El último día del Jamboree Scout en Pance, Valle del Cauca, fue el primero de mi carrera como cantante. Una muy fugaz, advierto, pero que empezó con pie derecho. No por los aplausos que recibí, sino porque ese fue el primer pie que puse en la tarima cuando mis compañeros de tropa me empujaron para que cantara el tema que era algo así como nuestro himno: Palmira señorial. El concierto de cierre del campamento estaba a cargo de la banda del batallón de la III Brigada. Tras un minuto de silencio y rabia, dedicado a Andrés Escobar, de cuyo vil asesinato nos acabábamos de enterar, el grupo empezó a cantar cuantas canciones de música tropical conocía. Pero el cantante vestido de soldado —hoy Julio Nava— no podía complacer nuestro pedido, no sabía la letra de nuestra famosa “Señorial, Palmira señorial…”. No tuve más remedio entonces que adueñarme del micrófono. Confieso que sentí pena y emoción por partes iguales. Esa había sido mi relación más grande con un público en vivo hasta que SoHo me invitó a experimentar mi sueño de infancia. Una experiencia que dejó atrás aquella del campamento y todas mis otras participaciones como intérprete del Himno Nacional en las izadas de bandera, de villancicos en las novenas y de los cantos en tantas misas celebradas durante mi paso por el colegio.

Después de enterarme de que el otro papel con el que soñaba, el de actriz, ya estaba pedido para esta serie, confieso que quise echarme para atrás varias veces. Pensé muchas excusas, pero decidí cumplir mi palabra con la condición de que el maquillaje y el vestuario me hicieran ver tan diferente que mi nuevo rostro no pudiera ser relacionado con mi nombre. Por fortuna no conocí la opinión de mi hijo antes de mi debut, porque él asegura que quedé “igualita”. Yo me sentí realmente otra cuando salí de mi casa con chaqueta de lentejuelas, extensiones de pelo, maquillaje recargado y tres aguardientes.

Había decidido cantar Bésame mucho, porque solo tiene una estrofa y el coro, para salir rápidamente del problema. Pero la noche anterior a mi show grabé en mi iPhone lo que consideraba una decorosa interpretación de la canción de la compositora Consuelo Velásquez, y descubrí que si me atrevía a cantar sobre el escenario de esa manera, no quedaría nada de mi buena reputación. En YouTube oí entonces brillantes interpretaciones de la —según Wikipedia– “más cantada y más grabada de la canciones en español, al margen de los villancicos y del Cumpleaños feliz, declarada así en 1999” (no dice por quién). Frank Sinatra, Elvis Presley, The Beatles, Pedro Infante, Thalía, Ana Gabriel y otros cuantos fueron mis maestros para que a la tercera grabación lograra una versión que, para mis capacidades, consideré imposible de mejorar. Me sorprendió descubrir que también en el canto se aplica aquel principio de que “menos es más”, así que eliminé las inflexiones de la voz que los cantantes de ducha hacemos para que se note el alma en nuestros conciertos. Y así, simplona, sin sentimiento, compadre, sonó mejor.

Rumbo a Gaira —a propósito, gracias por haber patrocinado esta pilatuna asumiendo el riesgo de que pudiera vaciarse el establecimiento—, mi hijo me dio por teléfono su recomendación: “Mami, piensa que es como cuando vamos en el carro y tú empiezas a cantar, piensa que solo yo te estoy oyendo”. Este consejo y un comentario del ingeniero de sonido de Gaira que me aterrizó a la realidad (“el público no está atento al cantante todo el tiempo, mientras tú cantas unos conversan, otros tararean la canción sin mirarte, otros comen”) me ayudaron a controlar los nervios. Por si acaso, el ingeniero me recomendó que no mirara al público sino a una lámpara roja que cuelga del techo, o a los cuadros, o a mi pianista. Con él habíamos acordado y ensayado cantar dos veces el coro, una vez la estrofa y cerrar de nuevo con el coro.

Tengo que decir que lo más difícil no fue cantar, sino simular que lo hacía. No contaba con que antes de cantar de verdad, debía pararme en el escenario a hacer la mímica de cantar, con el propósito de tomar las fotos. Las sesiones fotográficas han sido siempre una tortura para mí, pero con la paciencia de los fotógrafos hemos obtenido buenos resultados. Esta requirió, además, la solidaridad de todo el equipo de SoHo y de Gaira, y dos aguardientes dobles. Las pantallas de fotografía, las luces y el desacomodamiento de las mesas hacían imposible que los comensales no se fijaran en lo que estaba sucediendo y en la cantante con pésimas dotes de modelo.

Con las cortinas cerradas me acomodé en mi silla (esa fue mi otra exigencia de artista: poder resguardarme en algo con lo que pudiera despreocuparme del manejo de mi cuerpo), y mientras se abrían solo vi esa especie de humo que se forma por el cruce de luces desde todas las esquinas del techo y las paredes, pensé entonces que aun si estaba reconocible, la gente no alcanzaría a identificarme. Una conclusión que me permitió empezar como si me dedicara a cantar en esa tarima todas las noches. Me sentí tan bien después de los dos coros que me atreví a mirar al público. Pero hasta ahí me acompañó la suerte, pues coincidió la más vehemente frase del pedido principal de la canción con la mirada fija de un caballero de una de las mesas más próximas al escenario a esta cantante que, por cierto —según el presentador—, había llegado desde Los Ángeles. Me dio risa, perdí la concentración, quería de inmediato llegar al final del show. Eché mano del plan C —mirar a mi pianista— y no me moví de la silla hasta que por tercera vez canté “que tengo miedo a tenerte y perderte después”. Por alguna razón, el coordinador de tarima no cerró las cortinas oportunamente, y desde una esquina me preguntó si iba a cantar otra canción. Por fortuna, a pesar de la oscuridad, supo leer la respuesta que solo le podía dar con mis ojos: “No”. Aún a la vista del público no podía decir no ni con la cabeza, ni con la mano, y mucho menos con la voz, así que los segundos que duró esa comunicación fueron eternos y yo solo intenté llenarlos diciendo “gracias.” Aplaudieron, eso al menos quiero creer. Mi carrera como cantante estaba consumada y se suponía que debía sentirme un ser humano más realizado. Con ese pensamiento sarcástico caminé hacia el camerino, riéndome con el equipo de producción por lo que considero la infancia de esta serie más difícil de encontrar.

Al escribir esta crónica, reafirmo lo que ha sido una constante en muchas decisiones de mi vida: que es preferible arrepentirse de lo que se hace que de lo que no se hace. No hubiera querido leer las otras crónicas de esta edición de la revista y pensar que la mía pudo haber estado ahí. Y como dice el nobel Mario Vargas Llosa: “Uno no es un solo ser humano, un ser humano es varios seres humanos”. Por eso creo que podría volver a ser cantante y sé que aún tengo pendiente ser actriz… por una noche, por una temporada, o por el tiempo que sea, pero con la convicción de que un rol alimenta los otros, de que mientras más nos permitimos vivir esos otros yos que nos habitan, menos dependientes somos de los esquemas que encarcelan a los monofacéticos, o a esos que no se atreven a vivir sus múltiples facetas.

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