No era fácil. Debían cumplirse, como siempre, demasiadas condiciones: queel avión que nos traía de Bogotá, donde habíamos participado del encuentro de Nuevos Cronistas de Indias, llegara puntual, que no lloviera a gritos, que mi hijo se acordara de llevar los abonos, que la Argentina durara un rato más, que el mundo no cayera sobre nuestras cabezas. No era fácil, además, porque la hora de llegada a Ezeiza me parecía demasiado próxima a la hora del partido, pero nos excitaba la posibilidad, la inminencia, y hablamos largo, todavía en el El Dorado, entre salchichas de Koller, de pelotas: es un gusto dibujar, con Juan Villoro, pelotas en el aire. Hasta última hora traté de convencerlo de que viéramos Boca-River juntos; Juan, indomable, se negaba a la seguridad de un asiento cómodo junto a un bostero conocido y prefirió verlo muy cerca de la Doce con un hincha de River: su afición al peligro, su gusto por la contradicción lo hacen más grande —así que, visiblemente, los tiene en dosis importantes.

—Te apuraste al pedo, pá. ¿No te dije que el partido empezaba a las cuatro?

Me lanzó cuando llegué, a modo de comité de recepción cálido y deferente, mi hijo también Juan: hay algo entrañablemente necio en toda adolescencia. Después de esa tremenda carrera internacional se me había hecho temprano: Juan Caparrós y yo nos compramos unos sándwiches y llegamos a la Bombonera casi vacía para ver el partido de reserva y, sobre todo, el milagro de cómo una caja de cemento gris tristón se transforma, en un par de horas, en uno de los lugares más calientes, más coloridos, más emotivos del planeta.

—Yo la verdad prefiero cogerme a una gashina.

Me dice uno de mis vecinos de platea.

—¿Qué?

—A River, boludo, a River Plate. Sí, a mí lo que más me gusta en la vida es cogerme a las gashinas.

Allá abajo, en la cancha, las dos camisetas ya se enfrentan, aunque sea de mentira. Es un partido inocuo, la reserva, y aún así ver el azul y amarillo frente al rojo y blanco produce un efecto inexplicable.

—A mí si me das a elegir entre una gashina y Angelina Jolie, ni en pedo me empomo a la boluda esa.

Hay algo en la combinación de esos colores: algo que actúa más allá de jerarquías y razones. En los últimos años he visto a Boca Juniors ganar Libertadores, Sudamericanas, Intercontinentales: nunca nada como un buen Boca-River. Quizá por eso, cuando estaba preparando mi libro Boquita y les pregunté a innumerables hinchas de Boca por su partido favorito, la mayoría me habló de aquel 3 a 0 a River. Era el año 2000: los dos años más brillantes del Boca de Bianchi estaban culminando. Pero aquella noche todo parecía complicado. Teníamos que ganarle a River para pasar a la final de la Libertadores y River tenía, como siempre, mucho mejor equipo —esa es la condición: a lo largo de la historia, siempre que se supuso que River tenía mejores jugadores, lo habitual, les ganamos; en cambio perdemos cuando vamos como favoritos. Aquella noche, por suerte, no lo éramos, pero cuando terminó el primer tiempo y seguíamos empatando cero a cero, lo peor estaba cerca: ser eliminados por los primos habría sido la humillación más cruel. Pero a mitad del segundo tiempo entró un gol de Riquelme, poco después un caño inolvidable de Riquelme —de espaldas y a Yepes—. Y después otro gol y, al final, el más famoso: el que terminó de consagrar a Palermo como ídolo de Boca. Martín Palermo volvía de una lesión de muchos meses y no iba a jugar pero, a unos minutos del final, Carlos Bianchi lo dejó entrar para la foto. Y fue entonces cuando recibió la pelota de espaldas, a unos diez metros del arco de River, rodeado de defensas. Palermo no es rápido, pero ese día era una estatua: con la agilidad de una momia enterrada empezó a pensar en darse vuelta y, mientras lo hacía, los defensores de River retrocedían aterrados; tardó una vida y, cuando consideró que ya estaba de frente al arco, mientras los de rojo y blanco seguían huyendo, sacó un tirito triste que se metió junto al palo del arquero. No fue un gol bonito, no fue un gol que definiera nada: fue ni más ni menos que la mejor puesta en escena de lo que los bosteros siempre queremos creer sobre nosotros y sobre ellos, las gashinas: que, aun en las peores condiciones, les ganamos por presencia, por "huevos" —y ellos corren.

—Me estaba acordando del gol de Palermo.

Le digo a Juan, mi hijo, sabiendo que nos entendemos: ese es "el gol de Palermo", que lleva hechos 180.

—Sí, no se puede creer lo gashinas que estuvieron las gashinas.

Y seguimos hablando de otros recuerdos vistos, y los que nos contaron. Charlamos, mientras se va acabando la reserva, y de pronto supongo que, para mí, ahí está la fuerza de ver estos colores sobre el verde: la síntesis de los cuarenta y cinco años que llevo riéndome, desde el día en que, a mis cinco, me contaron que un señor llamado Roma, arquero de Boca, se había adelantado dos pasos para atajarle un penal a un señor llamado Delem, delantero de River, y ganarles el campeonato del ‘62. Supongo que ese es el truco del fútbol, también: que estos once con estos colores son lo mismo —idealmente lo mismo— que los once del 62, o del 69, cuando dimos la vuelta olímpica en el gashinero, o del 78, cuando ganamos la primera Intercontinental, o del 81, cuando jugaba Diego, pienso, y dejo de pensar: ya entran los equipos a la cancha.

