La tarea

La misión sonaba imposible, pero me dio curiosidad: encontrar el cerebro de Einstein, o por lo menos un pedazo de esa materia gris que ha cautivado al mundo durante un siglo.?Han pasado 60 años desde la muerte de Albert Einstein; 70 desde que las bombas atómicas Little Boy y Fat Man —cuyo potencial fue advertido por el científico alemán— destruyeron gran parte de Japón, y 100 desde que el físico más importante del siglo XX presentó su teoría general de relatividad. Y aun así, la mente de Einstein —o mejor dicho, rebanadas de su cerebro— todavía nos acompañan.

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No soy la primera persona —y probablemente no seré la última— en emprender esta búsqueda. El periodista estadounidense Michael Paterniti es autor del libro Driving Mr. Albert: A Trip Across America With Einstein’s Brain (Conduciendo a Mr. Albert: un viaje por Estados Unidos con el cerebro de Einstein). En este recuenta cómo atravesó el país de oriente a occidente, de Nueva Jersey a California, con el patólogo que hizo la autopsia de Einstein, el doctor Thomas Stoltz Harvey, y partes del cerebro del genio en frascos de vidrio dentro del baúl de su carro. Por el libro me entero de que esos recipientes terminaron en el Hospital de Princeton, en Nueva Jersey, al cuidado de un tal doctor Elliot Krauss.

Le escribo a Paterniti. Llamo a Krauss. Ninguno me contesta. Entre llamadas perdidas y correos electrónicos sin respuesta, me entero de que parte del cerebro de Einstein se encuentra en exhibición permanente en el Museo Mütter del Colegio de Médicos de Filadelfia. Inmediatamente, tomo el tren desde Nueva York.

El museo está en una calle tranquila en el centro de la ciudad. Fue bautizado en honor al doctor Thomas Dent Mütter (1811-1859), quien en 1856 donó su colección de especímenes médicos al colegio. Construido en 1909, es un edificio de arquitectura estilo Beaux-Arts —como de edificio parisino blanco y opulento, tipo Grand Palais—. Las majestuosas columnas de mármol de la rotonda me dan la bienvenida y son, de alguna manera, el escenario perfecto para lo que ahí encuentro: esqueletos de gigantes deformes, fetos en formaldehído (compuesto químico utilizado para conservar cadáveres), pulmones humanos, siameses con expresiones de terror y, claro, el cerebro de Einstein. La principal atracción del Mütter está enclavada en una esquina, dentro de una vitrina del tamaño de un ropero. Tiene luces especiales y letreros que advierten que no está permitido tomar fotografías.

El museo es supuestamente para fines de investigación, pero, por lo menos en mi visita, había más turistas que futuros doctores. La entrada cuesta 12 dólares (poco más de 35.000 pesos). Espero impaciente a que una familia de cinco integrantes termine de admirar el objeto del deseo y me acerco a la vitrina.

No parece el cerebro de Einstein. No parece el cerebro de nadie. Detrás del vidrio hay una caja de madera. Está abierta y en su interior se alcanza a ver una hilera de diapositivas. Solo una filmina está afuera de la caja, con una lupa enfrente para admirarla mejor. Parece una palomilla aplastada entre dos vidrios o una lámina del test de Rorschach, ese que utilizan los psicoanalistas para evaluar nuestra personalidad al mostrarnos imágenes que solemos interpretar como pájaros u otros animales.

¿Qué se esconde detrás de esas manchas inentendibles? Más que nunca, quiero encontrar los frascos de vidrio de la Universidad de Princeton. Llamo de nuevo al doctor Krauss. A Paterniti. Ninguno me contesta.

1230 gramos de Einstein, 240 bloques de materia gris

El 18 de abril de 1955, Albert Einstein fue internado en el hospital de la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, por un aneurisma intestinal. No salió con vida. Para la mala fortuna de la historia, sus últimas palabras fueron en alemán, y la enfermera que lo acompañaba no hablaba el idioma, así que nunca sabremos qué dijo.

Como sigue siendo costumbre, al cuerpo de Einstein se le hizo una autopsia que quedó a cargo del patólogo en turno, el doctor Thomas Stoltz Harvey, el mismo que recorrió Estados Unidos con Paterniti y el cerebro del físico en el baúl. Harvey vació la sangre, separó los órganos y, por último, como se hace en las autopsias desde tiempos inmemoriales, abrió el cráneo y sacó con sus propias manos el cerebro de Einstein, probablemente el más importante del siglo pasado. Lo examinó y lo pesó: 1230 gramos, más o menos lo mismo que una piña promedio.

