En la fotografía aparecen mis dos hijos, Santiago y Ana María, a finales de los años ochenta. Estuve en Disney World con ellos en un par de ocasiones, y en ninguna de ellas conseguí alojamiento ni en el Hotel Contemporary, ni en el Polynesian, que eran, hasta donde llegan mis recuerdos, los únicos hoteles situados dentro del parque. La envidia que me producía una pareja de amigos colombianos con sus hijos que se hospedaban en el Contemporary, y la cara de "sobradez" con que se despedían de nosotros, es uno de mis primeros recuerdos, pues el monorriel los dejaba prácticamente en la puerta de la habitación, mientras que nosotros, que pernoctábamos en Orlando, debíamos, después de un largo día de colas y hamburguesas, emprender nuestro retorno al hotel en carro o autobús.

En el primero de los viajes, mis dos hijos eran tan pequeños que no creo que lo recuerden. Fue en esa época de la paternidad en la cual uno quiere que sus hijos hagan lo que uno no hizo, y en la que confundimos nuestros deseos con los suyos. Siempre había querido llevarlos a conocer al ratón Mickey en su propia casa, y recuerdo haber pensado que hubiese sido más económico ir a Melgar o Villa de Leyva, pues no tenían edad para comprender dónde estaban y lo único que les interesaba era zambullirse en una piscina.

La segunda vez fue diferente. Eran niños-adolescentes, y podían diferenciar entre un rodadero de Colsubsidio y un túnel de olas en South Beach Miami, o entre un celador de piscina, de esos que sacan hojas y esparcen cloro, y un musculoso salvavidas como los que aparecen en Guardianes de la Bahía.

Lo primero que recuerdo cuando pienso en DisneyWorld, además de ser el lugar del mundo donde hay mayor cantidad de bermudas por metro cuadrado, es que el primer día olvidé dónde había estacionado mi carro. Error fatal, pues tuve que esperar tres horas hasta que me ayudaron a encontrar mi vehículo.

Desde la entrada, me habían informado por medio de vallas, carteles, a través de la radio, por megáfono y en el reverso del tiquete de ingreso, que era muy importante recordar el lugar de estacionamiento. Y lo había olvidado. Además, como ni los automóviles ni el inglés son mi especialidad, yo no sabía qué marca era la de mi carro, ni cómo se decía "un color entre gris perla y verde aguamarina".

Aprendí con sangre, sudor y lágrimas, y especialmente con sudor, porque era la temporada más calurosa de los últimos años ­—recuérdese que en Estados Unidos todos los inviernos y todos los veranos son los peores de los últimos veinte años—, que los avisos y las indicaciones de los gringos hay que seguirlos al pie de la letra. Mi automóvil, finalmente fue ubicado por dos guardianes que me miraban con deseos de pegarme una cachetada, en el lote Peter Pan, zona Pluto, sección Tío Rico, fila Daisy, número 38B. Y que lo crean a uno un tarado en DisneyWorld no es fácil, ya que todo está diseñado para que el más atembado de los mortales entienda las reglas. Por algo es el parque de diversiones más famoso del mundo.

Algo que también recuerdo y que nunca he podido comprender es por qué a la gente le parece tan interesante Epcot Center. Es posible que en mi caso se deba a la total aversión, genética y sincera, que siento frente a todo lo que significa ciencia. Las fórmulas matemáticas me repelen, las batas blancas me intimidan y nunca he logrado entender qué quiere decir termodinámica ni para qué sirve ubicar un quasar en el firmamento. Jamás me han interesado los dinosaurios, entre otras cosas porque todos me parecen iguales, nunca coleccioné fósiles y me da lo mismo que el hombre vaya a la Luna, o que no vuelva. El Pleistoceno, las diferentes capas de la Tierra y los primeros cuchillos hechos por el hombre en obsidiana no me generan ninguna emoción. Todavía recuerdo el tedio que sentía por tener que hacer unas colas eternas para ver unos mamuts sin ningún vestigio de vida y a los que se les veían las tuercas en los colmillos, o tener que esperar horas enteras para mirar unas imágenes de lo que debieron ser nuestros antepasados de Neanderthal, con cara de atrasados mentales, tratando de hacer fuego con dos chamizos. Creo que nadie es capaz de hacer fuego rastrillando dos palos. Ni el jefe mundial de los Boyscouts ni el gran pluma blanca de la tribu maorí, ni el mejor expedicionario de la National Geographic.

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