Cuando deje la superficie, cuando se sumerja nuevamente en la nata chocolatosa y espesa de las aguas negras de la ciudad de México, este hombre va a compartir sus secretos para soportar la soledad en medio de una oscuridad total y desarrollar esa destreza suya, solo suya, de diferenciar muy bien la suavidad de un cuerpo humano, “una suavidad que se presiente, que no se parece a ninguna otra cosa que hayas podido tocar allá abajo”, cuando se flota en el abismo de lo oscuro.
Y va a relatarlo Julio César Cú, porque es el único hombre en esta parte del mundo que conoce esos secretos: es buzo del drenaje profundo, de la entraña negra y pestilente, en una ciudad expulsora de casi un millón y medio de litros de aguas residuales por minuto, que precisa su trabajo más que muchos otros, pues lo mismo lleva en su torrente partes completas de automóviles, que los muebles viejos de una casa entera; el más reciente hombre mutilado en un país de furia o los restos de un edificio que ya es cascajo; algún juguete sin niño, el marco de una ventana donde no amanece, un libro sin ojos, una puerta, la mascota perdida que se lleva la felicidad.
Pero eso será cuando se sumerja. Y está a punto de hacerlo. El señor Cú ya viste un traje de neopreno térmico, de buzo, debajo de una piel plástica fabricada por noruegos y daneses a un costo de treinta mil dólares, que unidos forman un verdadero escudo de siete centímetros de grosor, reforzado e impenetrable, que él utiliza para impedir el paso de cualquier bacteria que habite el abismo colmado de mierda en el que habrá de sumergirse. No es raro que en la inmersión el equipo pueda rasgarse, que por sus movimientos alguna varilla, algún pedazo de madera, una piedra lo desgarren. Ha pasado antes y seguirá pasando: “Es parte de los riesgos de este trabajo”, dice. Por eso los dos trajes.
Carga sobre sus hombros una escafandra que pesa lo mismo que un niño gordo de unos nueve años, se abrocha un cinturón con cuatro pesas de plomo de diez libras cada una y respira con la fruición de un pez que ha sido sacado del mar. El señor Cú respira como si fuera un pez extraído del mar.
Mientras instruye a Fernando, su viejo ayudante, en los detalles de control del equipo de comunicación y el suministro de aire, el buzo parece tener prisa por la inmersión: fuma cinco cigarros en menos de una hora, mientras repite insistente “apúrense, cabrones, abróchenme ya”. Prueba el sonido del micrófono de su traje, se inclina para sacar el aire excedente, camina de un lado a otro, se aferra, con los brazos extendidos, a la canastilla en la que habrá de ser conducido hasta la boca de la bomba de agua y, con un ademán y un inquieto “ámonos ámonos”, pide a sus ayudantes que liberen ya el cordón umbilical, la línea de vida como llaman al cable y las mangueras que lo mantienen unido a la superficie. Ha llegado el momento de volver a lo oscuro.
—Btzzz, btzzzz… suél… btzzzz… suéltame umbilical, güey –dice.?Una de las turbinas de la planta de bombeo Aculco, una zona popular en el oriente de la ciudad, ha sufrido una avería, porque una llanta de automóvil grande, quizá de una camioneta, navegó desde alguna alcantarilla hasta allí y, al atorarse en el ducto, provocó la falla en una de las compuertas, en la turbina misma y por tanto en la bomba completa que debía conducir el torrente hasta la planta de tratamiento residual.
Solamente el señor Cú puede resolverlo: lleva treinta años haciéndolo este hombre fornido, de manos gruesas, musculosas, con cara hosca pero sonrisa fácil, nariz ancha, labio inferior muy grueso y carnoso, dientes alargados, afilados, pelo cano, ojos como rendijas por donde apenas pasa la luz, que recuerda mucho a ciertos peces abisales: a sus cincuenta y dos años, el señor Cú es el único pez de su especie en las profundidades oscuras del drenaje en México, una ciudad que cada tanto tiempo, con cualquier cosa, se empeña en recuperar la condición de lago que tenía al nacer.
Conforme se aproxima a la nata de basura y aguas negras, el hombre aumenta el ritmo de su respiración. Un silbido incesante, vertiginoso, como de quien infla un globo a prisa, que solo comienza a disminuir cuando sus pies tocan la superficie del agua, una alfombra mullida, uniforme, de restos plásticos, envases de bebidas, pedazos de madera, que no salpica una gota de líquido de lo espesa que es.
