Corro como corre la gente con miedo a morirse, corro como la gente que solo piensa en salvarse, sobrevivir. Tengo el corazón en las manos y en la cabeza. Detrás de mí una avalancha de vómito que recorre las calles. Todos a mi alrededor están vaciando sus líquidos estomacales y comidas a medio digerir sobre los andenes de la ciudad. El soundtrack de mi carrera por la vida es una sola arcada comunal. Todos tienen cara de náuseas. Hay vómito hasta en el cielo. Vómito de bebé, vómito de monstruo, vómito de borracho, vómito de toda la gente que quiero. Corro porque no quiero morirme así, no entre mares de vómito. Corro porque no quiero que el vómito me toque pero sobre todo porque no quiero vomitar.

Despierto.

Soñar con mares de vómito es mi peor pesadilla y tristemente la más recurrente. El inconsciente es así. Cruel.

Tengo emetofobia o miedo irracional e incontrolable hacia todo lo que tenga que ver con vómito o vomitar.

Supe que tenía emetofobia una tarde mientras leía el equivalente a mi biblia preadolescente: Guía para la vida de Bart Simpson. El libro tenía toda una sección dedicada a las fobias y en la última página un diccionario sobre las mismas. Ahí brilló el nombre: ‘emet’, que viene del griego emeo: yo vomito y ‘vómito’ del latín ‘vomere’. ¡Yo le tengo fobia al vómito! Fue en ese momento para mí, tan claro como el agua, en el que por fin pude ponerle nombre a un miedo que desde niña me paralizó.

Mi idea de tragedia en la niñez y adolescencia era que alguien, o yo misma, vomitara en el bus del colegio. Las veces que pasó sobreviví únicamente porque mantuve la mitad de mi cuerpo por fuera de la ventana de mi puesto, haciendo caso omiso a cualquier intento de proteger mi vida que hiciera la señorita del bus. Aún hoy recuerdo cada una de esas situaciones con una exactitud impecable. Yo, por mi parte, el día de mi graduación celebré mi mayor triunfo, 14 años invictos: ¡nunca vomité en el colegio! Ese era mi logro más preciado, el cartón de bachillerato solo fue un plus.

No entiendo muy bien de dónde nace mi absoluto y radical miedo irracional hacia todo lo que tiene que ver con la expulsión del contenido gastrointestinal. Yo creo que es porque siendo niña padecí fuertes intoxicaciones, el equivalente a vomitar como la niña de El exorcista sin la necesidad de efectos especiales por casi un mes entero y los psicoanalistas, por su parte, dicen que nace de un rechazo al segundo embarazo de mi mamá y los síntomas que este implicó. Mi mamá no vomitó los primeros tres meses, sino todo el embarazo, los nueve meses completos.

Lo cierto es que en cosas de la cabeza no manda uno, acá no hay voluntad que valga. Sobre mí, manda mi fobia y yo me limito a vivir una vida satélite donde casi todo, o todo, dependiendo de la situación vital en la que me encuentre, gira alrededor del objeto temido. Todos saben que estoy (A) Malita de los nervios y dependiendo de eso las cosas mejoran o empeoran.

Ahora mismo el control lo tengo yo, pero en mis peores momentos mi cabeza vive de asociaciones como esta: “No me puedo montar en un bus después de almorzar porque me mareo, entonces si me monto debo tomarme un plasil”. Claro, para un emetofóbico el plasil es el equivalente a Dios y su objeto más preciado. Siempre, siempre hay plasil en mi cartera. Si por algún motivo se me queda me devuelvo. Vivía en paranoia. Antes me tomaba un plasil por cada movimiento estomacal confundiéndolo con náuseas. Para el emetofóbico todo se traduce a náuseas: el mareo, el dolor de cabeza, la digestión, la tristeza, los nervios, la felicidad, la llenura. Hablo en pasado porque, felizmente ahora los días son más fáciles.

Todo se trata de medidas preventivas y el desarrollo de una cantidad ridícula de talentos inútiles como por ejemplo: ser capaz de reconocer cuando cualquier persona va a vomitar antes de que ella misma lo note, o memorizar fechas de vencimiento de la mitad de los productos en mi nevera. Trato de no comer demasiado para no estar muy llena y no sentirme mal, dejé de tomar todo tipo de bebidas alcohólicas y jamás como en la calle para prevenir posibles intoxicaciones.

No soporto ver gente vomitar, ni siquiera en las películas; cuando pasa me dedico a taparme los ojos y los oídos y a cantar canciones como cuando uno era chiquito. No importa que se trate de alguien que quiero, si eres mi mejor amiga y vas a vomitar lo más seguro es que te deje a tu suerte o consiga otra persona que te cuide.

Vomitar se siente un poco como morir, y lo odio.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.