Poniéndose la ropa interior térmica, un pantalón de plumas de ganso, una sudadera, suéteres, una chaqueta también de plumas, un gorro, bufanda y guantes; así empieza el día en el extremo más septentrional del planeta. Trabajo en el Observatorio Ambiental en el Polo Norte (NPEO, por sus siglas en inglés), donde un grupo de investigadores nos reunimos a recolectar información oceanográfica y atmosférica con el objetivo inmediato de conocer y monitorear cambios en el ambiente en el océano Ártico y su relación con el clima global.

Estudié Oceanografía en México, donde descubrí con sorpresa que el océano Ártico es un terreno casi desconocido por el hombre. Este hecho me animó a hacer un posgrado en la Universidad de Washington especializado en el tema. Fue allí donde conocí al doctor James Morison, investigador principal de Oceanografía Física en el Centro de Ciencias Polares, perteneciente a la misma universidad, e investigador principal del programa NPEO. Por medio de él tuve mi primera oportunidad de viajar al polo, en la primavera del 2008. Y la cosa es dura: en ocasiones hay que aguantar temperaturas de menos 30 grados, no bañarse, cargar con rifles para poder defenderse en el caso de encontrarse con un oso polar (para ahuyentarlo, nunca matarlo), cuidarse de no caer al agua helada, entre otras cosas. Nos quedamos en un campamento ruso en el que hay calefacción, una cocina y los abastecimientos de comida y combustible llegan casi a diario en vuelos. El campamento se levanta cada año en marzo. El problema es que el hielo se mueve con el viento y las corrientes marinas, por lo que en pocos días el campamento puede alejarse del polo decenas de kilómetros, lo que hace que muchas veces nos desplacemos en helicópteros hasta los lugares de muestreos. La telefonía satelital evita que estemos totalmente desconectados del mundo. Además, el trabajo es muy fuerte, hay que preparar y probar muchos de los instrumentos que usamos en la base, y el frío hace que el trabajo se multiplique. Pero si hay tormenta, todo se suspende. El campamento concluye cuando el hielo empieza a derretirse y se corre el riesgo de no aguantar el peso, o el aterrizaje de aviones y helicópteros.

Uno de los principales instrumentos del programa de NPEO es un anclaje instalado en el fondo del océano, con un enorme cable (aproximadamente 3550 metros de profundidad) al que se le agregan una serie de instrumentos que miden continuamente temperatura, presión, salinidad, velocidad de la corriente y su dirección (todas esas variables a diferentes profundidades). Los instrumentos del anclaje toman mediciones durante un año, hasta que en la siguiente primavera, los investigadores van nuevamente a recuperar los instrumentos del agua y lanzar otros similares, pero con batería suficiente para tomar mediciones durante un año más. Si el campamento ruso se ha alejado demasiado del sitio de anclaje, científicos norteamericanos del programa NPEO establecen un campamento de menor tamaño en el sitio, para cuatro personas. Ahí el trabajo de recuperar y lanzar el nuevo equipo es incluso más intenso.

Estos procesos nos ayudan a entender la circulación del océano Ártico y su relación con el clima mundial, y es realmente preocupante lo que uno se encuentra. El hielo era mucho más delgado de lo que yo me imaginaba. El doctor Morison, quien ha viajado anualmente al Polo Norte desde hace ya varios años, está particularmente impactado y asombrado con el grosor de estado actual del hielo. Él me mencionó que por lo regular, a la altura del Polo Norte, siempre había en promedio tres metros de grosor, pero este año no pasaba del metro y medio.  

El hielo funciona como un aislante de calor entre la atmósfera y el mar. El aumento de temperatura del aire facilita el derretimiento del hielo, permitiendo que el sol caliente el agua que ha sido descubierta, en lugar de reflejar su energía en el hielo. El agua al calentarse, ayuda a derretir por su parte inferior al hielo de áreas aledañas, que como un ciclo, permite que el sol penetre y caliente con mayor facilidad. La temperatura está aumentando, y este efecto se amplifica en el océano Ártico.

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