Una Smith que no era Wesson

El arma que le sirvió a Juan Roa Sierra, el 9 de abril de 1948, para cumplir con su propósito de matar a Jorge Eliécer Gaitán era más una colcha de retazos. Primero, no era Smith & Wesson, como pretendía hacer creer la ordinaria regrabación de la prestigiosa marca que alguno de los propietarios anteriores a Roa mandó a poner en el revólver. Ya fuera para ostentar o, lo más probable, para que un incauto comprador (¿acaso el propio Roa?) se tragara el cuento de que se trataba de un objeto fino y no de un ‘canario’ pobre y desvencijado. Segundo, si bien la capa de níquel con que fue recubierto tenía como fin que se viera más elegante, lo único que había conseguido era lo contrario. Y tercero, el gatillo era un tiro al aire porque estaba desgastado y a punto de partirse. Eso sin contar otras deficiencias, entre las que incluía problemas con la aguja percutora.

En realidad, el desempleado y lunático autor del magnicidio no podía pedir más por los 75 pesos que pagó por él (un billete de 50, dos de diez y uno de cinco de los de la época), en una cantina del barrio Santander. Operación hecha al descubierto 48 horas antes del crimen. En esa cita, Roa ni siquiera tuvo la oportunidad de hacer fuego. Los hermanos Luis Enrique y José Ignacio Rincón Pardo, vendedores del arma, se limitaron a hacer una burda demostración de un disparo que se incrustó en los muros del Cementerio del Sur. Roa dijo sí y los tres se fueron a cerrar la transacción con unas cervezas que él mismo invitó.

Ahí, en ese momento, a poco de ejecutar su plan suicida, Roa tenía ahora, aparte del odio feroz contra Gaitán, un falso revólver Smith & Wesson con la recámara vacía, tal cual los Rincón Pardo se lo habían entregado. Además de unos pocos billetes que le quedaban de un capital inicial de 200 pesos conseguidos a costa de su mamá, a quien había engañado diciéndole que los necesitaba para matricularse en una escuela de choferes en Facatativá.  

Comenzó a buscar los proyectiles. Una serie de carambolas, de las que también participaron los vendedores Rincón Pardo, lo pusieron en turno ante un tal Humberto Ibáñez. Ese sujeto, aparte de cobrarle seis pesos por diez cartuchos, le colaboró con poner cinco en el tambor. Tres terminaron haciendo blanco en Gaitán para dar a luz al Bogotazo, escupidos desde ese cacharro que tenía un número de serie, ese sí cierto: el 1946...1. Sí, 1946, el año en que Gaitán había perdido las elecciones presidenciales, esas mismas en las que su asesino, Juan Roa Sierra, votó por él, antes de convertirse en su enemigo y, después, en su victimario.

‘El Flaco’, un eslabón perdido

¿Quién fue ese otro hombre, supuestamente partícipe del crimen junto a Roa Sierra, que se convirtió en centro de atención y objeto de debate durante largos años en el caso Gaitán? Se le apodó ‘el Flaco’ y no fue poca la tinta que los periódicos de la época destinaron para hablar de César Bernal Cordobés, su nombre real. En él, o sobre él, terminaron por coincidir declaraciones de personas próximas a Gaitán y otras que, por mera coincidencia, resultaron testigos de excepción de lo que sucedió a la una y cinco de la tarde de aquel viernes trágico.

Y es que, tanto Cecilia González (secretaria de Gaitán), como el ascensorista del edificio Agustín Nieto (Pablo C. López), al igual que un transeúnte (Jorge A. Jiménez Higuera), vieron en diferentes momentos que Roa Sierra y Bernal Cordobés no eran extraños, sino que actuaban casi que de manera coordinada. La asistente de Gaitán tuvo que lidiar tanto con el uno como con el otro cuando ambos intentaron, en vano, que su jefe los recibiera en su despacho. López, el ascensorista, vio, minutos antes del atentado, cómo un hombre bajaba malhumorado del piso desde donde trabajaba el candidato presidencial. Era Roa, y Bernal Cordobés lo esperaba en la primera planta para hablar en voz baja.

Pero quien sí dijo a las autoridades haber visto algo más concreto fue Jiménez Higuera, que andaba en el lugar en el instante en que Gaitán estaba a punto de abandonar el edificio (número 14-55 de la carrera séptima), al lado de su copartidario Plinio Mendoza Neira y de varios amigos más.

Dijo Jiménez en su declaración: “El individuo (Bernal Cordobés) que estaba al costado sur le hizo una mención con la cabeza al que estaba al costado norte o derecho (Roa), como indicándole la salida del doctor Gaitán. En ese mismo instante, el individuo que estaba en el costado norte se hizo hacia la calle, pero siempre en el andén, y desde allí le hizo los disparos hacia el costado; el doctor Gaitán se tambaleó y cayó”.