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El cuerpo del físico fue cremado al día siguiente, como él lo había dispuesto. Las cenizas terminaron esparcidas por el río Delaware, en un área que se mantuvo en secreto por años para evitar precisamente que la gente venerara los huesos incinerados de Einstein. Sus últimas voluntades fueron cumplidas; al menos parte de ellas. Si bien su travesía en vida terminó ahí, la jornada de su cerebro apenas comenzaba: en lugar de regresarlo al cráneo que le correspondía, el doctor Harvey lo puso en un frasco con formaldehído. Su única intención —sostuvo siempre— era examinarlo.

En entrevistas con diversos medios de la época, el doctor Harvey se contradice: a veces cuenta que la experiencia de hacer la autopsia de Einstein fue casi mundana, simplemente el procedimiento número 33 de ese año; otras veces menciona ese día como el más importante de su vida. Los periódicos describen al doctor como tímido, excéntrico, a veces errático.

Hasta el día de su muerte, el 5 de abril de 2007, el patólogo en turno ese 18 de abril se convirtió en una especie de in loco parentis o padre adoptivo del cerebro de Albert Einstein, aunque no todo el mundo estuvo de acuerdo. Cuando el diario estadounidense The New York Times publicó en el obituario de Einstein que Harvey se había quedado con el cerebro, dos personas en especial se enfurecieron: Hans Albert Einstein, hijo del genio, y Otto Nathan, ejecutor de su legado. Resulta que el doctor Harvey no tenía permiso de la familia Einstein para quedarse con el órgano, aunque, en su defensa, nadie le había dicho que no lo hiciera. “En esa época no era extraño que patólogos conservaran diferentes órganos para estudios científicos”, me dice la doctora Lucy Rorke-Adams, neuropatóloga del Hospital de Niños de Filadelfia, que, como muchas otras personas, heredó partes del cerebro casi por azar (ya llegaremos allá).

Pero a diferencia de otros encargados de hacer autopsias, el doctor Harvey no tenía en sus manos cualquier cerebro, tenía el de Einstein, el premio Nobel de Física que había destronado al mismísimo Isaac Newton; el hombre que había presentado conceptos increíblemente complicados con una sonrisa y una pipa en la boca; el científico despeinado que había popularizado la física alrededor del mundo.

Cabe decir que Harvey no fue el único que se quedó con un órgano suyo. Después de la autopsia, el doctor Henry Adams, oftalmólogo y amigo de Einstein, se las arregló para llevarse los ojos, que se rumora todavía están en una caja de seguridad de un banco de Nueva York. Por alguna razón, esa historia no causó tanta controversia.

Finalmente, el doctor Harvey hizo las paces con Hans Albert, con la condición de que el cerebro se utilizara exclusivamente para estudios científicos. El pacto fue amigable, y Harvey recibió la bendición de la familia para quedarse con el cerebro. Y es en este punto que la historia se vuelve todavía más curiosa: el doctor Harvey no era neurólogo. A pesar de que prometió compartir su tesoro con el equipo de especialistas más destacados de la época, él no tenía ninguna experiencia discernible en cuanto a estudios del cerebro. Y sí, efectivamente, lo compartió con algunos expertos, pero los estudios fueron pocos y esporádicos. Para completar la novela, muestras del tejido y fragmentos del cerebro terminaron en los lugares más inesperados.

La doctora Lucy Rorke-Adams me cuenta por teléfono que, al día siguiente de la autopsia, Harvey le pidió ayuda al doctor William Ehrich, del Hospital General de Filadelfia, con quien había estudiado Patología. Rorke-Adams dice que Ehrich trabajaba con una científica “excelente”, experta en preparar secciones grandes de tejidos del cerebro con una técnica especial llamada “incrustación de celoidina”. Así que, después de dividir y cortar piezas del órgano, Harvey se las entregó a ella.

“Ella” es Marta Keller, una experta en histología (el estudio de los tejidos orgánicos) que, aunque se ha convertido en un pie de página de esta historia, es probablemente uno de sus personajes más importantes. Fue Keller, quien murió en 2002 a los 97 años, la que pasó meses rebanando cuidadosamente el cerebro, la que lo dividió en 240 bloques, la que preparó los conjuntos de diapositivas que serían repartidos a cuentagotas a lo largo de los años.

Las diapositivas

La doctora Lucy Rorke-Adams tiene una voz suave, pero habla con autoridad. Ha practicado la neuropatología durante 53 años e hizo su residencia en 1958 en el Hospital General, al que el doctor Harvey llevó el cerebro de Einstein para ser dividido en diapositivas. Recuerda haberlas visto varias veces. El doctor Ehrich las tenía en su oficina, y residentes y curiosos le pedían verlas de vez en cuando. Nada especial.

Cuando Ehrich murió, se las dejó a su esposa. Cuando su esposa murió, se las dejó a un colega de su marido. Cuando este veía que su hora estaba cerca, se las dejó a Rorke-Adams.