Cuando la base de la canastilla, los pies del señor Cú, se sumergen, comienza un burbujeo alrededor que el mismo buzo incentiva moviéndose de un lado a otro, haciendo bailotear la canastilla para abrirse espacio entre la nata. Lo que hiede de las burbujas, si puede ser descrito, es peor que estar encerrado con diez animales en descomposición, los desechos orgánicos de una semana con temperaturas de cuarenta grados centígrados, diez mil zapatos sudorosos y un charco azufroso, concentrado y permanente, de huevos podridos. Hay que decir “pa’ su madre, huele de la chingada”, cubrirse la nariz, la boca, y hacer muchos esfuerzos para no vomitar.
En cambio el señor Cú, ya sumergido por completo, es cuando recupera la serenidad en su respiración, como queriendo confirmar lo que ha dicho antes:
—Cuando estoy arriba ando como nervioso. Cuando paso mucho tiempo sin inmersión, hasta mi esposa me dice que ya me hace falta el agua. No sé, a lo mejor no me lo van a creer, ¿no? ...nada más toco el agua y ya me tranquilizo.
Algo ha de haber de cierto en lo que dice. A lo largo de sus tres décadas de trabajo, el señor Cú se ha sumergido solo por las bocas de cada una de las ochenta y seis plantas de bombeo de la ciudad, que se conectan a ciento sesenta kilómetros de ductos que expulsan el agua residual de casi diez millones de habitantes de las dieciséis delegaciones (municipios–departamentos) del Distrito Federal.
Para quienes gustan de la numeralia, su trabajo podría resumirse así: a la razón de unas cuatro horas en promedio, multiplicadas por alrededor de quince inmersiones anuales, durante casi treinta años de trabajo, el señor Cú ha buceado entre las aguas que ennegrecemos todos juntos por lo menos mil ochocientas horas de su vida. Toda una vida.
Y él es responsable de evitar colapsos, tragedias sociales, que por facilidad, por costumbre, porque así son las cosas en este país, solo pueden ser resueltos por las manos de ciertos hombres.

Nadando con cacadrilos
Ni siquiera había empezado a amanecer, el 5 de febrero de 2010. A lo largo de la autopista que va de México a la ciudad de Puebla, en la franja centro–oriental del país, la muy densamente poblada colonia Chalco estaba casi dormida. Un estruendo, como de explosión, despertó a los vecinos, quienes apenas tuvieron tiempo de asomarse a mirar cómo un torrente negro, asqueroso, se les echaba encima como un tsunami: el desbordamiento del río La Compañía.
En cuestión de minutos las aguas pestilentes del río, que recibe residuos industriales y domésticos de una región con más de seis millones de habitantes, cubrieron más de tres kilómetros de autopista, una de las conexiones más importantes con la capital del país, arrastrando consigo tráileres, autos y árboles. Al amanecer, ya había una laguna de más de dos metros y medio de profundidad, que bañaba de desechos a más de tres mil viviendas.
—Cuando me llamaron, ya había todo un operativo, había muchos soldados y eran los que estaban rescatando a la gente que se había subido a sus azoteas, a los toldos de sus coches. Nosotros pasamos en helicóptero y vimos a la gente pidiendo ayuda desde sus techos y repletas las lanchas y anfibios que los iban a buscar –dice el señor Cú.
En cuestión de minutos, una fisura en el cárcamo de bombeo Avándaro se convirtió en un boquete que dejó salir millones de litros cúbicos de desechos. Por las características del incidente, los muros mal construidos y la gravedad de la afectación, las autoridades federales decidieron pedir la intervención inmediata del buzo del Sistema de Aguas de la Ciudad de México, para que taponara la avería manualmente.
—Es una de las cosas de las que más me siento orgulloso –dice–; me llamaron a las tres de la mañana y a las seis los generales ya habían puesto a mi cargo todo un batallón de soldados y marinos.
Armados de costales repletos de arena, los más de doscientos soldados hicieron cuadrillas de trabajo a las órdenes del señor Cú, quien por más de cuatro horas estuvo sumergido en la zona del boquete, aun con los riesgos para su propia vida, tratando de taponar la fisura con costales, pedazos de madera y cemento, hasta que la fuga de agua fue controlada. Entonces se cerró el boquete y se pudo comenzar el desazolve del río de suciedad, que dejó tras de sí una población de más de veinte mil damnificados que, según decía sobre sí misma, por corrupción ancestral fue obligada a nadar en un pantano repleto de cacadrilos, poposaurios y cacaimanes.
