Es decir, Comisario hace parte de una cofradía de sangre azul. Fue elegido por la Federación Nacional de Entidades Equinas, Fedequinas, como el Caballo del Año 2004. Ha ganado concursos muy conocidos entre los criadores y amigos de los ejemplares de paso fino: en Tampa, Florida, fue premiado como Gran Campeón Mundial, y en Puerto Rico, como el mejor ejemplar de paso fino del año 2000; en Colombia le falta un premio para ser reconocido como Fuera de Concurso.


Javier Giraldo Neira, gran conocedor de caballos, hermano de doña Olga, dueña de Comisario, acepta que el animal ha recibido menos exaltaciones de las que merece por su "mal carácter", lo que quiere decir que se brinca las normas de los concursos cuando alguien lo chupa, le rasca un sombrero, o le agita un poncho en el momento en que está desfilando. Su mal genio radica en que rompe la concentración, o sea, se desconecta de lo que está mostrando y puede levantar las manos, salirse de la pista o dejar de oírse y quebrar así el ritmo de su paso.


Comisario tiene hoy 14 años, es decir, está en la cúspide de su edad y en pleno vigor; tiene la alzada de los caballos de su andar, 139 centímetros —los paso fino no son caballos grandes—. Lo vi color castaño oscuro cuando suda y brota las venas del pecho; es bien resortado del tren posterior, cualidad importantísima que contribuye a que el anca no se mueva cuando entra en su aire —es lo primero que los jueces miran—; muy fogoso en la pista, resopla, es enérgico en su pisada y por tanto sonoro en el andar, en suma, es lo que se llama un ejemplar brioso.


En Colombia el caballo del rico es por excelencia un caballo de paso fino. Los ricos podrán tener caballos costosos de salto, de polo, de carreras y hasta de tiro, pero cuando hablamos de un caballo rico, diferente al pobre, estamos hablando de una de esas bestias que parecen ángeles y que andan por laterales; es decir, que mueven acompasadamente la mano izquierda con la pata izquierda y la mano derecha con la pata derecha, al contrario de como marchan los militares de todos los pelambres y que técnicamente hablando serían trocheros o trotones: mueven manos y patas en diagonal. Un caballo de paso fino, en otras palabras, más técnicas aun, se desplaza por ambladura.


Uno de los primeros caballos famosos de este aire fue criado por don Roberto Bermúdez en su hacienda Quebraditas de Chinquinquirá y bautizado en 1905 como Mahoma. Don Roberto afirmaba que Mahoma era tan rápido que trotaba en una moneda de 10, galopaba en una de 20 y en una de 50 era una polvareda. Por eso Juan Vicente Gómez, el sanguinario dictador venezolano, mandó a un propio con 250 morrocotas de oro —aproximadamente 15 libras de oro, 420 millones de pesos de hoy— a comprar a Mahoma. Se lo llevó, pero cuando el pueblo tumbó a Gómez, el caballo fue acuchillado en la pesebrera.


Don Roberto sostenía que Mahoma, que en su época era considerado solo un gran ejemplar de silla de dos por dos, descendía de un caballo español que había pertenecido al general Barreiro, derrotado en el Puente de Boyacá. Los Bermúdez hacían parte de esa clase llamada desde el siglo XIX los Orejones, apodada así no propiamente por sus orejas sino por los grandes rodajes de las espuelas que usaban como distintivo de su prestigio. Todos eran ricos propietarios de tierra en varios climas y de caballos de paso, trote y galope. Algunos eran famosos como Pedro Nel Ospina, Roberto Urdaneta Arbeláez, Tomas Rueda Vargas, y por ahí derecho también los heráldicos Barreto, De Francisco, Tovar, Umaña, Perdomo, Pradilla.


Los criadores de caballos, pero en particular los de paso fino, se identifican con sus bestias. Una gran montadora me comentaba que su gusto a cabalgar radicaba en que —como se lee en El Moro— "el espíritu que anima al jinete y el que anima al caballo no son sino un solo y mismo espíritu". No es cosa de mujeres solamente, los chalanes pareciera que carecen de toda virtud cuando andan a pie. En cambio sobre su montura una luz les alumbra la cara, el cuerpo se encapricha sobre sí mismo y pierden su contacto con el mundo.


