La nevera de Fernando Botero está vacía. Me recibe en su apartamento de Bogotá y me dice que hasta para tomarnos un café es necesario pedirlo arriba, donde vive su hermano Juan David. Su empleada del servicio sale a cumplir esa tarea. Botero me explica que como viene muy de vez en cuando, nunca hay mercado: es la primera aproximación al tema del que aceptó hablar para esta edición de SoHo: de comida. Un tema del que es apenas justo conversar con el pintor que ha hecho de los “gordos” toda una revolución artística.

Hace dos años no visita Colombia, viene de su casa en Rionegro, Antioquia, y no oculta su molestia porque un nuevo edificio de apartamentos de fachada blanca, tan ajeno a la arquitectura bogotana, le quitó la vista que tenía desde su terraza en el barrio Rosales. En Nueva York, sobre Park Avenue, tiene un apartamento con vista a la ciudad. Allí compró también el de al lado para acomodarlo como lugar de trabajo. En Montecarlo, los ventanales del estudio que le cedió el príncipe Rainiero dan al puerto, a veleros de los millonarios del mundo. En París vive en la rue du Dragon y en Pietrasanta construyó su casa sobre una montaña, desde donde se ve el pueblo. Tiene un yate en el que también pinta y en el que recorre el Mediterráneo. Pero en Bogotá, las ventanas ya no le ofrecen la luz de otros años: la vista de su sala, que antes le ofrecía el abanico abierto de toda la ciudad, ahora se estrella contra ese edificio blanco que parece extraído de Miami.

Son casi las once de la mañana y me dice que desayunó un té y unas galletas. “Nunca desayuno mucho”, me dice, y me invita a seguir a la sala mientras se acomoda en el sofá de tal manera que yo quede más cerca de su oído izquierdo: “El otro me está fallando un poco”, se ríe. Será el único achaque de un hombre que se acerca a los 80 años, porque camina con rapidez, se mueve con facilidad, habla sin parar. Su amabilidad es proporcional a su fama. Para entrar un poco en el tema le digo que sé que uno de sus planes favoritos es comer. Y más si es en familia. En Pietrasanta, según escribió su hijo Juan Carlos en El arte de Fernando Botero, en sus comidas nunca falta vino tinto toscano como un Brunello di Montalcino, un Peppoli o un Marchesi Antinori. Visitan restaurantes como la Enoteca Marcucci, donde la especialidad de la casa es la bistecca alla fiorentina, “un jugoso corte de carne con la cruz del hueso en la mitad, asado a la brasa y aderezado con especias, limón y un chorrito de aceite de oliva”. Michel se llama el dueño. Pero también van a Gato Nero, donde no hay carta ni menú impresos. Ahí, Alessandro, el propietario, anuncia el plato del día: “Pappardelle alla lepre (la pasta ancha cocinada con trocitos de liebre) o la espesa sopa campesina llamada Ribollita. Botero y su familia también van en Pietrasanta a Da Sci, “atendido por doña Rosana”. El artista más famoso de Colombia es, también, un comensal exigente.

¿Qué tan presente está la comida en su obra?

Mucho. Yo he pintado varias naturalezas muertas que me permiten explorar con el color, principalmente. Desde siempre lo he hecho, me gustan. La comida es muy pictórica y me da una gran libertad de color. Puedo pintar una fruta del color que yo quiero o bizcochos populares que increíblemente tienen el color rojo, mientras que eso no pasa con la figura humana. En mi obra, la variedad y la fuerza de los colores es muy importante, y la comida me permite hacerlo.

¿Por qué en la historia del arte los bodegones son un tema recurrente? ¿Por qué tantos artistas caen en la tentación de pintarlos?

Es algo que viene desde siglos atrás. Hay un chiste muy común en el medio y es que generalmente los grandes clásicos del arte tienen cocina cruda, mientras que en la llamada “pintura popular”, la comida aparece cocinada. Desde el siglo XVI, principalmente, el bodegón tomó una gran fuerza, aunque desde la antigüedad hay antecedentes importantes.

¿Y usted ha pintado comida cocinada?

