Resulta curiosa la forma en que ciertas casualidades pueden tener un efecto tan magnánimo en nuestras vidas. Yo, por ejemplo, nací con un lunar o lo que otros llaman una mancha de nacimiento sobre la córnea de mi ojo derecho. No habría tenido ninguna relevancia si no hubiera sido porque la mácula en cuestión estaba en pleno centro del iris, es decir justo sobre la pupila por la que debe entrar la luz hasta el fondo del cerebro. En esa época, no se practicaban aún los transplantes de córnea en niños recién nacidos: el lunar estaba condenado a permanecer ahí durante varios años. La obstrucción de la pupila favoreció el desarrollo paulatino de una catarata, de la misma manera en que un túnel sin ventilación se va llenando de moho. El único consuelo que los médicos pudieron darles a mis padres en aquel momento fue la espera. Seguramente, cuando su hija terminara de crecer, la medicina habría avanzado lo suficiente para ofrecer la solución que en aquel entonces les faltaba. Mientras tanto, les aconsejaron someterme a una serie de ejercicios para desarrollar, en la medida de lo posible, el ojo deficiente. Esto se hacía con movimientos oculares semejantes a los que propone Aldus Huxley en El arte de ver pero también —y esto es lo que más recuerdo— por medio de un parche que me cubría el ojo derecho durante la mitad del día. Se trataba de un parche de tela con las orillas adhesivas como una calcomanía. Cubría desde la parte superior del párpado hasta el principio del pómulo y era de color carne. A primera vista, daba la impresión de que en lugar de ojo solo tenía una superficie lisa. Con ese parche yo debía ir a la escuela, reconocer a mi maestra y las formas de mis útiles escolares, volver a casa, comer y jugar durante una parte de la tarde. Alrededor de las cinco, alguien se acercaba a mí para avisarme que era hora de desprenderlo y devolverme así al mundo de la claridad y de las formas nítidas. Los objetos y la gente con los que me había relacionado hasta ese momento aparecían de una forma distinta. Podía ver a la distancia y deslumbrarme con la copa de los árboles y la infinidad de hojas que la constituía, el contorno de las nubes en el cielo, el trazado tan preciso de mis huellas digitales. Mi vida se dividía así entre dos clases de universo: el matinal, conformado sobre todo de sonidos y estímulos olfativos, pero también de colores nebulosos; y el vespertino, siempre liberador y a la vez desconcertante.

El parche me causaba una sensación opresiva y de injusticia. Era difícil aceptar que me lo pusieran cada mañana y que no había escondite o llanto que pudiera liberarme de aquel suplicio. Creo que no hubo un solo día en que no me resistiera. Habría sido tan fácil esperar a que me dejaran en la puerta de la escuela para quitármelo de un tirón, con el mismo gesto despreocupado con el que solía arrancarme las costras de las rodillas. Sin embargo, una vez colocado, por una razón que aún no logro comprender, nunca intenté desprenderlo.

El colegio era, en esas circunstancias, un lugar aún más inhóspito de lo que son normalmente esas instituciones. Veía poco, pero lo suficiente como para saber exactamente cómo moverme dentro de aquel laberinto de pasillos, bardas y jardines. Me gustaba subir a los árboles, mi sentido del tacto superdesarrollado me permitía distinguir con facilidad las ramas sólidas de las enclenques y saber en qué grietas del tronco se insertaba mejor el zapato. El problema no venía del espacio, sino de los demás niños. Ellos y yo sabíamos que entre nosotros había varias diferencias y nos segregábamos mutuamente. Los niños querían saber qué había detrás del parche —debía ser algo aterrador para tener que cubrirlo— y, en cuanto me descuidaba, acercaban sus manitas llenas de tierra para intentando tocarlo. El derecho, el que sí podían ver, les causaba curiosidad y desconcierto. De adulta, en algunas ocasiones, ya sea en un consultorio o en un banco del parque, vuelvo a coincidir con uno de esos niños de parche en el ojo y reconozco en ellos esa misma inquietud tan característica de mi infancia. Para mí se trata de una inconformidad al peligro y la prueba de que tienen un gran instinto de supervivencia. Son inquietos porque no soportan la idea de que ese mundo nebuloso se les escape de las manos. Deben explorar, encontrar la manera de apropiarse de él. No había otros niños así en mi colegio, pero tenía compañeros con otro tipo de anormalidades. Recuerdo a una chica muy dulce que era paralítica, un enano, una rubia de labio leporino, un niño con leucemia que nos abandonó antes de terminar la primaria. Todos nosotros compartíamos la certeza de que no éramos como los demás y de que conocíamos mejor esta vida que aquella horda de inocentes que, en su corta existencia, aún no habían enfrentado ninguna desgracia.

Debo también a mi ojo derecho haber conocido de niña muchos países distintos en los que visitamos prestigiosos oftalmólogos. Quizás habría valido más la pena que mis padres ahorraran el dinero invertido en tantos viajes para su propia vejez. No me queda sino agradecerles conmovida sus esfuerzos, cuyo único resultado fue inculcarme el gusto por el nomadismo y por los descubrimientos geográficos.

Recuerdo muy bien el momento en que uno de los oftalmólogos anunció que podíamos dejar atrás el uso cotidiano del parche. Era una mañana de verano y hacía un sol radiante. Mis padres y yo salimos de la clínica tomados de la mano. Muy cerca de allí había un parque al que fuimos a pasear en busca de un helado, como la familia normal que seríamos —o al menos eso soñábamos— a partir de ese momento. Podíamos felicitarnos: habíamos ganado la batalla por resistencia. Por esa fecha, yo debía ir en segundo grado, empecé a adquirir el hábito de la lectura. Había empezado a leer un par de años atrás pero dado que ahora tenía acceso continuo al universo nítido al que pertenecían las letras y los dibujos de los libros infantiles, decidí aprovecharlo. El paso a la escritura se hizo naturalmente. En mis cuadernos a rayas, de forma francesa, escribía historias donde los protagonistas eran mis compañeros de clase que paseaban por países remotos en donde les sucedían toda clase de aventuras pero también calamidades horrendas si se portaban mal conmigo. La maestra no tardó en enterarse y les pedía a mis compañeros que formaran un círculo sobre el suelo para escuchar mis historias. Muchos años después, descubrí que existe un vínculo misterioso entre la literatura y la ceguera, que desde la antigüedad los mitos griegos representaban a los ciegos como grandes adivinos y rapsodas. Estoy convencida de que si escogí esta profesión fue en parte por esa casualidad que acompañó mi nacimiento hace más de treinta años. ¡Lo que puede provocar un lunar en una córnea! Mis personajes favoritos siguen siendo los que conforman el bando de los marginales.

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