Odio la vejez. No a los viejos, sino la vejez. La mía, no la de los demás, que casi siempre mueve a compasión.
Quienes tienen más edad que yo no me perdonarán que me instale tan impunemente en la tercera edad. Cumpliré, cuando sobrevengan otra vez los idus de marzo, 58 años. Entonces me faltarán dos años para merecer el infamante
rótulo de sexagenario.
El primer síntoma de la vejez es acomodar la fecha de su inauguración. "La vida comienza a los 50 años", y todas esas pendejadas. Norberto Bobbio, quien tiene nombre como de viejo bobo, escribió un libro revelador: no había duda de que estaba cansado, es decir, envejecido, cuando lo hizo. Bobbio tenía la ilusión de que un hombre de sesenta años solo es viejo en sentido burocrático y añadió con mal disimulado candor: "Biológicamente, yo sitúo el comienzo de mi vejez en el umbral de los 80 años". ¡Ajá!
Yo tengo mis mañas para sorprender los síntomas de la vejez inminente, latente, inevitable. Por ejemplo, que se caigan los pelos de donde uno los necesita y en su defecto empiecen a crecer en lugares estúpidos. Uno debería ser medio calvo o calvo del todo sin necesidad de que los pelos se trasladen a las fosas nasales y a los oídos. Me asalta el temor de que empiecen a salir en la boca, por lo cual reviso mi encía, paladar y lengua a diario frente al espejo.
Otra alerta es el cambio de hábitos al hacer una maleta de viaje. Antes escogía cuidadosamente las prendas de vestir, ahora realizo un minucioso inventario, un verdadero vademécum, en el cual aparecen las medicinas que el boticario de la esquina, los amigos y el médico han ido sugiriéndonos. Tengo hasta una cartera especial en cuya tapa dispongo anotaciones casi crípticas sobre la posología indispensable.
El tamaño de esa ingesta, quién sabe si más peligrosa que nuestras deficiencias, reales o ficticias, se revela en toda su inquietante dimensión cuando visitamos al médico, casi siempre literalmente a rastras de un paciente compasivo. El otro día, por ejemplo, fui a consultar un dolor cuya ‘clínica‘ delataba acumulación de ácido úrico en partes inconvenientes de nuestra geografía. No se necesitaba ser médico para saber que ese dolor exquisito, fino, agudo, no podía ser sino de ácido úrico.
Hasta aquí no hay problemas, de hecho conozco tipos de 25 años con vicisitudes peores. La diferencia es que a estas edades ningún médico desaprovecha la oportunidad de explorar cualquier cosa, así no acuse ningún síntoma de estar estropeada. El médico supone que tú lo estás, así esa condición sea todavía inédita. En otras palabras, si usted no está jodido, no tiene nada de que alegrarse: falta poco para que lo esté.
Por supuesto, el discurso es amigable: se trata de garantizarte la mejor calidad de vida posible. Algo así como las políticas preventivas de Bush en donde hay petróleo disfrazado de armas de destrucción masiva. Yo escucho respetuosamente al amigo médico, pero sin olvidar que veinte años antes la cita médica habría concluido con una receta de abundante Urocuad para atajar el ácido úrico.
Para un sexagenario, la cosa apenas comienza. Hay que hacerse una densimetría de los huesos, a fin de establecer cuánto comején hay instalado allí. Y una resonancia magnética para una instantánea de casi todo lo que hay detrás de la piel. Y una medición del antígeno específico, a fin de evitar, en lo posible, tactos comprometedores. Y un seguimiento de colesteroles, triglicéridos, lípidos y glucosas. Y contar las plaquetas y glóbulos de todos los colores. Y chequear la presión, la tensión y el oxígeno en la sangre. Rastrear, en las turbiedades de la orina, cualquier vaina que resulte indeseable. Y revisar el calcio, y la vitamina C y D, cuando no todo el alfabeto. Y así.
El resultado es fascinante: usted no tiene nada, solo está viejo, lo que amerita un complicado recetario que incluye: urucuad, colchimedio, coozar, betaloc, aspirina, ácido fólico, calcittrol, calcio, complejo B, omega 3, multivitamínico, ozaprenol, xenical, neubón. Eso si no tiene gripe u otros virus y si el haber abandonado la posición de misionero durante el último polvo no le está recordando que su espalda no está para esos contorsionismos peligrosos, en cuyo caso es preciso agregar antiestamínicos, analgésicos, pomadas y desinflamantes.