Claro que sí. Ahora se me vienen a la cabeza sopas. Hay sopas de colores extremos. He pintado de espinacas solo porque, en su momento, quería jugar con el color verde. Primero viene el color y luego viene una posible asociación que no sea contraria a la realidad. No voy a pintar una sopa de color morado, por decir algo.

Hablando de lo popular, como los bizcochos que menciona, también hubo un interés en personajes muy populares, algunos de condición humilde…

La verdad eso fue novedoso en su momento. Eso fue antes del pop art, que se inspiraba en las cosas pop de la vida. Sin hacer pop art, yo había hecho cosas audaces como Teresita la descuartizada: un italiano había descuartizado a una prostituta y se hablaba de eso y yo pinté un cuadro. En el año 58 pinté al doctor Matallana, que era un abogado que mataba viudas y luego se las llevaba para un páramo. Eran pinturas inspiradas en esas historias. Después hice lo de Ramón Hoyos, uno de los cuadros más grandes, un ciclista con la bandera colombiana en medio de un pelotón de competidores. En ese momento era muy original, era basarse en lo más popular.

¿Cómo pinta las frutas? ¿Las tiene que poner frente a usted o se las imagina?

Todo en mi obra es producto de la imaginación. El modelo frente al artista es una esclavitud y a mí lo que me interesa no es la representación de algo, sino una presentación. Pero en la historia del arte hay de todo. Cézanne y Van Gogh, por ejemplo, acudían a modelos; otros como Picasso, no.

Pero más de una persona le habrá pedido que la retrate…

Sí, mucha gente. Lo que pasa es que yo nunca he hecho un retrato que haya sido pagado. Yo he hecho retratos de mis hijos, y a veces por amistad. El propietario de la galería Marlborough es muy amigo mío y lo pinté con su familia. A un coleccionista en Nueva York que había comprado como 50 cuadros míos, le hice uno también. No soy retratista, me cuesta mucho trabajo mantener el parecido sin afectar el estilo. Siempre es muy difícil. Picasso hacía sus retratos de memoria. Giacometti decía irónicamente que los retratos de Picasso eran caricaturas al óleo.

¿Es muy complejo hacer de una pintura donde solo hay comida una gran obra?

Yo creo que hay bodegones que son grandes obras de arte. Esos cuadros encierran y recogen toda la calidad pictórica que un artista pueda tener. Hay pinturas donde no existe un personaje que genere distracción, ya sea imaginario o real, que absorba la atención del espectador. La presencia de un personaje cambia todo, especialmente por su mirada. Las pocas veces que he pintado a alguien le pido que cierre los ojos. Si cierra los ojos, yo lo veo como un todo; si tiene los ojos abiertos, la cantidad de atención que captura la mirada es muy grande. Pero cada momento de la historia asume esos problemas. Si uno ve bien, en el cubismo se hizo mucha naturaleza muerta, hay poco de retratos. El impresionismo tuvo retratos muy buenos, pero su tema era el paisaje. En el expresionismo abstracto hay grandes obras sin personajes.

¿Cuáles son las frutas que están más presentes en sus pinturas?

En América Latina, muchos pintores hemos usado la sandía por ese color tan llamativo, ya que en el arte europeo no se ve mucho esa fruta. En Europa se ven muchos melones, pero no se ven tantas sandías. A mí me gusta pintarlas por ese color fucsia tan imponente, pero he pintado varias frutas, manzanas, muchas naranjas, por ejemplo.

Precisamente, en el Museo Nacional de Bogotá hay una naranja enorme, pero que se ve “invadida” por un gusano. ¿Por qué decidió incluir un gusano ahí?

En muchos de mis cuadros hacía un esfuerzo muy serio y con ese tipo de gestos lo que quería era quitarle la trascendencia al asunto. Esa naranja es un muy buen ejemplo. Me encanta esa obra.

Su comienzo como artista no fue nada fácil tanto en Colombia como en el exterior. ¿Alguna vez en su vida le tocó pasar hambre?

