Calle Oxford — Sídney— Australia

Al igual que el de muchos acá, mi fin de semana comienza con la birra que destapo en la oficina. Un viernes al mediodía, botella en mano, puedo beberme todas las cervezas que quiera desde la comodidad de mi escritorio, mientras escribo la noticia del día para el medio en el que trabajo a tiempo parcial. En Sídney se puede beber alcohol en casi todas partes, porque beber para los australianos es un deporte nacional, al igual que el rugby.

Pero la vida nocturna en la ciudad más poblada de Australia es una contradicción. Lo paradójico de esta historia, que hasta ahora promete ser buena, es que si ese mismo viernes tengo ganas de bailar hasta que amanezca, no tengo opciones. Encontrar una discoteca abierta a medianoche es casi imposible, entrar a un club después de las 2:00 de la mañana es ilegal, y a más tardar a las 3:00 de la madrugada, cuando el dj deja de tocar la última electrónica, la luz de todo el boliche se prende y tres enormes guardias lo escoltan a uno hasta la puerta, donde lo espera la Policía Federal: “Sorry, darling, but the party is over”.

Aquí, la bohemia nocturna de todos los suburbios aledaños al distrito financiero de la ciudad enfrenta una tormenta de regulaciones que el estado de Nueva Gales del Sur introdujo en febrero de 2014, después de que dos jóvenes murieron en una pelea, tras salir borrachos de un club en el barrio de Kings Cross, el hasta entonces centro neurálgico del baile, el sexo pago y las drogas. Son tan duras las leyes ahora, que las licorerías y los restaurantes cierran a las 10:00 de la noche.

Pero no todo está perdido en Sídney: en Oxford Street, donde hoy flamea más estoica que nunca la bandera arcoíris –el 27 de septiembre los australianos votarán mediante un plebiscito postal su apoyo o rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo–, la comunidad lgbt sigue dando la batalla. Esta calle, que anualmente recibe a miles de personas que desfilan por la diversidad sexual y el orgullo gay en la marcha de Mardi Gras, está rodeada de bares, clubes y discotecas que todavía congregan a la muchedumbre. (Drag Queen por una noche)

En algunos locales, como el Stonewall, que este año cumple 20 años, los clientes todavía hacen largas filas los fines de semana para no perderse el clásico espectáculo de los bailarines que, con poca ropa y arriba de la barra, comienzan a calentar los motores a las 10:00 de la noche. Aquí, además, las drag queens más célebres de Australia, como Minnie Cooper y Marilyn Mootrub, tienen una estrella en el suelo, al más puro estilo de Hollywood.

Cooper es una diva de categoría mundial, que incluso ha compartido escenario con la estrella del pop Kylie Minogue, me cuenta Josh Watson, exbailarín profesional a cargo del bar desde hace tres años, que se declara su admirador, su “discípulo incondicional”. Mootrub comenzó su carrera en 2009, en el mismo Stonewall, y hace un par de años saltó a la fama internacional cuando apareció en un episodio del reality Keeping up with the Kardashians, también conocido simplemente como Las Kardashian. Hoy, aunque está de día libre, hace su entrada magistral a este antro cual diosa en el Olimpo, y me saluda radiante con un vestido negro, decorado de transparencias, brillos y lentejuelas.

Para ingresar a Stonewall no hay necesidad de ser lesbiana, gay, bisexual o transexual; los únicos requisitos son tolerancia y buena onda. A primera vista, tampoco parece haber barreras de edad: los clientes regulares van desde los 18 hasta los 71 años. Y todos los curiosos son bienvenidos, me explica Josh.

El recinto, de tres ambientes, está lleno, como siempre. Puede ser un sábado o un jueves, y siempre está repleto de gente. Después de tres años viviendo en Sídney, esto no deja de sorprenderme. Josh nos regala cervezas a mi novio y a mí y nos presenta a prácticamente todos los miembros de la familia Stonewall.

Su estilo cercano y amigable es común entre quienes frecuentan los bares gais de por acá, me comenta una chica que no alcanza a revelarme su nombre. Lo que sí logra decirme es que hace cinco meses concluyó su cambio de género y abandonó su aburrido trabajo en administración de empresas para volver a nacer, respirar y comenzar una carrera como drag queen.

Faltan diez minutos para las 11:00 de la noche y Josh nos interrumpe. Mirando fijamente el reloj, nos invita a cruzar la calle rápidamente. Uno de los shows más icónicos del transformismo en Sídney, que tiene un espacio en el mítico club arq, está por comenzar.

Este nightclub con dos ambientes es la casa de las drag queens más famosas de Australia; empezando por su host, pues nos recibe la famosa Minnie Cooper, quien nos saluda con una tremenda sonrisa y, aunque es una diva indiscutible, acepta feliz mi invitación a fotografiarla antes de empezar su espectáculo.

