Fue la puerta de un banco la que me convenció de acabar con los 50 kilos extras de barriga, coto y cachetes. Era una de esas puertas de seguridad que lo encierran a uno cinco segundos para escanearlo y medir la cantidad de metal que lleva encima; había ido a pagar mi tarjeta de crédito, pero tuve que huir víctima de un ataque de vergüenza cuando la puerta me advirtió en un volumen como para que todos en la sucursal escucharan: "Por favor, entren de a uno".

Antes del incidente había intentado de todo para disminuir los 130 kilos que cargaba (la dieta del atún, unos masajes que parecían de la Inquisición, media hora de escaladora diaria, la dieta de la alcachofa y hasta un guarapo de piña fermentada que me dejó hipermétrope), pero tarde o temprano todos los métodos milagrosos mostraban su otra cara y yo terminaba por recuperar con intereses los cinco kilos que había perdido.

Claro que siempre conseguía convencerme de que no importaba, porque todos los gordos tenemos un talento para persuadir al mundo de que lo nuestro no es un problema sino una virtud: somos más fuertes, nos divertimos más, nadie nos olvida. Y lo extraño es que casi a todos los que conocí aceptaron esos argumentos, porque para cualquiera es más sencillo decirle a alguien que pesa 50 kilos más que ellos que es muy simpático, a explicarle que si no baja la panza le va a dar un infarto.

Mi excusa era la mejor: para un comediante como yo es más sencillo hacer reír siendo gordo; basta con que salga al escenario a hacer tres pasos de ballet para garantizar cuatro ahogamientos por risa y una ovación de pie con tres salidas a saludar.

No obstante, la vida de gordo está llena de detalles cuya suma se convierte en un martirio: en los ascensores todos ojean la capacidad máxima antes de mirarlo a uno con reproche, en los parqueaderos siempre terminaba polichando con la chaqueta el carro propio y el del vecino, cada vez que algún amigo se metía en una pelea callejera me llamaba en la madrugada a pedir respaldo, si veía televisión por más de dos horas se me adormecía el lado del cuerpo sobre el que estaba apoyado, odiaba ir a Cinemanía porque pensaba que las sillas eran para modelos anoréxicas, podía comerme una totuma de manjar blanco en media hora pero debía guardarla vacía en la parte alta de la alacena para que pareciera llena y nadie me regañara, lograba sacarle turupes a un colchón de un millón de pesos en 15 días y absolutamente todas las personas que conocí creyeron ser los primeros en hacer el chiste de acariciarme la barriga mientras repetían como idiotas: "Buda… dame plata…".

Mi rechonchez se convirtió en prueba superada gracias a un bypass gástrico (que me hizo Enrique Chaux, el mismo que operó a Maradona), que costó 16 millones de pesos y en el que me cortaron casi el 80% del estómago y una porción del intestino delgado (siempre que cuento eso me antojo de chunchullo). De manera que ahora como el 20% de lo que me embutía antes, y además proceso menos, porque tengo embolatado casi un metro de intestino delgado.

Acostumbrar la cabeza a que ya no es necesario despachar media vaca para quedar lleno es lo más complicado. Tras seis meses vomitando casi todo lo que comía, logré cogerle el tiro (abuelita, cuando me paraba de la mesa al baño no era para lavarme las manos) y aprendí que no soporto el pan blando ni el arroz, y que la carne roja me cuesta un jurgo.

Pero lo más raro es que la mayor resistencia a mi pérdida de peso vino de mis amigos y de los pocos fanáticos que había cosechado como comediante.

En Facebook se abrió el grupo "Preferíamos a Diego Camargo cuando era gordo" que llegó a tener más miembros que yo contactos; muchos dejaron de asistir a mis shows porque ya no bailaba ballet, y mis amigos de cuando era gordo creyeron que estaba muriendo de disentería.

A lo largo de dos años y medio cambié mi vida para redescubrirme; cambié todo el closet (la ropa vieja la doné a la Cruz Roja y creo que les sirvió para hacer muchas carpas), compré zapatos nuevos (antes calzaba 45, hoy, 43) y tuve que cambiar el caminado (la fuerza con la que daba brazadas me estaba dislocando los hombros).

Hoy todo es distinto. Un nuevo ejército de seguidores no sospecha de mi rollizo pasado; volví a verme al espejo sin suspirar, tengo 75% menos de probabilidades de sufrir un infarto, subo los 12 pisos que separan el parqueadero de mi apartamento sin ahogarme, me lleno con una entrada de caracoles de Balzac y la semana pasada fui feliz porque intenté comprar un pantalón y todos eran de tallas más grandes.

Muchos de los que eran mis amigos antes de la operación no me reconocen en la calle, de manera que me he podido dar el lujo de filtrar a mis viejas amistades para quedarme con las más chéveres sin tener que quedar como un pesado (de hecho, ya nadie me puede acusar de pesado).

Solo me hacía falta una cosa.

Justo antes de escribir este artículo fui a pagar mi tarjeta de crédito para cumplir con la vieja cita de la puerta, que me dejó pasar sin problema. Entré al banco con una sonrisa de náufrago rescatado que nadie entendió. Había cerrado el ciclo. Ahora solo tengo que esperar entre tres y cuatro meses para que me saquen de Datacrédito por la mora de dos años y medio en el pago de manejos de mi tarjeta de crédito.

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