He tenido la fortuna de vivir siempre del arte. No he tenido que hacer nada diferente y es lo que más agradezco. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años, y empecé porque un par de amigos hacían acuarelas. Yo los veía y esa fue mi iniciación. Cuando tenía 16 años estaba en el Salón de Pintores Antioqueños, ya había un deseo de hacer arte a esa edad. Vengo de una familia venida a menos, no había dinero, mi mamá era una viuda con tres hijos. Cuando me expulsaron del colegio, yo me pagaba el internado como ilustrador de un suplemento literario. Después hice mi primera exposición en Bogotá con 19 años, ahí me gané unos pesos y me pagué nueve meses de estadía en Tolú, a donde me fui a pintar. Luego volví a Bogotá y se vendió toda la exposición y me gané un premio de pintura que era como siete mil dólares de esa época y me fui a Madrid.

En ese sentido tuvo mucha suerte porque no todos los artistas que se van del país les va bien en el exterior…

Lo que pasa es que en Madrid, por ejemplo, yo pagaba un dólar diario por la comida y la dormida. En París fue igual. Y en Nueva York, mis cuadros eran tan baratos que eran irresistibles: los vendía a 200 dólares mientras que los de mi generación los vendían a 500. Yo sabía que era mejor vender barato a, por orgullo, solo vender carísimo cuando apenas éramos unos desconocidos. Por eso insisto en que yo viví de la pintura toda mi vida. Incluso alguna vez apliqué al Icetex y me negaron el préstamo.

Hablando de eso, por vender mucho desde siempre, hay quienes lo tildan de “comercial”, lo critican por vender y vender cada vez más, como si se tratara de una labor de mercadeo más que de un artista. ¿Qué opina al respecto?

La gente no entiende que no hay una diferencia entre ser comercial y tener éxito. Para no ir tan lejos, Picasso, Matisse, Chagall, muchos más, eran ricos, millonarios, pero ¿qué hacemos? ¿Acaso eso le quita mérito a su arte? A mí me dicen comercial, pero ¿de qué? Yo regalo cuadros, patrociné un premio de arte durante años, he regalado más de 400 obras a museos de Colombia. Si estuviera en el plan de amasar plata no regalaría nada. Tengo por convicción que el arte debe hablarle directamente al público. Mi obra es aceptada por gente que conoce y no conoce de arte. Hay gente que lo mira con el corazón y otros con la cabeza, y entonces me produce alegría que hay gente humilde que me dice que le gusta mucho mi trabajo, por ejemplo. Para hablar de cosas muy actuales, hace poco llegué a la Plaza de Toros de Bogotá y la gente me hizo una ovación, porque la gente entiende mi trabajo, es una comunicación masiva, directa. ¿Eso es ser comercial?

Usted es reconocido por sus ‘gordos’ pero, a la vez, cada vez que puede dice que nunca en su vida ha pintado un gordo. ¿Cuál es la verdad del asunto?

He tratado de explicar que esta deformación geométrica yo la aplico a todo lo que hago. Yo no pinto gordos, es un trabajo con el volumen lo que me interesa. El volumen ha sido muy importante en la historia del arte y yo también estudié en Florencia, que es la cuna del volumen y del espacio. Los florentinos fueron los que hicieron el descubrimiento del proceso sobre una superficie plana.

¿Es posible hablar de la primera pintura que realmente mostró esa exageración del volumen? ¿Existe? ¿La recuerda?

Yo hice una vez un boceto de una mandolina, y recuerdo que le puse un hueco muy chiquito al instrumento, y luego hice un óleo dentro de una estética semicubista (Mandolina sobre una silla). Llegar a limpiar esa idea me tomó años, hasta que me quitara de encima las influencias.

En La invención de una estética, Santiago Londoño dice sobre ese cuadro que es ahí donde usted empieza realmente a meterse en un estilo más personal, “definido por la búsqueda de la monumentalidad de los objetos” y menciona obras en las que, curiosamente, hay muchas frutas: “Naturaleza muerta (1957), que presenta una mandolina junto a una botella y dos peras, así como en Bodegón de azules (1958), Peras (acuarela, 1958). La búsqueda de la monumentalidad en la figura humana sería la siguiente tarea”. Visto así, ¿es en las frutas donde primero se ve el estilo que buscaba?