 La pista del ‘Flaco’ se diluyó de la manera más curiosa. El tipo negó ante los investigadores conocer a Roa Sierra y juró sobre la tumba de Gaitán (en escena dramática en la que además de ponerse de rodillas, lloró sin consuelo) tener relación con el asesinato. Luego de intentar, en vano, lanzarse desde el piso quinto del entonces Palacio de Justicia, se le declaró loco y murió al poco tiempo luego de pasar por el frenocomio de Sibaté, llevándose consigo más de un secreto sobre el Bogotazo, entre ellos el más importante: ¿fue cómplice de Roa y de eventuales autores intelectuales del crimen de Gaitán?

La vértebra del jefe

“Las historias del 9 de abril me han acompañado siempre, pero el detonante de la novela fue una de las cosas más raras que me han pasado. Hace unos años conocí a un médico bogotano, hijo de un experto en ciencias forenses, que en 1960 se encargó de exhumar el cuerpo de Gaitán para hacerle una segunda autopsia. Por diversos caminos que se cuentan en la novela (aunque transformados como lo transforma todo la ficción), el médico rescató algunos objetos importantes que su padre había utilizado en su vida de profesor de ciencias forenses. Uno de esos objetos es la vértebra donde pegó una de las balas que mataron a Gaitán. Mi amigo la ha conservado y protegido durante décadas, la ha salvado de la desaparición, y un día me dio el inmenso privilegio de tenerla en mis manos. Hay gente a la cual esto no le dice nada, pero para mí fue una experiencia brutal. La novela nace en ese momento. Luego vinieron otras cosas, otras revelaciones igual de potentes, pero eso la novela lo cuenta mejor de lo que yo puedo contarlo aquí” (El Tiempo, 27 de noviembre de 2015).

Quien habla es el escritor Juan Gabriel Vásquez sobre su novela La forma de las ruinas y un hecho cierto y revelador, la exhumación del cuerpo del líder político inmolado. Sucedió el 6 de junio de 1960 cuando, por orden de un juez, Gaitán fue objeto de un análisis forense que tenía como primer propósito extraer el tercer proyectil disparado por Roa Sierra. El 9 de abril de 1948, los médicos legistas habían localizado solo dos balas en el cuerpo del político liberal. Lo que se quería hacer con la nueva diligencia en 1960 era rescatar ese trozo de metal que debía tener las mismas especificaciones de aquellos otros. Así sucedió, y con ello quedó confirmado que sí hubo una sola arma autora de los disparos que segaron la vida de Jorge Eliécer Gaitán, el revólver de 75 pesos de Juan Roa Sierra.

Un cuerpo y dos ataúdes  

Para quienes asistieron a la exhumación de Gaitán en el 60 hubo otras sorpresas. Una de ellas, el grado de conservación del cuerpo. “Se abrió la tumba —contó el jurista Luis Carlos Pérez, testigo y partícipe de la diligencia— y se rompieron las cajas de madera y metal. Salieron gases de embalsamiento y Gaitán apareció como dormido, con el color del bronce, crecido su cabello lacio y sin canas, cicatrizadas las heridas de las dos autopsias, flexibles los músculos del tronco y de las extremidades de los dedos, blandos los párpados, que fácilmente se levantaron  para  mostrar los ojos intactos con la mirada de quien despierta…”. ¿Por qué? Quizás, y esa fue la primera explicación que se trató de dar, el embalsamamiento al que se sometió el cadáver. Sin embargo, algo más llamó la atención: la caja de madera donde reposaba el cuerpo, envuelto en sábanas, había sido depositada en una urna metálica de 2,25 metros de largo, extensión mayor a lo acostumbrado. Esa, la urna de metal, podía de pronto ser otra causa de la momificación del cadáver.

Lo que resulta casi inédito es el camino que siguieron los dos ataúdes antes de cumplir su tarea histórica: cuidar de los restos de uno de los colombianos más ilustres (y controvertidos) de la historia nacional. El de madera lo consiguió en el propio centro de Bogotá su amigo Pedro Eliseo Cruz, médico y testigo del magnicidio (era parte del grupo de personas que iba a almorzar ese día con Gaitán). En la madrugada del 10 de abril de 1948, el propio Cruz se armó de valor para llevar el cuerpo sin vida de su amigo desde la Clínica Central (calle 12 con carrera cuarta) hasta el barrio Santa Teresita (calle 42 con carrera 15), a bordo de una zorra y con el caballo como escudo, en medio del fuego de los incendios y del acecho de los francotiradores y de tropas del Ejército, que primero disparaban y luego preguntaban. El de metal fue heredado, por una suma de casualidades, de una ciudadana colombiana que había muerto en Nueva York años antes y quiso ser repatriada por sus deudos. Cuando la caja llegó a Bogotá, según contó el maestro de la crónica Felipe González Toledo, no cupo en la cripta dispuesta por el cementerio y por ello, tras hacerse el necesario cambio de ataúd, la caja de metal quedó a la espera de quien la pudiera requerir más adelante. Fue Jorge Eliécer Gaitán. Y de ella volvieron a echar mano tras la exhumación, cuando se decidió guardar en su seno, y esta vez para siempre, los restos del hombre que quiso ser un pueblo.

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