El pasado 17 de mayo, una mujer de 29 años, pelo rubio y ojos azules, llamada Chelsea Elizabeth Manning fue liberada de la cárcel militar Fort Leavenworth, en Kansas. Estaba tan contenta que accidentalmente le pegó con el codo en la cara a uno de sus abogados cuando se lanzó a abrazarlo. Llevaba la cuarta parte de su vida en una prisión y el cautiverio la llevó a tratar de quitarse la vida en más de una ocasión: no era para menos. (El Instagram de la subteniente Rojas (la del reality Soldados 1.0))

Pero no fue una mujer la que ingresó a la cárcel siete años atrás. En el primer semestre de 2010, cuando comenzó a pagar su sentencia en Kuwait, ella era el soldado Bradley Edward Manning, quien, a través de Wikileaks, compartió alrededor de 250.000 cables diplomáticos, 480.000 reportes militares sobre las acciones bélicas norteamericanas en Irak y Afganistán y varios perfiles de personas detenidas en Guantánamo. Así, se convirtió en la responsable de la filtración de información clasificada más grande en la historia de Estados Unidos.

En enero de este año, el presidente saliente, Barack Obama, le conmutó una condena inicial de 35 años y le ahorró a Chelsea —nombre que adoptó formalmente en 2011, cuando hizo pública su orientación sexual y sus preferencias de género— 28 años de vida en una prisión militar.

En los últimos siete años, Manning tuvo que luchar no solo por su libertad, tras haber compartido información sensible sobre las prácticas de guerra después del 11 de septiembre de 2001, sino que peleó para que se aceptara y se reconociera su derecho a convertirse plenamente en mujer.

Siempre supo que no era gay: se consideraba una mujer. Creció en el seno de una familia conflictiva y ultraconservadora de la zona rural de Oklahoma y en su infancia solía maquillarse en secreto y ponerse los jeans ajustados de su hermana, Casey. Se enlistó en el ejército en el otoño de 2006, en el fuerte Leonard Wood, en Misuri, y dice que habría renunciado a la vida militar si en 2008 no la hubieran entrenado en inteligencia.

Durante una licencia de dos semanas que se le concedió en febrero de 2013, Manning deliberó durante días si filtraba o no prácticamente todos los reportes en los que había trabajado desde una oficina de cartón, con poca ventilación, ubicada en una cancha de baloncesto en la Forward Operating Base Hammer, situada a unos 50 kilómetros de Bagdad (Irak).

Realmente, cuando transfirió la información al computador portátil con el que viajaría a Estados Unidos, no estaba segura de qué haría con ella. La decisión no era fácil: sabía que el efecto dominó y el impacto de sus revelaciones serían masivos, y que miles de norteamericanos del común —no solo personas del establishment— la odiarían por eso.

Pero ya en suelo estadounidense tuvo una epifanía. Se dio cuenta de que las guerras se habían vuelto invisibles para la mayoría de los civiles y lo que sabían sobre lo que pasaba en Irak no iba más allá del titular de un artículo de periódico.

Entrenada en la escuela para inteligencia de Fort Huachuca, en Arizona, Manning se había hecho experta en clasificar los denominados “SigActs” o acciones significativas. Es decir que las fotografías y videos de los combates, de las explosiones, de los tiroteos, el ADN de una guerra pasaba por sus ojos.

Su trabajo consistía en condensar estas cantidades masivas de información y hacerlas legibles para los altos funcionarios. Nunca estuvo propiamente en el campo de batalla —aunque desde la distancia de su oficina escuchaba las bombas y las descargas de los fusiles—, pero conoció la guerra como los soldados en terreno y con el tiempo dejó de ver estadísticas e información. “Comencé a ver personas”, recordaba en una entrevista televisada que dio poco después de ser liberada.

Ineludiblemente, había cambiado. Y ahora, con una versión significativamente diferente de la guerra, más real y más humana, para ella se volvió imposible regresar a su país y pretender, como lo había hecho hasta que ingresó al ejército, que lo que estaba ocurriendo en Irak era una realidad ajena e imperceptible que cabía en un titular de prensa.

Llamó durante varios días a las salas de redacción de The New York Times y The Washington Post, pero no tuvo mucha suerte. Entonces recurrió al portal Wikileaks, creado por Julian Assange en 2006. Haciendo uso de un protocolo para la transmisión segura de datos, compartió los archivos de inteligencia militar que había tomado y, con ello, compró su tiquete de ida a una vida privada de la libertad.

“Este es posiblemente uno de los documentos más significativos de nuestro tiempo para levantar la niebla de la guerra y revelar la verdadera naturaleza de los conflictos armados desiguales del siglo XX. Buen día”, fue la nota con la que acompañó la documentación cuando la cargó a la página web.

En la distancia de Irak y sin saber si sus filtraciones habían repercutido o no, dejó que el tiempo pasara. Desde allí, Manning siguió filtrando documentos relacionados con la crisis financiera de Islandia y, poco antes de que la arrestaran, les mandó a sus superiores una foto de ella usando una peluca, que titulaba: “Este es mi problema”. Sus dos grandes secretos habían emergido del todo. (Así se hizo Dunkerque, la nueva película de Christopher Nolan)

“Estar expuesta a tanta muerte a diario hace que te enfrentes a tu propia mortalidad (…) Había dos mundos: el de Estados Unidos y el que yo veía (en Irak). Quería que la gente viera lo mismo que yo”, recordó.