Tal vez. Lo único claro es que mi estilo no apareció de un momento a otro. Fue un coctel de muchas cosas. Es la experiencia de la vida, de niño, de todo lo que aprendí del arte y lo que había leído. Esa exposición de 1957 fue en la Unión Panamericana en Washington y ahí había obras que llevaban la idea de ese estilo. Cuadros con uvas, piñas, recuerdo ahora, y sí hubo un giro importante en esa muestra.

¿Encontrar ‘un estilo’, en su caso el trabajo con el volumen, ha sido su mayor preocupación como artista?

Sí. Insisto en que eso es lo que hace a un buen artista: el estilo. Yo estaba muy influenciado por el arte mexicano, todos los pintores de la época éramos muy mexicanistas, lo único que conocía era eso. Después tuve la suerte de encontrar un librito que explicaba muy breve y de manera poco profunda qué era el surrealismo, el dadaísmo, el cubismo, en fin, con algunas reproducciones. Eso me llevó a dejar de hacer esa pintura mexicanista cuando yo tenía como 19 años. En Tolú pinté unas figuras de la costa atlántica, me interesaba la plasticidad, mostrar la sexualidad. Pero luego me fui a Europa y ahí cambió todo. Recuerdo que en Barcelona vi pintores italianos y después, viendo el Museo del Prado en Madrid, me desperté a una realidad distinta.

¿Conoce en la actualidad a otros artistas que exageren el volumen como usted lo ha hecho?


No, la verdad no conozco. El único que hizo una pintura volumétrica muy importante fue Picasso en esa época que llaman ‘neoclásico’, en los años veinte, que trabajó en Roma en los ballets rusos. Unas obras muy bellas.

¿Alguna vez conoció a Giacometti, el artista que hacía lo contrario a usted, algo así como ‘adelgazar’ las figuras?

Nunca lo conocí.

¿Le gusta su obra?

Sí, me gusta. Admiro a todos los que tienen una coherencia con el estilo. Él es el opuesto de lo que yo hago y valoro esa precisión y esa claridad. Él pasó por el ensayo y error, pasó por el surrealismo, por el arte africano, en fin, por muchas cosas antes de llegar a ese estilo de Giacometti. Una vez vi una retrospectiva de Tàpies y era un pintor pésimo como figurativo, y de pronto se convirtió en el gran artista que es. Mondrian ensayó en lo figurativo y luego se encontró con lo que hoy es Mondrian. En mi caso tuve la suerte, desde los 27 años, de saber lo que quería sobre el arte.

Pero cómo hace para que ese estilo evolucione, que no se estanque y no se vuelva una repetición de lo mismo, que es lo que muchos críticos le reclaman a usted…

El estilo evoluciona necesariamente. Es una autocrítica permanente, el artista percibe esas pequeñeces pero sí hay una diferencia muy grande entre lo que pinté hace diez, veinte o treinta años atrás. Pero una cosa es evolucionar y otra cambiar. Yo siempre que me refiero al “gran arte”, me refiero a esa marca del estilo.

Hoy en día a muchos artistas no les interesa el estilo. Muchos le prestan más atención a una idea que a lo estético. En las bienales y exposiciones de ahora ya se ve de todo y el arte se salió del lienzo, es inevitable reconocer que el arte cambia, que evoluciona… ¿No le parece un tanto prepotente desconocer ese cambio?

Sí, eso está pasando, pero yo no comparto esa idea. Todo ese arte me dice poco, y creo que no hay un mensaje tan profundo, tan extraordinario, ni que hay tanto intelectual detrás de ese arte como lo pretenden mostrar. La historia del arte es la historia del estilo. El estilo es lo que separa a los niños de los hombres. Uno reconoce un Chagall, un Matisse, un Picasso. Tener estilo es comprometerse con una idea. Creo, sinceramente, que muchas cosas que se hacen hoy en día no valen la pena.

¿Ese tipo de arte con el que usted no está tan de acuerdo lo llevó a acabar con el Premio Botero?


