Maturana, que era el entrenador del club y de la Selección Colombia, decidió que jugaran los suplentes, pues la mayoría de los titulares habíamos estado una semana antes en la Copa América de Argentina con la tricolor y debíamos descansar. Dijo, sin embargo, que si alguno de nosotros quería estar en el partido, podía hacerlo. Y como a mí siempre me ha gustado jugar, me apunté.

Aunque en la Copa América habíamos quedado de terceros y no habíamos logrado pasar a la final, yo venía con confianza porque nos habíamos traído un logro muy importante: por primera vez Colombia había vencido a la selección argentina en su territorio. Y no a cualquier selección argentina, sino a la de Maradona, a la campeona del mundo. Les ganamos 2-1 y yo anoté uno de los goles, el otro lo hizo Barrabás Gómez.

Ese era un motivo suficiente para volver satisfecho y seguir jugando en el torneo colombiano, que estaba llegando a su última etapa. Salimos a la cancha y, aunque el Atanasio Girardot no estaba lleno, se sentía un ambiente muy tenso. Los jugadores del Quindío nos lanzaban pullas por el fracaso de la selección y uno de ellos, no diré quién, me llamó “tronco hijueputa”. No me dejé llevar por las provocaciones, pero sí me dije a mí mismo: “Vamos a ver quién es el tronco”.

Todo pasó muy rápido. Apenas había sonado el pitazo inicial y ya estábamos en la zona de ataque, encima de ellos. No recuerdo exactamente cómo, pero a los 57 segundos yo estaba pateando el balón para anotar el primer gol. Los dejamos viendo un chispero, boquiabiertos, no entendían qué había pasado. Y faltaba lo mejor.

Los del Quindío se apresuraron a reanudar el juego y corrieron a sacar a ver si empataban rápido. No habían tocado la pelota cuando ya se la habíamos robado. Hicimos una triangulación, una pared, y otra vez estaba mano a mano con al arquero para definir y anotar el segundo gol al minuto con 46 segundos. Parecía que el estadio iba a estallar, porque a los hinchas no les dio tiempo de terminar de celebrar el primer gol y ya estaban celebrando el segundo, con solo 46 segundos de diferencia.

Yo también celebré mucho, pero seguí jugando como si nada. Para ser sincero, no se me ocurrió que se tratara de algo tan importante, por lo menos no tan importante como el gol que les había hecho días antes a los argentinos. Muy rápido, a los 20 minutos del partido, Maturana me sacó y me dijo que ya era suficiente, que ya había cumplido con la tarea.

Con el tiempo me he enterado de que algunos jugadores en varios equipos del mundo han hecho la hazaña de anotar dos goles en menos de un minuto. Lo hizo, por ejemplo, el peruano Andrés Mendoza con Monarcas de México en 2008. También los argentinos Roberto Nanni, con Cerro Porteño en 2012, e Ignacio Scocco, con el Inter de Porto Alegre en 2013. Pero mi caso, con toda modestia, es algo aún más raro y todavía no he conocido alguno que se le parezca: ¡dos goles en 46 segundos y, además, en los primeros dos minutos del partido! Muy loco.

Todavía no me lo explico completamente. Mi intención nunca fue hacer un récord, en esa época lo único que me interesaba era jugar fútbol, nada más. Y pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que esa historia, la del doblete veloz, solo la puedo contar yo.

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