Les pasa también a los toreros. Un montador olvida todo lo que sucede a su alrededor para estar solitario sobre la cruz de su cabalgadura. Oye el ritmo de las patas y de las manos, puede distinguirlos y se pierde en la crin. Para que el milagro de la unidad se produzca, el hueso sacro del jinete debe estar perpendicular a la espina dorsal del caballo; el paraíso de la tierra está en sus lomos. Quizás de esa profunda identidad, los criadores y propietarios buscan que sus créditos y abolengos también a ellos cobijen.

Es explicable que los grandes capos del narcotráfico amen los caballos finos. La primera generación era acampesinada y sus patrones de prestigio pasaban por la calidad de las bestias que de niños admiraron y ambicionaron. Después de conseguir un gran automóvil y una mujer bella y deseada, lo primero que adquirían era un caballo de paso fino. O un gran trochador como el Túpac Amaru de Rodríguez Gacha. Y sabían montarlos. No sé si sacarles el paso, que es una destreza especial. Pero a ferias iban para ser admirados ellos a la par con las bestias que sacaban. Y sobre ellas se emborrachaban y terminaban besándoles los belfos y dándoles aguardiente. De propietarios se volvieron criadores y de criadores, genetistas aficionados como si por medio de la buena raza comprada alcanzaran el árbol genealógico de los que fueron sus patrones, en el doble sentido del término. Llegaron a pensar lo mismo que la aristocracia. Y no solo a pensar sino a sustituirla.


Si los dueños de los caballos se identifican y se miran en sus bestias, lo mismo no pasa al contrario, aunque para El Moro, el táparo que hizo famoso José Manuel Marroquín, no le era lo mismo don Cesáreo —un amable hacendado de la sabana— que el infame Tuerto Garmendia, que se solazaba quemando gatos y perros amarrados entre costales, personaje que me hizo acordar de los Pepes que secuestraron a Terremoto, uno de los más conocidos y ambicionados reproductores del país que pertenecía a ‘Osito‘, hermano de Pablo Escobar, y que castraron sin contemplación alguna y dejaron botado en una calle de Medellín. Mataron también a su montador. Un acto repugnante inspirado sin duda en el libro de Mario Puzo y en la película El Padrino, de Francis Ford Coppola. Terremoto es de abolengo: su padre, hijo de Rescate y María Luisa, hijos ambos de Resorte III: en la búsqueda de pureza de sangre no es mal visto que los hermanos se crucen, lo que es considerado en realidad una afirmación de los rasgos genéticos de sus padres y abuelos.


No sé en qué condiciones lo tenía ‘Osito‘ —no faltaba más que lo supiera—, pero conozco pesebreras de gente muy rica —repito, muy rica— que son hoteles de seis estrellas. Cerca a Montelíbano, Córdoba, conocí una verdaderamente insólita: los caballos viven en alcobas con aire acondicionado a 20oC, o sea a temperatura media internacional (TMI), la que tienen todos los edificios gringos y muchos de los que aquí en Colombia ocupan sus socios criollos; son alcobas amplias en que el caballo puede hasta pegar una carrerita y la última adquisición ha sido un sofisticado sistema de fumigación para acabar con las moscas y tal cual tábano que tanto fastidia a los caballos. Las pesebreras dan a un coliseo cubierto con galería, pista central de madera y sonido, y un gran palco, donde los dueños y sus invitados solían aplaudir, juzgar y, claro, emborracharse. El criadero, que llegó a tener 165 caballos de trocha. Son muy apreciados por los caballistas por ser un poco más briosos y fogosos que los de paso fino; levantan las manos, las tiran ligeramente hacia afuera, y las patas, aunque resortan menos, empujan más.