El premio fue frustrante, a mí me pareció que nadie estaba contento. Si los jurados eran nacionales decían que el premio era de la rosca. Después los jurados internacionales daban premios a artistas desconocidos en Colombia y entonces también había críticas. Lo que ganaba no era bueno, el jurado premiaba cosas absurdas. Para mi gusto, era pésimo todo. Uno esperaba que esa plata sirviera para que el ganador se fuera a estudiar a Nueva York o a París, pero ninguno usó ese dinero para eso. Al final me aburrí de todo y decidí acabarlo. Durante cinco años apoyé el premio, que era mucha plata (100 millones de pesos), pero me cansé. Era tan malo lo que ganaba que la prueba es que hoy ninguno de esos artistas está haciendo algo importante.

De artistas colombianos de su generación, ¿a cuál admira?

El que más me gusta es Luis Caballero, tiene un estilo y una fuerza dramática muy grande.

¿Recuerda qué comía recién llegado a Nueva York antes de empezar a vender sus obras?

?Siempre buscaba lo más barato, pero también me preparaba unas tortillas y sopas que no valían nada. Al principio tomaba Flor de California, un vino baratísimo, o lo que fuera.

Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora sí puede comer lo que quiera. ¿A qué restaurantes va?

En Nueva York almuerzo casi siempre en Il Riccio o en Sant Ambroeus. La cena en Media Luna, Cipriani, Caravaggio, o Le Cirque cuando tengo invitados.

¿Y en París?

Prefiero siempre cenar en mi barrio. Frecuento la Brasserie Lipp, Le Recamier, Al Dente y Saint Louis en la rue du Dragon.

¿Come mucho por fuera de su casa?

Como por fuera todos los días de mi vida. La pintura es una profesión solitaria. No es que uno se sienta solo, sino que es solitario. Me encierro en mi estudio a trabajar y luego de jornadas largas, al final del día es agradable sentir el mundo, sentir la vida. Voy todos los días, incluso dos veces por día, a restaurantes.

Si sale todas las noches a comer, debe tener una vida social muy agitada…

No, para nada. Salgo a reuniones un par de veces por semana. Siempre tengo una cita con Sophia (su esposa) en el barrio en el que vivimos en París.

¿Con qué frecuencia hace comidas en sus apartamentos? ¿Le gusta?

Muy poco, máximo una vez al mes. Prefiero atender invitados en restaurantes. Incluso cuando me reúno con todos mis hijos y los nietos, que somos como 18 personas, es más práctico ir a un sitio a cenar.

Dice que sale mucho a comer, ¿también sale a cine, por ejemplo?

Poquísimo. Cuando acaba el día estoy cansado. Alquilo videos de películas de vez en cuando. En 30 años en París creo que solo he ido a cine una vez.

¿Va a conciertos?

Sí, me gusta mucho la música barroca. Me gustan mucho Vivaldi, Mozart…

¿A qué hora saca tiempo para leer periódicos?, ¿le gusta estar informado?

Todos los días prendo el computador por las mañanas y leo El Tiempo, veo lo que está pasando en Colombia, veo The New York Times, leo The Economist, el Herald Tribune, vivo muy al día. También revista Semana.

¿Y le gusta leer lo que los críticos de arte escriben sobre usted?

?No tengo tiempo de leer muchas de las cosas que salen. Si dicen algo malo de mí, no me mortifica. Tal vez en una época sí, pero hoy en día no. Siento que he tenido una aprobación que me satisface. He tenido suficiente éxito para vivir tranquilo con lo que pienso que fue mi esfuerzo de toda mi vida. Ningún artista ha hecho lo que yo hice en los Campos Elíseos de París. Soy el único pintor vivo que ha expuesto en el Hermitage, he estado con esculturas monumentales en la Plaza de la Signoria, en Park Avenue fui el primero en exponer ahí. He expuesto en 60 museos, ningún pintor vivo puede contar ese cuento.

El gremio de artistas tiene fama de envidioso. ¿Es posible tener amigos artistas? ¿Se ha sentado a comer con artistas de fama mundial?

