10:45 a.m. (viernes 21 de septiembre)
La casa de mis papás
Soundtrack: ninguno
Por ahí dicen que uno es lo que come. Yo no sabría qué pensar: si es un halago o no. El hecho es que me crié a punta de butifarra con limón, bollo limpio, huevas de pescao y Kola Román con embocadura cubierta por la arena de Puerto Colombia. Mis padres salen de Barranquilla y se ubican en Bogotá. Yo meramente me ubico con ellos. La primera imagen que tengo de mi padre es él sentado, haciendo música (ojo: ‘hacer’ siempre será distinto a ‘interpretar’), dejándose caer, guitarra en mano, para componer en cualquier rincón de la casa, desgarrando ese sonido con un rasgaíto que traía sabor a porro y olor a cumbia. Sin embargo, aunque en mi casa primaban los aires caribeños y las voces en vivo de Matilde Díaz y la Negra Grande, mi afición no comenzó por la música colombiana sino por el rock. Quería la libertad y la plenitud del rockero no tanto por montarla de estrella, sino más por la actitud de libertad e independencia. Me gusta sentir que no debo rendirle pleitesía a nadie y no tener horarios: me desespera saber qué voy a hacer al otro día.

1:17 p.m. (viernes 21 de septiembre)
Parque El Virrey
Soundtrack: el disco de mi papá
Mi papá siempre fue muy sincero con lo que hacía. Su necesidad de cantar me fascinaba, sin dejar de asustarme. Luego lo comprendí. Ser compositor y artista no es lo más grato del mundo. También es un karma. Muchas veces uno expresa sentimientos muy poderosos en una canción y la persona a la cual se le compone no se merece ni un octavo. Igual, eso es lo que hace especial la vocación del artista: engrandecer a veces las cosas. La vida de uno no es tan alucinante ni tan repleta de historias. Es uno mismo el que le mete magia y misterio a las vainas.

8:53 p.m. (viernes 21 de septiembre)
Mi apartamento
Soundtrack:
Eddie Palmieri
La mierda me la unté toda, pero nunca me la comí. Cuando escogí la música, perdí muchos ‘amigos’ y, al irme de la casa, me quedé sin comida. Aunque incursioné en el piano a los 7 años, me suspendieron la flauta dulce cuando le rompí los dientes a mi profesor con ella. Cuando ya sentí la vaina en serio, empecé a estudiar jazz. Tenía 16 años y comencé a aprender del maestro Armando Velásquez. Su influencia me marcó para siempre. Empecé a tocar con combos distintos en donde fuera, concierticos de jazz, matrimonios, fiestas privadas, serenatas, Rock al Parque, en fin. Arranqué en la escuela de lo que se conoce como ‘La Chisga’. Comencé a tocar donde me pusieran y empecé a darme cuenta de que a los músicos de jazz acá les pagan menos que a los de orquesta tropical, hasta que el Antonio Arnedo me enseñó que nunca debía permitir que me dejaran entrar a una casa por la puerta de la cocina. Como tenía que hacer algo que me diera para vivir, trabajé hasta de botones en el hotel Radisson. De allí me echaron por agarrarme con un alemán que estaba hablando mal de Colombia.

12:23 p.m. (sábado 22 de septiembre)
Mi apartamento
Soundtrack: Vespertine, de Björk
En el colegio era un man muy introvertido. A los 14 años me conocían como el que se ponía a tocar blues en la iglesia y gorreaba pa’ comer. A los 15 no bailaba el baile del perrito porque era del grupo de los ‘alternativos’, y las camisetas de Janes Adiction y los Converse —asociados por las mamás de la época con la marihuana— no eran bien recibidos en las fiestas. Los colegios de Bogotá generan un machismo absurdo: para conquistar a una mujer hay que ser del equipo de básquet, hablar con una papa en la boca y que el papá le suelte el carro en noveno. Yo andaba en bus y en los recreos pastaba como las vacas, así que ni modo. Creo que en mi adolescencia nunca quise nada como a mi colección de discos. U2, Led Zeppelin, Pink Floyd, Charly García, Sonic Youth, Velvet Underground, Charlie Parker, Charles Mingus; entre otros, me hacían ser incomprendido en un mundo donde la respuesta a ¿qué música te gusta?, era lo que pusieran en radio. Si sobreviví a estudios compulsivos y obligados, y a matones gordos y con verrugas en los labios, fue gracias a la música.

4:05 p.m. (sábado 22 de septiembre)
Mi apartamento
Soundtrack: Eddie Palmieri
Siempre me he preocupado por gozar y soy adicto al baile. No me gusta salir de rumba a mirarme las caras y a chupar humo de cigarrillos. En el colegio ponía un disco de rock y bailaba solo, pero después descubrí la salsa. El son cubano me abrió un nuevo universo. Aprendí que al baile hay que meterle cuento erótico. Para mí, la forma de iniciar un relación sexual es bailando.

Luego, llegué a la conclusión de que hay una edad en la que las mujeres respetan que haya gente que hace lo que se le da la gana. Aunque cuando uno arranca a tener grupos de rock las niñas empiezan a mirarlo a uno distinto, lo que cuenta es que entiendan que uno es capaz de soñar. En el momento en que entendí que podía volar, agarré seguridad y supe lo que iba a ser. Sin que sea un tumbalocas, creo que las locas respetan eso.

1:38 p.m. (domingo 23 de septiembre)
La Pizzería de Roco, en La Candelaria
Soundtrack:
La candelaria
La vida nocturna lo puede confundir a uno. Aunque yo creo que es innegable que la droga en el rock ha abierto mundos y visiones distintas —y eso se ve desde los Beatles hasta Gustavo Cerati— las drogas estancan. Eso lo tengo muy claro. Vean a Perry Farrel (ex vocalista de Jane’s Adiction): cada vez su discos me apasionan menos porque como artista no evoluciona sino que sigue metiendo pura droga.

9:46 p.m. (domingo 23 de septiembre)
Tower Records de Andino
Soundtrack: Top 20, MTV Latino
Desde el momento en que completé el álbum en mi cabeza hasta que por fin salió, fueron tres años. Tres años de pasar demos, golpear puertas, emocionarme cuando sellos internacionales como Luaka Bop —el de David Byrne— mostraron interés en mi música. Fueron tres años en los que entendí que en este medio hay demasiado vampiro y toca cuidar la sangre. Además de talento, se necesita disciplina y constancia. Supe que ser músico en Colombia cuesta sudor, pasión y sangre, pero que también trae satisfacciones. Saqué un disco, pero es difícil tratar de convencer a la gente de algo.

Aunque nos ha ido bien y a la gente le ha gustado el disco, sería más fácil que pudieran juzgar por sí mismos, y no tener que hacerlo yo. Creo que cada persona debe tocar su propia trompeta. Y aunque sé que aún falta mucho para la alfombra roja, siento que los problemas hacen que todo tenga más gracia. Todavía me siento muy raro cuando veo que ponen el Bombón y que la gente lo pide porque le gusta. Ver que el sueño ha empezado a cumplirse, así sea de a poquitos, le recarga a uno las baterías para seguir adelante cantándole al mundo la música de mi país… Y qué importa que digan todos… yo a veces soy feliz.

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