—Si hacemos el trabajo manualmente, se puede ahorrar mucho más tiempo. Siempre es más fácil que desmontar todo el sector, ver dónde está la falla y a veces es nomás una llanta o un aparato el que descompone todo. O una fisura pequeña que después se hace más grande por la presión del agua. Me ha pasado mucho, que una parte de la ciudad se queda sin agua porque se atora un horno microondas en una compuerta, una llanta o animales muertos. En una ocasión sacamos la carrocería casi completa de un Volkswagen, completita.
—¿Y siempre ha estado usted nomás?
—Cuando comenzó la unidad, en 1982, había otros dos buzos, pero uno ya se jubiló y el otro se cambió de área. Han pasado como diez compañeros, pero no todos aguantan este trabajo, porque estás de guardia los 365 días del año y además la paga no es mucha.
Según los registros oficiales, como jefe de su sección, el sueldo mensual del señor Cú no supera al mes los dieciocho mil pesos mexicanos, algo así como mil quinientos dólares, que se complementan a veces con los pagos extras que llega a recibir si presta servicios a entidades distintas del Distrito Federal.
Y así ha sido desde el comienzo de su trabajo, al que llegó, dice, por pura casualidad, cuando, una tarde de 1981, siendo empleado de escritorio en la misma oficina de aguas, uno de sus jefes le preguntó si era cierta la versión de que buceaba como amateur y si quería hacerlo para la institución, que necesitaba un buzo.
—Al principio te da miedo, como todo. Porque es algo distinto y no había de quién aprender. Era meterse al agua y hacer trabajos de albañilería, de mecánica, casi de eléctrico. A mi esposa hasta la fecha no le gusta mi trabajo.
—¿Qué le dice?
—Que es demasiado peligroso. No, nomás no quiere. Hace años perdimos a un compañero. Se metió a destapar un ducto y cuando removió el tapón la corriente lo arrastró hacia adentro. Lo rescatamos después, pero ps’ ya ‘staba muerto. Fue cuando mi esposa más me presionó para dejar el trabajo. Y a mis hijos tampoco les gusta, ¿eh? Sí bucean, porque ps’ les he enseñado lo bonito del buceo, pero no les gusta lo que hago.
Cuando hay inmersión en el agua potable no hay problema, dice, la claridad es completa, pero cuando son aguas negras no. Se depende por completo de los otros sentidos y de quienes están en la superficie. Mira a sus ayudantes, Ángel y Miguel, jóvenes veinteañeros aspirantes a buzos que juegan cartas mientras esperan que comience la inmersión. “Los he dejado que empiecen a aprender en agua potable, nomás ­–dice–, para que vayan viendo y aprendiendo también”.
Fernando, el más antiguo colaborador, próximo a la jubilación y quien le reconoce una experiencia vasta, igual que un considerable mal humor, me dice divertido: “Cuando esté abajo, pregúntale por la muerte… vas a ver cómo se pone”.
La muerte en la escafandra
—Btzzzz… bueno… btzzzz… lo que aquí nos encontramos son piezas peque… btzzzz… ñas, pedazos de madera, plástico, botellas. No hay nada que obstruya la colocación de la turbina. Es un… btzzzz… terreno fangoso, pero firme… ¿No sé si el reportero tenga alguna pregunta?
Desde la consola de la superficie, donde el señor Fernando, su regordete y canoso ayudante, mantiene comunicación con él, la voz del señor Cú parece serena, firme. Lleva unos minutos sumergido y esta vez no hay sorpresas.
—¿Qué siente?
—Siento mucha tranquilidad. Me entra mucha paz. Estas tú solo. No hay nadie alrededor. No ves nada. Nada más estás contigo. Cuando estoy a punto de entrar, siempre me pongo nervioso, me entran muchos nervios, pero nada más toco el agua se me quita. Tocar el agua me da mucha paz.
—¿Y la suciedad? ¿No le da asco nadar entre la mierda?
—No ves nada. No hueles nada. Abajo, hay veces que pones tu mano enfrente de ti y no la ves. Generalmente el agua es tan turbia que no alcanzas a ver nada –dice.