Mis amigos artistas son artistas que han tenido éxito, como Roberto Matta o Manolo Valdés, de resto es muy difícil por la envidia, es cierto. Una novia mía era la room mate de la novia de De Kooning, por eso me tocó verlo y salimos a comer varias veces. No he tenido especial interés en conocer a los artistas. Sí tuve interés con Picasso. Con un amigo fuimos hasta el sur de Francia en una moto, en el año 53, a buscarlo donde él vivía. Llegamos al pueblito, preguntamos por su casa, tocamos a la puerta y salió el jardinero y nos preguntó que si teníamos cita, que él no recibía a nadie sin cita. Y había un café cerca y nos dijeron que Picasso iba cada rato y que a lo mejor ahí podíamos hablar con él. Nos quedamos dos días, fuimos al café todo el tiempo, y nunca se asomó por allá. Nunca lo vi. Pero tuve la oportunidad de conocer a Diego Rivera, a Klein, a Bacon.

¿Recuerda alguna cena en especial, no por lo que comió sino por los personajes que se sentaron a la mesa con usted?

Recuerdo que me impresionó mucho conocer al Che Guevara. Lo conocí en Nueva York en una comida cuando él era el embajador ante la ONU. Era una comida pequeña, en una mesa de ocho personas, y el tipo fue arrollador, fue un monólogo, un tipo de gran inteligencia, de una claridad absoluta. Me acuerdo que se puso feliz cuando le dije que yo era colombiano.

¿Recuerda alguna comida o un almuerzo con Gabriel García Márquez?

No soy amigo de García Márquez. Lo conozco, pero no lo considero mi amigo.

Cualquiera pensaría que son amigos…

Una cosa que me molesta de esto es que hay gente que piensa que yo me inspiré en García Márquez. En que mi obra tiene que ver con lo que él escribía, y nada es más falso que eso. Yo tenía una manera de expresarme diez años antes de que apareciera Cien años de soledad. Siempre le digo a la gente que mire mis libros, mis catálogos. Él me cae pesadísimo.

Yo personalmente no veo la relación directa entre su obra y la de García Márquez…

Pues hay gente que piensa que yo me inspiré en García Márquez. Como todo el mundo sabe, su escritura era muy norteamericana, muy Hemingway, durante los años previos a Cien años de soledad, que, según entiendo, fue publicada en 1967. Desde el 57 yo pintaba Boteros, pintaba mi mundo, toda esa realidad desproporcionada, exagerada, yo la había hecho antes. Pero bueno, como yo no me gané el Premio Nobel, ese es el problema.

¿En Bogotá tiene un restaurante favorito?

No conozco muchos, salgo muy poco cuando vengo.

Entre todas, ¿cuál es su comida favorita?

La comida francesa.

¿Un plato en especial?


La blanquette de veau (estofado de ternera) es excelente en variedad y una riqueza en el sabor.

¿Y cuál es la que menos le gusta?

Hace poco probé la comida en Hungría y solo espero no tener que comer nunca más el gulash.

Usted va todos los años a México. ¿Allí dónde come?

No me detengo en Ciudad de México. Voy, y sigo yendo, a un pueblo que se llama Zihuatanejo, que queda en el Pacífico, donde hay un hotel muy bueno que se llama El Tides. Ahí se come excelente, tiene tres restaurantes y sin salir del hotel.

¿Usted cocina?

Nunca tuve mucho tiempo para cocinar, pero los pintores tradicionalmente cocinan muy bien. Por ejemplo, Cézanne era un cocinero extraordinario. Hay varios platos en los restaurantes franceses que se llaman sopa Cézanne o tortilla Cézanne, etcétera. Él era amigo de todos los chefs.

¿Y qué le gusta tomar cuando come?

No sé comer sin vinos. Tomo un Bordeaux, los más suaves son de Saint Emilion.

¿Y desde cuándo los toma?

Yo no sabía nada de vinos. Cuando me monté en el barco que iba para Europa tenía 19 años y estaba lleno de fracasados italianos que venían de América del Sur. Recuerdo que en esa época uno tomaba el barco en Buenaventura. Ponían unos botellones de vino barato encima de las mesas y todos bebíamos. Y en Europa tomaba vino ordinario todo el tiempo, hasta en los peores momentos de economía más baja. Cuando estaba muy pobre, compraba mi galón, que se llamaba Flor de California, costaba como tres dólares.

Muchos escritores dicen que siempre terminan escribiendo sobre los mismos temas. ¿A un pintor le pasa lo mismo?