Y vaya si fueron filtraciones difíciles de ignorar. La más recordada es un video de 2007, registrado desde un helicóptero con una cámara de visión nocturna. Las imágenes son borrosas, pero la escena es contundente. En un área urbana, donde al parecer se había registrado un tiroteo, aparecen una camioneta grande y un grupo de personas. Uno que otro movimiento esporádico completa el cuadro. Hasta ahí no hay mucho que logre desestabilizar la maquinaria militar norteamericana, pero paciencia, que lo sensacional del video está en su audio.

Unos soldados gringos piden repetidamente abrir fuego. Y poco después de disparar, un soldado dice:

—Oh, sí, mira eso… justo a través del parabrisas.

Otro militar se ríe. Y minutos después, cuando se enteran de que en la camioneta había civiles, niños y dos periodistas de Reuters, uno de los soldados dice:

—Bueno, es su culpa por traer a sus hijos al campo de batalla.

—Eso es verdad —responde su compañero.

Doce personas murieron ese día. Poco después de ver ese video, Manning registró varias noticias que señalaban que Reuters, con una solicitud de información oficial del Freedom of Information Act, llevaba dos años pidiendo a Estados Unidos el video del incidente para aclarar la muerte de sus dos empleados, pero la respuesta siempre había sido “no”.

“Todo lo que necesitas saber sobre la guerra está en ese video de 1,47 minutos. La contrainsurgencia no es una cosa sencilla de lidiar. No es tan sencillo como hombres buenos versus hombres malos. Es un desastre”, le dijo Chelsea a ABC News. Ante eso, y plenamente convencida de que el ocultamiento es un síntoma de que el gobierno está obsesionado con hacer que todo sea clasificado, Manning se hizo a sí misma responsable de tomar la trascendental decisión de darle a la sociedad la versión real de lo que pasaba.

“Hay que proteger a fuentes sensibles. Hay que proteger los movimientos de tropas. Hay que proteger información nuclear. No hay que esconder los malos pasos, las políticas equivocadas. No hay que esconder la historia. Tiene sentido mantener secreta alguna información por unos días, quizá algunos años. El problema es que cada vez más el estándar es que todo sea secreto”, ha sostenido desde su liberación.

Por esa forma de pensar, y por actuar acorde a ella, fue encarcelada y pagó siete años de prisión en brutales condiciones de aislamiento, razón por la cual intentó suicidarse tres veces. Su madre alguna vez también trató de matarse, al tomarse un frasco de Valium.

Kuwait fue la primera parada de su vida sin libertad. Tres meses después de que filtró el primer paquete de documentos, a finales de mayo de 2010, fue convocada a una reunión con dos agentes de la división de investigaciones penales del ejército. Poco después, estaba en el campamento Arfijan, esposada, dentro de una jaula de acero.

Sus superiores estaban furiosos, y no solo porque la filtración se había producido por debajo de sus narices, sino porque la información que se había hecho pública evidenció el desorden que reinaba en ambos conflictos. Adicionalmente, la culparon de haber “quemado” una cantidad considerable de fuentes de inteligencia y de haber puesto en peligro a varios “topos” afganos que brindaban información sobre los talibanes de sus respectivos pueblos. (Las mejores películas de guerra de la historia)

La primera vez que se produjo un intento de suicidio, ella realmente pensó que el mundo se había olvidado de ella o que simplemente la habían desaparecido del mapa. Tras un episodio de “gritos incontrolables y golpes con la cabeza contra el muro de la celda”, hizo una soga con la ropa de cama de su catre y trató de colgarse. En esa ocasión, un médico militar le diagnosticó depresión y un “probable desorden de identidad de género”.

Días más tarde, la montaron a un avión y mientras unos guardias le decían que iba a pasar unos meses en un crucero de la Marina, otros le aseguraban que iba camino a Guantánamo. Al final, ambas hipótesis fueron falsas: llegó a un calabozo de la base de la Marina ubicada en Quantico, Virginia, donde permaneció nueve meses. Allí las condiciones de reclusión fueron iguales —sino peores— que las de Kuwait.

Pasaba 23 horas del día en una celda de 1,8 por 2,4 metros, y sin sábanas ni almohadas para que no pudiera atentar contra su vida. Pero se las arregló y convirtió una bata de nailon en una soga. Tampoco murió, y la situación le resultaba completamente enloquecedora.

Finalmente, en la primavera de 2011, Chelsea fue trasladada al correccional militar de Fort Leavenworth, lugar reservado para los prisioneros militares con las sentencias más largas. Allá pudo estar entre la población general de presos, todo un avance en relación con los meses previos transcurridos casi en total aislamiento.

Tenía algo de paisaje, lo que le permitió obsesionarse con las estaciones y el cambio de clima, y se hizo amiga de Anthony Raby, a quien le entregó una nota suicida el 4 de julio de 2016, en la que afirmaba que se mataría después de ver los fuegos artificiales. Por fortuna, un guardia se dio cuenta con antelación y alcanzó a prevenirlo. Por ese tercer intento, Manning fue acusada de amenazar el orden del penal y estuvo dos semanas en una celda de castigo.

En el transcurso de los últimos años en prisión, sus abogados lograron dos hechos sin precedentes en la historia de las Fuerzas Militares norteamericanas en relación con la comunidad transgénero: en 2014, el ejército le envió ropa interior de mujer a la celda y, a principios de 2015, cubrieron el tratamiento hormonal al que ella se sometió estando en cautiverio.

En septiembre de 2016, hizo una huelga de hambre que concluyó cuando la cárcel prometió que tendría acceso a la cirugía de reasignación de sexo, algo completamente inédito en la historia militar norteamericana. Ella, a diferencia de muchos prisioneros trans que en medio de la desesperación han intentado alterar sus propios genitales con lo que tienen a la mano, salió victoriosa de las dos grandes batallas que definieron su vida. (Las modelos que pasaron por SoHo y serán soldados)

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