Ella me cuenta qué pasó con cada uno de los cinco conjuntos iniciales:

- El primero terminó en manos del doctor Harry Zimmerman, mentor del doctor Harvey en la Universidad de Yale.
- El segundo lo recibió Sidney Schulman, profesor y neurólogo de la Universidad de Chicago.
- El tercero fue para el neurólogo Hartwig Kuhlenbeck, del Hospital de la Mujer en Pensilvania.
- El cuarto fue enviado a la neuroanatomista Marian Diamond, de la Universidad de Berkeley.
- El quinto es el de Rorke-Adams.

El doctor Zimmerman, amigo de Einstein y fundador del Colegio de Medicina Albert Einstein en la Universidad de Yeshiva del Bronx, en Nueva York, nunca publicó nada. Rorke-Adams lo conocía bien por su trabajo en la Asociación Americana de Neuropatología, y cuando murió, en 1995, trató sin éxito de localizar sus diapositivas.

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El profesor Schulman murió en 1994. No publicó ningún estudio científico, pero según varios de los obituarios que aparecieron en los medios, no encontró nada peculiar en el cerebro de Einstein, y ciertamente nada que explicara su inteligencia. Al parecer, sus diapositivas fueron devueltas al doctor Harvey en la misma caja de madera en las que las había recibido.

Hartwig Kuhlenbeck murió en 1984, y Rorke-Adams especula que inmediatamente su esposa tiró la caja a la basura.

Marian Diamond le pidió varias veces a Harvey que la dejara examinar el ‘tesoro’. En la década de los setenta, Diamond se dedicaba a estudiar la plasticidad del cerebro de las ratas. Literalmente contaba, una por una, las células individuales de sus diminutos cerebros, y llegó a la conclusión de que la estructura del órgano podía cambiar anatómicamente como resultado de factores ambientales. Diamond quería demostrar el mismo fenómeno en humanos.

Después de varios intentos, logró que Harvey le mandara algunas diapositivas, y su investigación concluyó que el cerebro del físico contenía más células gliales que las de otros seres humanos (para el no iniciado —y esto yo también lo acabo de aprender—, las células gliales son las encargadas de regenerar y reparar el sistema nervioso). El artículo que resultó de la investigación de Diamond, “On the Brain of a Scientist: Albert Einstein” (En el cerebro de un científico: Albert Einstein) y que firmó junto con el mismísimo Thomas Harvey y otros dos colegas, fue publicado en la revista Experimental Neurology en 1985, 30 años después de la muerte de Einstein.

El artículo, que se puede encontrar todavía en internet, no describe grandes descubrimientos. Diamond concluye que las células gliales en el cerebro de Einstein podrían haber respondido a necesidades metabólicas mayores. Pero esto es pura conjetura y no explica la inteligencia de Einstein. Sin embargo, al tratarse de semejante cerebro, recibió montones de publicidad y también de detractores.

Diamond todavía trabaja en la Universidad de Berkeley. No contesta mis correos electrónicos. Cuando finalmente la encuentro por teléfono, me dice que no tiene nada que añadir. Parece molesta. De todos los artículos y trabajos que ha realizado, este de hace tres décadas le sigue generando una fama no deseada.

Debe ser porque su artículo enfureció a Otto Nathan, el ejecutor del legado de Einstein, siempre interesado en proteger los restos del científico de la publicidad. Aunque a Nathan la investigación de Diamond no le molestó tanto como un reportaje del periodista Steven Levy publicado en la revista New Jersey Monthly. El texto de Diamond por lo menos salió en una publicación científica. Levy, por su parte, encontró a Harvey y al cerebro del genio en Wichita, Kansas, y describió cómo el doctor guardaba pedazos de este en dos frascos de vidrio dentro de una caja de cartón. Para Levy, encontrarse con semejante noticia fue casi una experiencia religiosa que cambió su vida; justo lo que Einstein no quería y lo que Nathan, quien murió en 1987, debía evitar.

“¿Quieres estudiar el cerebro de Einstein?”

En 1994, el matemático japonés Kenji Sugimoto, obsesionado con Einstein, localizó al doctor Harvey en Kansas. Él y el cineasta británico Kevin Hull viajaron hasta Estados Unidos para hacer un documental sobre la búsqueda del cerebro. Sugimoto quería abrir un museo sobre Einstein en la Universidad Kinki, en Japón, donde trabajaba. Por eso, le rogó a Harvey que le regalara, al menos, una rebanada.

En el documental que resultó de este encuentro, Relics: Einstein’s Brain (Reliquias: el cerebro de Einstein), se puede ver al doctor Harvey sacar de un frasco una masa viscosa y partir un pedazo con un cuchillo sobre una tabla de cocina. La imagen es al mismo tiempo bizarra y tierna. Sugimoto está fuera de sí; Harvey sonríe complaciente. Sugimoto celebra su adquisición cantando en un karaoke local.

