Luis Guillermo llegó a una sede de Bienestar Familiar, en Ibagué, un par de semanas después de ese espantoso noviembre de 1985. El albergue seguramente estaba a reventar, repleto de niños sobrevivientes de la avalancha que dejó la erupción del volcán Nevado del Ruiz. Tenía 4 años y usaba una camisetica de rayas verdes y blancas, un overol de jean y unas botas texanas cafés. (Yo he corrido 1108 carreras por mi hijo)

Nunca en mi vida he ido a Armero. Vivíamos en Bogotá, con él y mis otros diez hijos en una pequeña casa cerca a la Escuela Militar de la calle 80. Teníamos vacas en un potrero cercano que hoy está completamente poblado. Después del colegio, todos los niños tenían que ayudar con el trabajo de la casa, y mientras unos arreaban las vacas, otros ordeñaban y otros vendían la leche. Por eso, ese día, como cualquier otro, mandamos a dos de los niños, uno grande y otro pequeño, a vigilar que al fondo del potrero todo estuviera bien. Luis Guillermo se quedó en el camino de ida jugando con canicas y de regreso su hermanito ya no lo encontró.

Antes de que empezara mi pesadilla, unas dos semanas atrás, habíamos visto aterrados en nuestro televisor en blanco y negro la tragedia que había ocurrido en el Tolima. Luis Guillermo preguntaba por Omaira, porque igual que todo el país, estaba realmente conmovido. Y después desapareció. (Yo me vestí de mujer para apoyar a mi hijo)

Empezamos a buscar como locos. Durante días, la policía nos ayudó, pero en ningún medio de comunicación logramos publicar algo, pues todo el país estaba pendiente de las noticias relacionadas con la toma del Palacio de Justicia y la avalancha. Prácticamente no recibimos atención de nadie. Y pasaron días, meses y años, y de Luis Guillermo no hubo más.

Siempre supe que estaba vivo, sin importar los cumpleaños que no le pude celebrar. Es algo que no logro explicar, pero uno simplemente sabe que su hijo está vivo. Nunca dejé de buscarlo, de mirar las caras de los niños, adolescentes y después de los adultos en la calle. Nunca dejé de imaginarme cómo luciría con los años.

Y por fin llegó ese día que siempre había esperado. Hace dos años, mi hija Janeth veía el noticiero de RCN cuando escuchó a un joven holandés llamado Gui Raaijmaakers que decía desde la pantalla que sus padres le habían contado que era adoptado, que era un sobreviviente de la avalancha de Armero y que de niño decía que su papá se llamaba Guillermo. Él había conseguido los expedientes de Bienestar Familiar y tenían una foto con la misma ropa con la que lo vestimos por última vez. Ella inmediatamente supo que era él. Grabaron la noticia y me llamaron. Yo estaba en la calle vendiendo lotería, y no le creí; además, la confusión era más grande con el ruido de los carros. Lo que pasa es que uno aprende a no crearse falsas esperanzas, porque no quiere sufrir más. (Yo le doné un riñón a mi hijo)

Janeth estaba convencida de que ese era Luis Guillermo. Llamó a la Fundación Armando Armero y contó nuestra versión. Francisco González, el director, no podía creer lo que oía. Si había existido el caso de un niño perdido, o seguramente robado, que habían llevado hasta Ibagué para hacer pasar como sobreviviente de Armero y darlo en adopción a extranjeros, seguro había muchos más. Lo más preocupante del asunto es que probablemente había intereses económicos en el medio, porque si no, ¿por qué lo habrían llevado hasta el Tolima?

Entonces en la Fundación dijeron que debían hacernos prueba de ADN, pues, desafortunadamente, Gui ya se había reunido antes con otra familia colombiana que no era la de él. Lo supieron cuando las pruebas dieron negativas y ya el apego emocional se había hecho fuerte. Por eso, para cuidarlo, me llevaron al Instituto de Genética del doctor Emilio Yunis y me tomaron muestras. Tres días después recibí otra increíble llamada; las pruebas eran positivas. (Yo hipotequé la casa para impulsar la carrera de mi hijo)

Gui tiene ahora 32 años y creció como si lo hubieran alimentado con algo diferente a lo que comemos aquí. Es ingeniero de sistemas y tiene otros dos hermanos, uno de ellos también adoptado. Desde que terminó esta pesadilla, ha venido a visitarnos dos veces a Colombia. El sigue con su vida allá y lo entiendo perfectamente. La familia que lo acogió le ha dado afecto y protección, y estoy contento por eso. Mis condiciones económicas acá no se comparan. Pero vivo feliz de saber que está bien. Y por fin, en abril del año pasado, logramos celebrarle en una misma fiesta los 27 años que nos perdimos. Nada en este mundo iguala la mezcla de sentimientos de tenerlo de regreso, el dolor absoluto por pensar en habernos separado tantos años y la felicidad más grande de enseñarle a cantar en español la canción del cumpleaños feliz.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.