Pero lo más inquietante es comprobar que, aun antes de poner el primer pie en la era sexagenaria, nos hemos quedado sin referentes conceptuales. No tanto, digo yo, por esa tan simétrica y diabólica destrucción de neuronas y sueños que ya padecemos, sino porque las claves de nuestra propia identidad generacional parecen milenarias.
En 1960, para escoger una frontera cualquiera, quienes estábamos bordeando los 15 años nos regodeábamos en la impresión de que el mundo estaba a punto de ser reinventado. Ya habíamos logrado prescindir de Churchill y de Stalin y estábamos a punto de hacer lo mismo con los 84 años de Adenauer, los 70 de Eisenhower, los 69 de De Gaulle.
De otra parte Lumumba, el Che, Fidel y Ho Chi-Minh eran ya un póster. Las faldas habían quedado reducidas a trapito que superaba mezquinamente la línea de la cadera y el número 5 de Chanel podía untarse hasta en aquellas piernas desnudas. Marilyn era una mentira idealizada por el misterio de su muerte y un retrato de Smith. Warhol era una lata de sopa, Liechtenstein un cómic mal reticulado y Jones una bandera. La píldora y la penicilina abrían avenida al sexo libre mientras los semiconductores y la memoria prodigiosa del primer chip inauguraban la era electrónica. Alguien había ido hasta la luna, el L.S.D. parecía una posibilidad de escapar de verdad, la iglesia
-con Juan XXIII- lucía capaz de cancelar sus propios infiernos.
Habían prohibido prohibir desde las barricadas de París y el mandato de hacer el amor y no la guerra sugería que los pronósticos de que Nixon y Reagan serían presidentes eran un mal presagio fácil de evadir. En
Varsovia, en Berlín, en México, estudiantes y obreros regustaban en un sueño libertario que no presagiaba ninguna pesadilla.
Marcuso parecía un filosofo y no un agente de la CIA, Althuser no había asesinado a nadie, la guerra del Vietnam la ganaban los ofendidos. Nada nunca había parecido tan prometedor, ni tan definitivo.
Pero hoy eso parece que hubiese ocurrido hace mil años. Recuerdos de otra edad media. No solo porque los sueños se estropearon, sino porque después, con los desarrollos de la física cuántica, el big-bang, los agujeros negros, el genoma, las ciencias neurológicas, la teoría de las cuerdas y la conexión de miles de millones de ordenadores en paralelo, ya no quedaba nada de que aferrarse ante el vértigo.
Internet, por ejemplo, tiene apenas diez años de vida, es decir que nació cuando nosotros estábamos prontos a alcanzar el primer chorizo del gran billar de la vida. Inútil pretender que entendemos lo que ocurrirá con esa cosa. De hecho, los que tenían solo diez años entonces lo entienden menos. Imaginan que es para ‘navegar‘. Nosotros, repitiendo las mismas pendejadas que leímos, escuchamos y dijimos sobre la imprenta, la locomotora, el avión, la televisión, el teléfono, no hemos sido capaces sino de reincidir en el pronóstico de nuevas épocas. Y le hemos atribuido a internet las mismas expectativas de globalización de aldea que a inventos más viejos.
Como los ordenadores no son un cerebro, como sin ningún esfuerzo explicativo se pretende, está pasando lo de siempre: que el mundo sigue igual de faccioso, fragmentado, tribal y estúpido que de costumbre. Un gorila de silicona está en el trono de California para recordarnos que todo sigue como antes. O peor.
Quien no se sienta viejo con tanta pastilla entre pecho y espalda, con espaldas cada vez más remisas a los ajetreos más prometedores, con tanta promesa falsa, con un mundo repleto de yupis y economistas ignorantes; un mundo, además, en que Kant, Hegel, Marx, Freud, Sartre, Darwin, Einstein parecen estúpidos, en que no se salvan tampoco Heidegger, Lyotard, Benjamin, Foucault, Adorno, Habermas, Braudillard, Derrida, Hawking y todo el último post; quien, repito, no se sienta viejo es porque simplemente se está haciendo el pendejo. Lo que quiero decir es que lo que la ciencia ha logrado prolongar no es la vida sino la vejez. Los griegos sabían que quien no muere joven lo merece. El día, si llega, del sexagenio, haré un ritual diabólico en la Tertulia de los Martes: destruiré y quemaré un ordenador. Una protesta desesperada e inútil contra la pretensión de que seamos, no solo viejos, sino idénticos a ellos. Odio todo eso, tal vez solo eso.

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