—Boca, mi buen amigo,/ esta campaña volveremo‘ a estar contigo./ Te alentaremo‘ de corazón,/ esta es la hinchada que te quiere ver campeón./ No me importa lo que digan,/ lo que digan los demás…

Es el momento de la nube de papeles, los gritos, los tremendos nervios: nosotros, los hinchas de Boca, la Doce, tenemos que cumplir con nuestro rol. Nunca pude saber —nunca podré— si realmente tenemos influencia en el partido: de hecho, se lo pregunté a muchos jugadores y ex jugadores de Boca y algunos me dijeron que sí, que con esta hinchada cambia todo, otros que no, que cuando estás adentro de la cancha qué te importa los que gritan afuera. No se sabe pero sí sabemos que, ahora, nos hemos convertido en parte fundamental del espectáculo. La cancha de Boca se termina de llenar, cada domingo, con buses y más buses de alemanes, brasileños, japoneses que no vienen a ver un buen partido sino a mirar la Bombonera: a nosotros. Y nosotros nos tomamos nuestro papel en serio: cada vez más, los cantos de la hinchada hablan de la hinchada. Cuando yo era chico le cantábamos al equipo, a los jugadores —que duraban cinco, diez, quince años en el club. Ahora, cuando un jugador que al cabo de dos o tres años no se vendió a Europa es un fracaso estrepitoso, nosotros, los hinchas, somos lo único que permanece y dura: Pasan los años,/ pasan los jugadores,/ la Doce está presente/ y no deja de alentar, dice uno de los cantos, sintetizándolo con mayor elegancia.

Así que nos esforzamos en ser los mejores, seguimos gritando, aportamos nuestras danzas —esta es la banda de los bosteros/ que está bailando de la cabeza,/ se mueve para acá,/ se mueve para allá—, los saltitos —el que no salta/ es una gashina— los movimientos raros y, cuando nos sale muy bien, nos aplaudimos: un aplauso cerrado. Hasta nos ponen, en estos días de simulacro, una pequeña hinchada visitante —nada, tres o cuatro mil ñatos— para que tengamos a quién insultar: para que hagan de punching ball. Ya sabemos que somos prescindibles, que somos necesarios: el fútbol actual no precisa del público para ganar dinero —que viene de la televisión y la publicidad—, pero nos necesita como escenografía para la tele: una cancha vacía queda fea.

Así que la llenamos y nos celebramos pero sabemos, en última instancia, que no somos nada: miles de nabos siguiendo enfebrecidos los caprichitos de un cuero inflado. Al que, de tanto en tanto, se le da por entrar entre tres palos: ahora, por ejemplo, y los palos son ajenos, y es delirio. Juan y yo nos abrazamos, saltamos, nos abrazamos con los desconocidos de alrededor, saltamos más, gritamos según el rito consagrado. El rito es igual cada domingo: cuando la pelota entra y sale, primero, el grito sagrado: el puro gooooooool, los brincos, los estrujes. Los sigue la voz de guerra sin floreos, tan primaria: Y dale, y dale,/ y dale Boca dale. Pero, después, enseguida, es para vos: Es para vos,/ es para vos,/ gashina puta/ la puta que te parió. Aun en el momento del más puro gozo —¿sobre todo en el momento del más puro gozo

—, los primos aparecen: como si ese gozo no estuviera completo si no se lo restregamos en la cara. Eso sucede cada vez, cada domingo, pero solo dos veces por año se lo podemos decir en serio, en la cara real: es para vos, gashina.

—Mirá, mirá, mirá, sacale una foto,/ se van al gashinero con el culo roto.

Cantamos, eufóricos: el partido ya se acaba, con rotundo uno a cero. Qué bello es ganar. Acabamos de ver un partido de fútbol espantoso, hecho de empujones, puntinazos, pelotazos al bulto, media chance de gol para River y una y media para Boca, una verdadera porquería, y estamos exultantes. Suelo creer que lo que me gusta del fútbol es una forma específica del placer estético: ciertos toques, pisadas, gambetas, pases que inventan el espacio adonde llegan. Un carajo: lo que vimos esta tarde fue a Palacio que no la mete, Palermo que no la para, Battaglia que no la juega, Riquelme tan cortito, y un gol, que hace toda la diferencia —y la felicidad, breve pero extrema, de millones.

Ganamos, y eso es lo que importa. Es curioso: nos hemos pasado buena parte del segundo tiempo esperando que ese tiempo se acabara. Uno no suele querer que se termine aquello que disfruta: esta tarde era lo único que nos importaba. Porque, días como hoy, Boca contra River, no vemos fútbol para mirar fútbol. Cuando salía de la cancha me cruzo con un amigo periodista deportivo, tremendo bostero clandestino —porque aquí los periodistas deportivos no pueden decir cuál es su equipo:

—Lo que pasa es que en la Argentina el partido no se juega el domingo sino el lunes.

Me dice, y me parece que es la mejor síntesis: se va a jugar en cada escuela, oficina, taller donde un bostero se va a reír de una gashina. Se viene una semana de placeres, así que nos damos un abrazo y nos reímos.

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