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Cuando contacto a la Universidad Kinki, me informan que Sugimoto ya no trabaja ahí y que no tienen ningún museo de Einstein. Me dan otra dirección de correo electrónico, pero cuando le escribo, el mensaje me rebota.

Después del documental, Harvey desapareció con el cerebro por un tiempo. Los medios lo olvidaron también. Hasta que un día de 1996, la doctora Sandra Witelson, una de las neurocientíficas más destacadas del momento, propietaria de una de las colecciones más grandes de cerebros en el mundo, recibió un fax escrito a mano por el doctor Harvey: “¿Quieres estudiar el cerebro de Einstein?”.

A diferencia de los que le rogaban a Harvey por trozos del cerebro, a Witelson, de la escuela de medicina Michael G. DeGroote de la Universidad McMaster, en Ontario, Canadá, los tejidos y diapositivas la tomaron por sorpresa. Ella ni siquiera sabía del doctor Harvey o de la existencia del cerebro.

Contacto a Witelson. Me dice que Harvey repartió diapositivas a varios investigadores en los años ochenta y noventa. “Pero nuestro artículo también se basó en el tejido y en fotografías”, admite. “The Exceptional of Albert Einstein” (El cerebro excepcional de Albert Einstein), coescrito con Harvey y publicado en la revista médica británica The Lancet en 1999, describe las diferencias físicas del cerebro de Einstein con un grupo de 91 personas canadienses con un IQ promedio de 115, un número nada impresionante. El resultado: el cerebro de Einstein no era tan excepcional.?Le pregunto a la doctora Rourke-Adams si algo de esto explica el genio de Einstein y me contesta: “Su brillantez es la consecuencia de cómo las neuronas se conectaban entre sí, de su genética y del intelecto con el que nació y de todas las otras cosas que incluso hoy no logramos entender”; mejor dicho, no.

De vuelta a Princeton

Cuando apareció el artículo en The Lancet, el doctor Harvey había renunciado a la Universidad de Princeton, se había casado y divorciado dos veces, había perdido el contacto con sus hijos y también su licencia de médico. Pero seguía resguardando el cerebro de Einstein, según varios mitos urbanos, en Tupperwares, frascos de vidrio, mochilas, hieleras y hasta en un frasco de mayonesa.

La última persona en encontrarlo fue el periodista Michael Paterniti, el que viajó con sus restos en el baúl. Su libro definitivamente no tiene mucho de científico, como la familia de Einstein hubiera deseado, pero pinta un retrato complejo de la relación entre el doctor responsable del cerebro, Harvey, y el objeto de su fascinación. Cuando se publicó, en 2001, recibió críticas favorables, aunque no de la comunidad científica. Más que un ensayo, es un diario de viaje que describe a Harvey como un viejito excéntrico, dueño de un tesoro. El libro termina con el regreso del cerebro en 2007 al Hospital de Princeton, donde lo recibió el doctor Elliot Krauss, patólogo que hoy tiene el puesto que Harvey ocupaba en 1955.

Llamo por enésima vez a Krauss. Finalmente me contesta. Le pido que me enseñe el cerebro. Me contesta con un no tajante. Le pregunto por qué. Me dice que ya se ha escrito mucho, que lo deje en paz. Cuelga. No sé si es por proteger la privacidad de Einstein —finalmente— o por miedo a convertirse en otro doctor Harvey: alguien que carga con el cerebro de Einstein a cuestas hasta heredarlo.

Destino final

Además de las diapositivas del Museo Mütter, las que terminaron en Canadá y los trozos que Sugimoto se llevó a Japón, dos diapositivas resurgieron en el Welcome Collection de Londres en 2012. Quién sabe en donde estarán las demás.

La mayoría de los personajes de esta historia ya murieron, pero el cerebro continúa su jornada. Y Einstein perdió la batalla. Si bien sus huesos, efectivamente, no pudieron ser venerados, el cerebro del físico excéntrico pero sin afán de publicidad terminó dividido alrededor del mundo.

En 2010, familiares del doctor Harvey donaron las diapositivas que les quedaban al Museo Nacional de la Salud y la Medicina, en Chicago, donde fueron digitalizadas. Dos años después, el museo anunció la iniciativa “Einstein Brain Atlas” (Atlas del cerebro de Einstein): una aplicación para iPad que se puede descargar en iTunes por 99 centavos de dólar (menos de 3000 pesos). La descargo.

Me siento un poco culpable de participar en algo que Einstein probablemente desaprobaría. Me trato de convencer de que el genio tenía sentido del humor y de que a estas alturas toda esta saga le parecería graciosa. “Einstein Brain Atlas” muestra imágenes idénticas a las diapositivas que vi en Filadelfia. No parece el cerebro de Einstein. No parece el cerebro de nadie; sigo pe nsando que parecen láminas del test de Rorschach.

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