Conocía a Edwin desde pelao. Le decíamos ‘el Molino‘ y tendría hoy 23 años. Nos hicimos bien amigos en el 2002, porque él vivía en el mismo barrio que yo. Desde 1999, Edwin acompañaba a donde fuera al equipo de nuestros amores, al Club Atlético Nacional, además porque representaba a la filial de la hinchada de Bogotá. Yo me le empecé a pegar a todos los viajes, y comenzamos a integrarnos como barristas. Hicimos proyectos como la ‘Navidad verdola‘ e ‘Hinchas de paz‘, que consistían en ayudar a la gente con trabajo y estudio, a los niños pobres, y por supuesto seguir al equipo a todos lados. Edwin, como persona, era el más caballero; como amigo, el mejor parcero, y como barrista, el más dedicado. Fundó la barra los ‘verdrogos‘ y era el líder de todos sus amigos.

En el 2006 le dispararon, sobrevivió, pero quedó en silla de ruedas. Ni siquiera esa incapacidad impidió que siguiera apoyando al equipo. Nos fuimos para Armenia a alentar al campeón, y armamos excursión hasta allá y él se le midió de una. Alcanzó a viajar varias veces antes de morir el 2 de marzo de 2007, de un paro cardiorrespiratorio. Lo velamos con la familia en el Apogeo de la Primero de Mayo con Boyacá. Yo me acordé que él había dicho que si se moría, quería que lleváramos sus cenizas al Atanasio Girardot en Medellín. El hermano y yo le preguntamos a la mamá si podíamos cumplir ese sueño, y ella dijo que sí. El plan era regar las cenizas cuando Nacional saliera a la cancha. Entonces el 11 de marzo arrancamos para Medellín en bus. Llevamos las cenizas en un cajoncito con la foto de él y unas frases que le escribimos al socio que ahora alienta desde el cielo.

Le tuvimos que pedir permiso al líder de la barra, para que nos colaborara entrando las cenizas sin problema. Ya estando adentro de la tribuna sur del Atanasio, fuimos con el líder de la barra al lugar donde sale toda la banda con bombos, redoblantes y trompetas, cuando hacen la previa para alentar los 90 minutos del partido. Salimos cantando una canción para los parceros que ya no estaban y fuimos hasta bajas para corear el comienzo del partido. Cuando salió el equipo regué la mitad de las cenizas en la tribuna y luego en la gramilla. Sentí algo muy raro. Me pasó un escalofrío por todo el cuerpo y me puse muy triste por el parcero. A él le gustaba salir cuando empezaba la instrumental con toda la pesada a cantar como en un carnaval. Todos en la barra empezaron a cantar "Edwin, Edwin Kolino, los parceros jamás te olvidarán". Esa pérdida me dio muy duro, porque con él compartí momentos bacanos, con él iba de gira apoyando al club sin importar fronteras ni ciudades. Hoy me gusta saber que hicimos posible ese último sueño de mi amigo.

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