su vida.

Cuando me llamó Daniel Samper Ospina y me preguntó por mi sueño de infancia, no dudé en decirle que era la actuación. Aunque esperaba un papel dramático, interpretar a un vecino seudomago en el Club 10 resultó un reto grande. Entendí que el mundo de la actuación y de las grabaciones es muy sacrificado, representa horas de preparación, trabajo y esfuerzo. Tenemos pendiente en Colombia mejorar nuestra legislación para garantizarles a los actores un régimen laboral justo, moderno y que les brinde la seguridad social a la que tienen pleno derecho.

La noche anterior a la grabación, Benjamín Corredor, quien interpreta a Aurelio, el lobo, tuvo la generosidad de dictarme un taller exprés de actuación. Pensé que repasar el libreto me generaría confianza, pero terminé preocupado porque los genes artísticos del abuelo o habían desaparecido o estaban muy rezagados. En fin, ya era tarde para arrepentirse y desistir de vivir mi sueño de infancia.

Mi llegada a los estudios del Canal Caracol acrecentó mi nerviosismo y ansiedad. Pensé en ese instante que me sentía más cómodo, incluso, respondiendo, una a una, las preguntas sobre los 100 artículos del proyecto de fuero militar que me hizo Germán Navas Talero durante 14 horas continuas de debate. Ese día, me sentí como en su programa de televisión Consultorio jurídico. La única diferencia con el Club 10 es que en el estudio no me regalaron un libro del jurista Otto Morales Benítez, como lo hacía Navas Talero en su programa.

Luego de entrar en el set y de saludar a todo el equipo de grabación y al elenco de actores, empezaba a tranquilizarme. Pero de pronto sentí un grito parecido a los dictados de mi abuelo: “¡Sileeeeencioooooo… estamos grabandooo!”. Se trataba de Chepe, el coordinador de grabación. El nerviosismo y la ansiedad regresaron y hasta empeoraron. Después de ponerme el micrófono, pasamos a maquillaje. Estaba listo para entrar en acción, para meterme en el papel estelar de vecino y mago improvisado para ambientar la fiesta de cumpleaños que el lobo Aurelio y la gata Mery Moon le ofrecían a Dinodoro.

Para mi sorpresa, algunas escenas salieron en una sola toma, otras sí las tuvimos que repetir por fallas del vecino mago, es decir, por mi culpa. Pero finalmente terminamos. No lo hubiera logrado sin el apoyo de todos en el estudio, que me acompañaron en cada escena llenos de paciencia y de afecto. Aunque creo que gozaron —o me gozaron, por lo menos— igual que yo en la experiencia. En definitiva, nos reímos de todo a la par.

Recordé las palabras de Diego Arbeláez, productor general de la franja infantil, sobre las dificultades que los niños en Colombia enfrentan para desempeñarse en actividades artísticas o deportivas. Su trabajo en la práctica es asimilado por nuestra legislación actual con la explotación infantil y tienen absolutamente cerrada la posibilidad de recibir remuneración y desempeñarse con facilidad. Si no introducimos una modulación en la ley y regulamos ciertas excepciones, es imposible promover el talento nacional en estos campos desde la niñez.

Cuando les conté a mis hijos, Lucas y Manuel, sobre mi actuación, se sorprendieron, y desde ese momento esperan entusiasmados el día en que salgan al aire mis escenas en el Club 10, junto a Mery Moon, Aurelio y Dinodoro (el 15 de junio). Espero que no queden del todo defraudados, que no los molesten demasiado en el colegio y que el programa no vea su rating castigado por mi sueño de infancia hecho realidad.

Los genes del abuelo Álvaro parece que siguen ahí, porque los veo en Manuel y Lucas. En mi caso, cuando estábamos grabando, entendí que me habían abandonado, pues intenté buscarlos y no logré despertarlos… tal vez los genes políticos terminaron matando a los artísticos.

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