El ritmo de Comisario es muy difícil, casi imposible, de captar con el ojo, los conocedores se orientan por la sonoridad de su pisada y la precisión del tranco: deja la huella de las manos casi en el mismo sitio que la de las patas. Los toros de casta y los buenos toreros repisan la misma arena. El brinco de Comisario vale hoy tres millones y el polvo de Dulce Sueño, nieto de Terremoto y gran campeón nacional, cuesta cinco millones. En los criaderos corre hoy una esperanza: Terremoto —que tiene 23 años— ha sido clonado, y la cría tiene ocho meses; lo cual quiere decir que en tres meses habría un Terremoto nuevo e igual al gran caballo que los Pepes dejaron sangrando en 1993 en el Parque de la Aguacatala de Medellín.


Conocí a Comisario una tarde luminosa en las pesebreras del criadero Los Girasoles cerca a Facatativá, una región suavemente ondulada, y a juzgar por las manchas de castaños y arrayanes y la abundancia de aguas, una zona extremadamente fértil. Hay algo que me recordó la película Fuego de Juventud, una de las primeras cintas en color, cuya protagonista principal era Elizabeth Taylor, de 14 años. Comisario vive en una de las "jaulas" mejor situadas porque tiene vista sobre el picadero y la pista. Los caballos son sumamente curiosos, les fascina —¡es el verbo exacto!— mirar por las ventanas, se distraen. Su montador, nos presentó a Comisario, sin decir palabra, dándonos espacio para que nosotros, como en verdad lo hicimos, nos derramáramos en un torrente de adjetivos.


En el fondo uno quisiera que el caballo lo mirara aunque fuera de reojo. Pero sabe hacerse el desentendido para subrayar su arrogancia. El espectáculo comenzó cuando el chalán salió con un chaqué negro, un sombrero de Samacá, alón de urdimbre fina, y una camisa blanca impecable. Se puso unos zamarros de bota triangular muy ancha. Ensillado Comisario, el montador se le acercó con respeto, cogió las riendas con la mano izquierda y montó mandando la pierna derecha por encima de la montura sin que el zamarro la tocara. Le dio un par de golpecitos en el cuello como agradeciéndole anticipadamente el comportamiento, y Comisario andaregueó hasta la pista; majestuoso como un avión antes de levantar el vuelo.


El montador lo frenó en el borde, Comisario se quedó absolutamente quieto y, haciendo una pausa de silencio, sin más —notable virtud— entró en su aire de paso fino. Primero sobre ladrillo sin eco, luego sobre madera con sonido: al tiempo la mano y la pata derechas; luego, sin respiro, la mano y la pata izquierdas. Treinta segundos después, ya en madera, Comisario resuella, hincha los ollares, se lava en sudor, babea, brota las venas, para las orejas, levanta la cola. Se apropia de su presencia. Si yo hubiera podido ausentarme sin dejar de oír su ritmo, habría podido pensar que se trataba de una máquina de escribir, de un piano, de un reloj, de un pistón, o, como en efecto sentí, de una castañuela tocada por una gitana entregada al duende.

Al final de la pista —que duró en recorrer una eternidad—, el montador lo quebró, Comisario hizo un ocho perfecto y regresó a las tablas. La rapidez de sus manos y de sus patas, apenas demorándose en el suelo lo justo para apoyarse y cambiar de ambladura; la inmovilidad del anca, notoria en la serenidad de hombros del chalán, y la atención y seriedad con que asumía su papel de gran campeón, lograba un conjunto perfecto. Dos, tres, cinco vueltas y el paso no descompasaba, ni el animal tuvo que recurrir a apoyarse en la trocha, o a cambiar los laterales por los diagonales.

Como espectador, terminé también con el caballo en la cabeza. No he podido sustraerme al eco de su andar que me dejó entre pecho y espalda. Porque hay tanto de humano en un caballo que uno se siente triste de no tener algo de caballo. Razón por la que entendí la respuesta de doña Olga cuando le pregunté qué sentiría si tuviera que salir de Comisario. Me respondió. "Ese día dejaré de ser la dueña de Comisario, para no ser nadie".
 
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