Hay artistas que prácticamente se especializaron en uno o dos temas. Por ejemplo, Toulouse-Lautrec hizo los burdeles de París y el circo. Monet trabajó 15 años de su vida en un tema que eran los estanques de su propiedad. A mí también me han apasionado principalmente unos temas como las corridas, el circo y la violencia, entre otras cosas.

Como coleccionista, ¿recuerda cuál fue la primera obra que compró?

Comencé en Nueva York y empecé con arte precolombino. Alcancé a tener como 50 piezas, pero con los divorcios eso se pierde. Después comencé con otro tipo de arte y así seguí.

¿Después de las donaciones que hizo a Colombia volvió a comprar arte?

No, no he vuelto a comprar, ya estoy muy viejo para comenzar de nuevo. Tenía 30 años cuando empecé a comprar y ya lo regalé todo. Ahora en las casas donde vivo tengo cuadros míos. Me siguen mandando catálogos de las subastas, pero hace 12 años que no compro nada.

¿Le gusta la fotografía?

Es un arte mecánico. No creo que haya una declaración de estilo como la pintura. Hay fotografías en las que no se ve la mano del artista. Hay excepciones como Annie Leibovitz. Pero una gran fotografía está lejos de un gran Picasso.

¿Le gusta el fútbol?

?No sé nada. Solo cuando llega el mundial veo uno que otro partido. Pero no sé de fútbol.

¿Qué come cuando está en su casa?

Lo mismo que comen mis cocineras pero, como decía antes, todos los días como por fuera. En mi yate tengo una cocinera que es china y prepara unos buenos platos orientales. Hace poco, en Medellín, en mi casa en Rionegro, comí bandeja paisa con un buen aguardiente.

¿Le gusta la comida colombiana?

Hay mucha harina, papa, yuca, cada vez que vengo a Bogotá me subo tres kilos. Es una comida rica, pero le falta variedad.

¿Puede tomar distancia y decir cuáles fueron sus obras más importantes?

Debo decir que yo no tengo un cuadro favorito, siempre que selecciono fotos para un libro trato de escoger unas pero son de todos los periodos de mi vida. Es difícil decirlo.

¿Cuál cree que ha sido el día más triste de su vida?

El día que murió mi hijo, Pedro, cuando tenía cuatro años (el único hijo de su matrimonio con Cecilia Zambrano, su segunda esposa. La primera fue Gloria Zea y hoy está casado con Sophia Vari). Fue el día más terrible. Yo iba con todos mis hijos en el carro, estaba de vacaciones en España, y llovía mucho. Había una subida y el tráfico estaba muy pesado, era entre Sevilla y Córdoba, y la calzada opuesta estaba vacía y venía un camión muy rápido y, de pronto, perdió el control y se vino dando vueltas y nos cayó encima y mató a mi hijo inmediatamente, de milagro no nos mató a todos. A todos nos causó heridas graves.

¿A usted qué le pasó?

Perdí una falange del meñique de la mano derecha y me operaron otros tres dedos, por eso no los puedo doblar mucho, casi me quedo sin pintar el resto de mi vida. Cuando el pedazo de dedo se cayó, me lo eché en el bolsillo pero no hubo manera de pegarlo porque estábamos a cuatro horas de Madrid y en una ambulancia ya no se podía hacer nada.

¿Pintar a Pedrito fue una terapia para usted?

Desde que nació lo pintaba. Sé que a mucha gente le gustan particularmente las pinturas en las que Pedrito es el protagonista. Me emociona saber que es así. La muerte de un hijo no se la deseo a nadie.

El próximo año usted cumple 80, ¿en este momento de su vida qué le queda por hacer como artista?

El otro año viene una gran retrospectiva de mi obra en México que incluirá varios museos y esculturas monumentales en Bellas Artes. Todo está planeado para el día de mi cumpleaños (19 de abril). Yo solo quiero seguir trabajando, hasta el último día de mi vida.

¿Dónde va a almorzar ahora que ya acabó esta entrevista?

No lo sé. A diferencia de las otras ciudades donde vivo, en Bogotá nunca tengo clara esa respuesta.

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