El Aristócrata” dijo la verdad desde el principio hasta el final del juego. Herido en su amor propio por lo que estaba sucediendo en la cancha, muerto del calor por culpa de esa terquedad que no le dejaba quitarse el saco cuello de tortuga, describió a la selección de los primeros diez minutos como “una horda de futbolistas que no sabe por dónde empezar a perder”. De inmediato, en el intento de no ser un simple hincha burlado, rescató el trabajo “riguroso, ordenancista, dúctil” de Andrés Escobar en la parte posterior. E insistió en que la clave era lo que había dicho yo: que tuvieran pegada a los pies “la pecosa, la redonda, la esférica, la gordita”. Pero unos minutos más tarde se sintió forzado a gritar que el equipo era “cien por ciento transpiración, cero inspiración” porque el balón sólo rozó una vez al arco de los Estados Unidos y los pases no llegaron nunca al jugador que tenían que llegar.

Y así, aterrado en vivo y en directo por lo que estaba pasando, fue testigo en el minuto 33 de la primera parte de cómo el mediocampista John Harkes se descolgó por la franja izquierda del campo en un contraataque que ningún defensa pudo controlar, hizo una pausa de mucho menos de un segundo y lanzó el balón a ras de tierra hacia el área colombiana en el intento de dar con el volante moreno Earnie Stewart, y entonces se deslizó el zaguero Andrés Escobar Saldarriaga, en su carrera sacrificada para cortar ese centro peligroso, y en vez de botar el balón a cualquier parte tuvo la desgracia de meterlo dentro de su propia cancha. El arquero Óscar Córdoba se fue hacia atrás, vuelto una curva, como si le hubieran hecho un atentado. Y los gringos se fueron hacia su territorio a celebrar el gol más importante de su historia.

“No quiero hablar de eso”, me dijo Córdoba unos días después, “no creo que ninguno de nosotros entendiera bien qué estaba pasando en ese momento”.

Sé hoy, doce años después, que Escobar no lo hizo a propósito. Sé ahora que él, precisamente él entre todos los jugadores, habría sido incapaz de vender un partido. Tendría que haber sabido esas dos verdades de a puño cuando vi la repetición del autogol que acababa de hacer en las pantallas gigantes del Rose Bowl. Y sin embargo yo, Pepe Calderón Tovar, que desde niño había logrado contener la desazón que produce la vida cada vez que puede, que cada noche lograba pensar “mañana es otro día” a pesar de que cada día es el mismo, me envenené con mi propia ira (mi papá habría dicho “me desaforé”) hasta pensar “eras el último que faltaba”. No blasfemé ni declaré “vida hijueputa” al aire. No me moví ni manoteé porque tenía las axilas estrujadas para que el sudor no me siguiera rodando por los brazos. Apreté los ojos ante la imagen de ese error fatal como un miope que no alcanza a ver quién es esa persona que viene a lo lejos.

Oí que alguien me decía “Pepe: a ese desgraciado lo van a matar”. Y que otro se afanaba a responderle “no matan a nadie por eso”.

Y de inmediato, convertido de un golpe en el hombre que tenía escondido dentro de mí desde que fui un niño arrimado, pensé “pero alguien tendría que matarlo”.


Aparte del libro Autogol, de Ricardo Silva Romero.

Alfaguara 2009.


 

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