—¿Y eso le gusta?
—Es un trabajo que te tiene que gustar. Alguien… btzzzz… que sea muy nervioso no puede bucear –dice–, te tiene que gustar la sensación del traje, del agua, porque abajo estás solo, nadie va a poder ayudarte.
—¿Cómo le hace con la soledad, con la oscuridad?
—Me pongo a cantar. Cuando estoy muy concentrado, empiezo a cantar.
—¿Y qué canta?
—Cualquier cosa. Me gusta todo tipo de música. A veces reflexiono, pienso en muchas cosas. Es fácil cuando estás allá abajo. No hay nadie… btzzzz… no ves nada.
Sigo el consejo de Fernando. Le pregunto por la muerte.
Se queda callado. Un buen rato. No dice nada. Se escucha un murmullo quedo, el btzzz… de la interferencia, algo como si cantara. Imagino de inmediato una tonada de José José. No sé por qué me late que al señor Cú le debe gustar José José.
“Un compañero, hace algunos años, estaba abajo, y de repente ps’ como que se oía como si estuviera platicando con alguien. Cuando le pregunté que qué hacía me contestó que estaba platicando. Con la muerte, me dijo, que estaba platicando con la muerte. Que la sentía ahí, a un lado de él, y ps’ que se ponía a platicar con ella”.
—¿Usted no la ha sentido?
—No. Yo no la he sentido. Quizá porque, gracias a Dios, nunca me ha pasado nada.
—¿Pero sí piensa en ella?
—No. No me gusta pensar en eso. Pero la he soñado.
—¿Qué ha soñado?
—Varias veces he soñado que estoy buceando, en el mar, fíjate, que estoy buceando en el mar y que me quedo atorado y no puedo zafarme. No puedo zafarme y nomás es de quitarme la aleta y ya, pero no puedo, se me queda atorado el pie. Y me despierto –dice.
Corta la comunicación, da indicaciones para que lo suban. El terreno es fangoso y el señor Cú hoy no piensa caminar.

La suavidad del muerto
Los muchachos se aprestan a recibirlo con cubetas llenas de agua con cloro y jabón biodegradable. Un chorro potente. Luego otro. Sobre la canastilla quedan envoltorios de golosinas, botellas y esa especie de hilachos lodosos de sustancia mucho tiempo sumergida en aguas.
Cuando se quita la escafandra, el señor Cú tiene el rostro enrojecido, los ojos como saltados. Está contento.
— Ya estoy en el tiempo de pedir mi retiro. Pero no quiero pensar en eso. Lo estoy retrasando. Todavía me siento fuerte. La verdad, de mi trabajo me gusta todo. Cuando estoy allá adentro, buceando, soy un hombre feliz –dice.
—¿Cuál es el momento que más satisfacción le da?
—Me siento muy satisfecho de los cuerpos que he recuperado. Que se acerquen los familiares y te digan gracias por ayudarles a recuperar un cuerpo y que lo puedan llorar en paz. Es algo que no pagas con nada. Mucha gente puede no ser rescatada. Pienso mucho en eso.
—¿Y cómo le hace para reconocer un cuerpo allá abajo, si no ve nada y trae los guantes y los trajes?
—Tú lo sientes –dice, me toma del brazo, me lo aprieta, lo tienta, lo recorre con los dedos–, si te encuentras algo así, vas siguiendo el contorno, a veces es un brazo, o una pierna… y la vas siguiendo así, con los dedos, para imaginar la forma… vas haciendo la forma en la mente. Como si lo acariciaras.
—¿No se confunde con otros desechos?
—No. Algunos compañeros dicen que los mismos muertos te llaman para que los rescates. Los tocas y se siente algo especial, distinto. No sé. Es algo que uno… quizá pura intuición. Es algo que solo los que hemos estado aquí podemos entender.
Mientras se quita el traje, mientras pendejea a sus ayudantes y analiza los errores de la inmersión, veo al señor Cú y pienso que quizá ha desarrollado una mirada distinta. Quizá, después de tantos años buceando en la profundidad de lo oscuro, haya conseguido una forma muy distinta de mirar, de tocar, de sentir.
Como si su cuerpo, a fuerza de tanto volver al fondo ennegrecido, hubiera recobrado la destreza de aquel momento de nuestra especie en que fuimos seres de agua.

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