Definitivamente, Josh no exageraba: Cooper es una artista de pies a cabeza. Su presencia y su vozarrón llenan por completo el escenario. Y luego ella misma abre la competencia que premia con 350 dólares australianos o 280 dólares estadounidenses –“cash in hand”–el performance de la “mejor nueva promesa” del transformismo local. Britney Spears, Rihanna, Cristina Aguilera, Pink y Prince lo dan todo en una presentación que, entre todas, dura aproximadamente una hora. (Historia de travestis)

Yo había visto shows de burlesque protagonizados por drag queens en Chile, y recientemente en el bario de Newtown, un suburbio hippie y universitario en el oeste de Sídney. Sin embargo, la pasión que sentí esta noche en el arq solo recuerdo haberla visto en programas buscatalentos, como America’s Got Talent.

El arq se está aferrando a mantener el buque a flote con los clientes frecuentes, que siguen fieles gracias a estos shows, a esta tremenda puesta en escena, de lunes a domingo. Su mánager, de todos modos, está preocupado. Asegura que las ventas han caído en un 40 % desde que están obligados a cerrar a las 3:00 de la mañana. De hecho, confiesa que recientemente abrió una cafetería, en caso de que las cosas se pongan peor.

A pesar de todos estos reveses, la fiesta de Sídney sigue viviendo en la calle Oxford. Al menos eso dicen algunas de las drags que me cruzo. Creen que la movida nocturna en esta metrópoli australiana no deja de ser única. “Es una ciudad con carácter, maravillosa, apasionante”, me dice Natasha Knowles, diva con once años de trayectoria. De casi dos metros de altura, dueña de las pestañas más largas y profundas que he visto en la vida, se suelta en elogios sobre la noche en esta ciudad mientras se maquilla –hoy destinó dos horas a este aspecto–.

Su opinión se contrapone totalmente a la de Minnie Cooper, quien podría jurar que la mayoría de las personas locales, los sydneysiders, se han adaptado muy fácil a estos cambios dictatoriales. Y la verdad es que Minnie tiene razón. Más allá del arcoíris, la realidad del resto de los barrios no es en colores después de la medianoche. (En Londres no se puede bailar)

Yo lo había comprobado en Surry Hills, el suburbio más trendy de la ciudad, que concentra la mayor cantidad de restaurantes y que comienza en la intersección de las calles Oxford y Crown. Era día de rugby –se jugaba el clásico de los Wallabies australianos contra los All Blacks neozelandeses–, entonces había decidido comenzar la jornada en The Clock, un pub emblema del sector. Con decoración retrochic, tiene un enorme balcón, un patio interior, una cocina especializada en pizzas y un ambiente dedicado exclusivamente al whisky, su atracción principal. Además, ofrece una carta de cocteles que cuenta con todas las ginebras australianas, vinos de boutique y cervezas artesanales. Todo pintaba bien, muy prometedor, pero no: aunque el lugar tiene autorizado abrir hasta la medianoche, aunque me encontré con un grupo de amigos que me invitó a bailar, a eso de las 9:00 ya comenzaba a vaciarse.

Después de bajarme dos cervezas, me moví al sector más “hetero” de la calle Oxford, hasta llegar a The Good Bar, donde los borrachos trataban desesperados de captar la atención de una exubernate pelirroja, quien solo tenía ojos y odios para el dj. Y no más… del resto, mejor ni hablar. A excepción de algunos strip clubs, todo cerrado. (Una mañana en la clínica del guayabo)

Con el rabo entre las piernas, decidí entonces darme una vuelta por el barrio de Kings Cross y ver con mis propios ojos cómo están las cosas por allá. Y el panorama también es desolador. Durante la tarde, las calles están cargadas de vagabundos y de prostitutas pobres que ofrecen sus servicios y, al ser rechazadas, piden monedas. En la noche, The World Bar es el único lugar abierto para ir a bailar. En este predominan los mochileros europeos que duermen en los hostales aledaños, las adolescentes de piernas largas, ebrias hasta la médula, con minifaldas y maquillado de adultas.

Conclusión: la fiesta como la conocemos en históricos barrios del mundo, como Lapa en Río de Janeiro, es solo el recuerdo que atesoran de Sídney los mayorcitos. A menos que vaya a la calle Oxford, claro; a menos que se enfieste con sus amables drag queens; a menos que se pierda en los espectáculos coloridos, exagerados y profesionales de celebridades tan importantes como Minnie Cooper y Marilyn Mootrub. Si no, lo mejor que puede hacer uno acá es tomarse todas las cervezas que le quepan desde la comodidad de su oficina: ¿ya les dije que en Sídney beber es considerado una especie de deporte nacional?

* Periodista radicada en Australia. Es colaboradora de varios medios latinoamericanos y trabaja con el servicio de noticias británico Mergermarket.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.