Era diciembre de 1963. Como cofundador de la Universidad de los Andes, yo había intervenido decisivamente en la invitación que esta le hizo a Jorge Luis Borges para entregarle el doctorado Honoris Causa. Lo había atendido a él y a su madre, doña Leonor Acevedo, con Gloria, mi esposa, en todos los momentos. Me acompañaron a la inauguración del nuevo transmisor de 10 kilovatios de la emisora HJCK, los llevé a mi casa, los visité diariamente en su hotel, lo invité a formar parte de las Colecciones Literarias HJCK cuando hasta el momento los únicos participantes habían sido poetas colombianos; lo entrevisté extensamente en un diálogo que considero una joya de nuestros archivos. Estos antecedentes explican la calidez de nuestra amistad que justificó la confianza que tenía Borges en mí como lo demuestra el relato que voy hacer a los lectores de SoHo:

“Doctor —me dijo Lucila, mi empleada doméstica de toda una vida—, lo necesita en el teléfono con urgencia un señor Borja o Borges, no le entendí bien”.
Pasé al teléfono. Escuché una voz cansada con acento argentino. No reconocí la voz de Borges, pensé que era un amigo que me molestaba por mi amistad con Borges.
—Por qué no llamas más bien a tu santa madrecita y me dejas almorzar tranquilo…
—Álvaro, habla realmente con Jorge Luis Borges. Lo necesito con enorme urgencia. ¿A qué distancia está de mi hotel?
—Estoy en mi casa, Borges. ¿Qué le pasa, lo noto angustiado. 
—Dígame, ¿en minutos cuánto se demora en llegar a mi hotel? 
—Mi casa está en la calle 85 y su hotel en la calle 16.
—No hablemos más, véngase lo más rápido que le sea posible.
Volé a mi automóvil. Le dije a mi conductor, Macario: “Debemos irnos al Hotel Continental lo más rápido que nos sea posible”. Y luego continué hablando conmigo mismo. “¿Qué diablos le estará pasando a Borges, lo estarán atracando, pero me dijo que estaba solo”. Hice toda clase de conjeturas y no me contesté satisfactoriamente ninguna. Veinte minutos después llegué acezando al quinto piso del Hotel Continental. Toqué la puerta de la habitación de Borges. Me abrió de inmediato. Estaba en mangas de camisa, demudado.
—Borges, ¿qué le pasa? ¿En qué puedo servirle?
—Álvaro, ¡me pasa que estoy enamorado! Usted sabe que yo le dicto absolutamente todo a mi madre, pero este poema no se lo puedo dictar a ella. Por eso se lo voy a dictar a usted, aprovechando que ha salido por algunos minutos a comprar unos dólares porque mañana viajamos. —Yo, en mi sorpresa, debí estar haciendo una cara de imbécil. Borges agregó—: Le he escrito el poema a una mujer de Buenos Aires que mi madre detesta. No se la puedo nombrar… Por eso me he atrevido a molestarlo. Comencemos. 
Y me señaló el escritorillo del hotel donde ya me tenía listo el papel: 
 Elegía

Oh destino el de Borges,
haber navegado por los diversos mares del mundo
o por el único y solitario mar de nombres diversos,
haber sido parte de Edimburgo, de Zürich, de las dos Córdobas…
—Y Colombia no moja —interrumpí con impertinencia insoportable.
—Ponga Colombia —concedió Borges exasperado, y yo seguí escribiendo:
… de las dos Córdobas, de Colombia y de Texas, 
haber regresado, al cabo de cambiantes generaciones, 
a las antiguas tierras de su estirpe,
a Andalucía, a Portugal, y a aquellos condados
donde el sajón guerreó con el danés y mezclaron sus sangres,
haber errado por el rojo y tranquilo laberinto de Londres,
haber envejecido en tantos espejos,
haber buscado en vano la mirada de mármol de las estatuas,
haber examinado litografías, enciclopedias, atlas,
haber visto las cosas que ven los hombres,
la muerte, el torpe amanecer, la llanura
y las delicadas estrellas,
y no haber visto nada o casi nada
sino el rostro de una muchacha de Buenos Aires,
un rostro que no quiere que lo recuerde.
Oh destino de Borges, tal vez no más extraño que el tuyo.
Justamente en el momento en que Borges terminó su dictado, como si lo hubiéramos acordado, abrió abruptamente la puerta de la habitación doña Leonor Acevedo de Borges, quien me miró con aire sorprendido, a pesar de que ya me conocía. Pensé: “¡Sin duda los poetas enamorados hacen milagros!”. Borges se disculpó: “Álvaro sabe que viajamos mañana y ha tenido la amabilidad de venir a despedirnos”.
Doña Leonor dijo: “Olvidé servirte tu vaso de leche, aquí lo tienes. Tómatela ya”.
Yo arranqué el papel que había escrito de la libreta de apuntes del hotel y con muchas precauciones se lo pasé a Borges, aprovechando un momento de descuido de doña Leonor. Borges dobló el papel y lo introdujo en el bolsillo de su camisa. 
En la página 933 del voluminoso libro Obras Completas de Jorge Luis Borges aparece este poema con la siguiente nota escrita por mi mano: “Dictado a Álvaro Castaño en el Hotel Continental de Bogotá mientras mamá Borges cambiaba dólares en la esquina”.
Doy fe y aparece mi firma.
Este poema no es ni por asomo una de las mejores obras de Borges. Como todos los poemas con mujer al fondo, este es borroso, elusivo, pero de todos modos la mención a la “muchacha de Buenos Aires” impidió que Borges se lo dictara a su señora madre. El inmenso poeta vivió a una distancia sideral del amante. No supo tratar a la mujer. Fue un amante menesteroso y desdichado, enamoradizo, verboso, pero perdedor en el momento definitivo. Su obra no lo denota sino muy de vez en cuando, como en el desgarrador comienzo de su soneto a Buenos Aires, cuando confiesa:

Y la ciudad, ahora, es como un plano
de mis humillaciones y fracasos;
desde esa puerta he visto los ocasos
y ante ese mármol he aguardado en vano.
Y el sollozo final de este soneto:

No nos une el amor sino el espanto 
será por eso que la quiero tanto.
Las relaciones de Borges con Dios, con la eternidad, con la lluvia, con la muerte, “su largo comercio con la luna”, fueron mucho más netas que su trato con las mujeres. Manejó mejor el amor divino que “el otro que en las bocas arde”. Cuando asediaba a las mujeres sin el menor sentido de la circunstancia y del momento adecuado, recibía respuestas desconsoladoras. Es famosa la respuesta que le dio Estela Canto cuando le propuso matrimonio en el momento menos apropiado. “Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos”.
Estela explicaría: “No fui del todo sincera porque en realidad no quería a Borges”. Esta amarga confesión es una síntesis del infortunio de Borges con las mujeres, que llevó a su mucama de toda la vida, Epifanía Uveda de Robledo, a declarar a la revista Loft, hace diez años, que Borges había muerto virgen. 
La historia amorosa de Borges es una antología de fracasos: Haydée Lange, Cecilia Ingenieros, Elvira de Alvear, Estela Canto, Delfina Mitre, Ema Risso Platero, Susana Bombal, Marta Mosquera Eastman, Esther Zemboraín de Torres, Ulrike von Kûhlmann, Elsa Astete Millán y María Kodama, la última más eficaz como vigilante de los derechos editoriales de Borges que como esposa enamorada. 
En fin, dejémoslo tranquilo y dormido en su mausoleo de Ginebra.

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