Tras dos etapas como futbolista (1967-1973 y 1980-1984), en las que convertí más de 200 goles, volví en 1993 como DT. Al llegar, mis palabras quizá sonaron presuntuosas: declaré que quería convertir a Vélez en un club grande de verdad, porque no tenía historia internacional.

En mi primer torneo fuimos campeones locales y, al año siguiente, disputamos la Libertadores. Compartimos grupo con Boca y con los brasileños Palmeiras y Cruzeiro. Éramos candidatos a quedar afuera, pero pasamos. Después tuvimos que apelar dos veces a los penales (una increíble frente al Junior del Pibe Valderrama en semifinales), y en la final nos tocó el super-San Pablo de Telé Santana, bicampeón de América y del mundo. Ganamos 1–0 de local y, en el Morumbí, nos metieron un gol y tuvimos que aguantar. A mí me expulsaron y me quedé en el túnel, pero con una reja que me impedía ver el campo. Le pedí entonces al periodista Gustavo Cima que me prestara los auriculares para seguir los 20 minutos finales. También le pedí papel y lápiz para anotar los nombres de quienes debían patear los penales. Al terminar, se la di a mi ayudante, Ischia. Ganamos gracias a la puntería de los nuestros y al portero, Chilavert. Ahí sí, me abrieron las puertas y di la vuelta olímpica, mi primera en el Morumbí.

Para la final Intercontinental, en Tokio, no la tenía más sencilla: enfrentábamos al Milan de Capello, que le había ganado 4–0 al Barcelona de Cruyff la Copa de Europa. Jugaban Baresi y Maldini. Pero los suramericanos siempre le dimos más valor a esa Copa que los europeos. Y la jugamos con orgullo. El partido lo aguantamos al comienzo y luego tiramos pelotazos cruzados. Así llegaron el penal para el 1–0 y el 2–0 de Asad. Nunca había disfrutado una alegría así. Era llevar al club de mis entrañas a lo más alto. Y, además, lo pude disfrutar con mi padre, Amor, que viajó especialmente. No lo repetiría, ya que falleció en 1997.

Mi ciclo en Boca comenzó en 1998. El club apenas había ganado un título local en 17 años. Y otra vez, conseguí el objetivo en el primer intento: fuimos campeones invictos del Apertura 98. Seis meses después, repetimos. Ese doblete nos llevó, por el desfasaje del fútbol argentino, a la Libertadores del año 2000. Boca solo había obtenido dos en su historia, en la década del setenta. En cuartos nos tocó River, el clásico. Perdimos 1–0 el primer partido y, para la vuelta, me jugué una carta brava: poner a Palermo, que ya tenía el alta por una rotura de ligamentos, pero le faltaba ritmo. En la práctica posterior a la derrota había metido dos goles, entonces le dije: “Es simple: te llevo al banco y, cuando arranque el segundo tiempo, precalentás. Si te necesito, entrás, porque estés bien o mal sos una preocupación para cualquiera”.

Entonces, el Tolo Gallego, técnico de River, declaró: “Si Bianchi pone a Palermo, yo meto al Enzo”. El Enzo era Francescoli, retirado dos años antes. Su representante también le llenó la cabeza a Martín para que no jugara. Pero él entró con el partido 1–0 y terminamos 3–0, con un gol suyo sobre la hora. Vino corriendo a abrazarme. Fue muy fuerte.

La final me llevó otra vez al Morumbí, esta vez con Palmeiras. Empatamos 2–2 de local y la gente nos daba por muertos. Aproveché unas declaraciones de Scolari, entonces técnico del Palmeiras y hoy de la selección de Brasil, en las que afirmaba que se sentía campeón: hice 50 fotocopias y las mandé pegar en el vestuario. Terminamos 0–0, fuimos a los penales y mandé otra vez a mi ayudante, Ischia, con un papelito que indicaba para qué lado pateaba cada jugador. Se fue detrás del arco y, mientras el elástico Óscar Córdoba se sacaba el barro de los botines contra el palo, le cantaba a dónde volar. Boca volvió a ser campeón de América tras 22 años.

La frutilla la pusimos en Japón nuevamente, pero sin necesidad de penales. El rival era el Real Madrid de Casillas, Raúl y Figo, dirigido por Del Bosque, hoy DT de España. A los cinco minutos ganábamos 2–0 con goles de Palermo. Cuando descontó Roberto Carlos, quedaba un partido casi entero por delante. Al final, festejamos otra vez, en parte porque Riquelme las hizo todas: aguantó el balón hasta con tres rivales encima.

Días antes, le había contado a un medio español que el ídolo de mi nieto era Raúl. Y, durante los festejos, llegó al vestuario un dirigente con la camiseta 7 que me mandaba él, Raúl. Ahí se ve lo grande de un jugador.

Para la Libertadores de 2001, le repetí al grupo una de mis frases de cabecera: “Llegar es fácil, confirmar es difícil”. Una de las grandes suertes para un técnico es encontrar un plantel que lo escuche, inteligente, ganador. De esa Copa recuerdo que bailamos al Vasco da Gama de Romario y que en semifinal se repitió la misma situación del año 2000: empatamos 2–2 con Palmeiras. Ya en su cancha, me tiraron una lata de cerveza que me dio en la cabeza. Entonces vi el segundo tiempo desde una cabina, arriba, y dirigí usando radioteléfono. Fuimos a los penales y, como Ischia ya era conocido, mandé al utilero detrás del arco para darle la información a Córdoba.

La final fue con el Cruz Azul: ganamos 1–0 en el Azteca, perdimos 1–0 en casa y otra vez nos sonrieron los penales. Fue la única de las cinco copas conquistadas con Boca que obtuvimos en casa. Regresamos a Tokio para jugar con el Bayern Munich. Era la final más sencilla de todas y la perdimos. Ya no sirve llorar, pero prefiero no acordarme del árbitro Nielsen. Poco después, finalizó mi primer ciclo en el club.

Un año más tarde, empecé mi segunda etapa y logramos la triple corona de América. Carlos Tévez fue clave. Tuvimos un arranque con altibajos y en la ida de octavos recibimos un golpe duro: nos ganó 1–0 el Paysandú en la Bombonera. O sea que debimos ir a Belén: 17 horas de viaje, humedad terrible, una cancha con lechugas en vez de césped. Ese día Guillermo Barros Schelotto metió tres goles, ganamos 4–2 y pasamos derecho. Fue la primera de siete victorias consecutivas. La Copa la coronamos ganándole 3–1 al Santos de Robinho en mi querido Morumbí. Increíble, ¿no? Allí levanté tres Libertadores. Se ve que el aire brasileño me sienta bien.

Nos faltaba cerrar con la Intercontinental. Para variar, un equipo de estirpe: el Milan de Ancelotti (ahora entrenador del Real Madrid), y de Kaká, Pirlo, Shevchenko… Seguro no se habían olvidado de aquella derrota con Vélez. Nos metieron un gol en la primera parte y por suerte pudimos empatar a los cinco minutos, si no se nos complicaba. Y otra vez los penales nos dieron la copa, aunque esta vez no pude mandar a nadie y el que atajó fue el Pato Abbondanzieri. Ahí conseguí otro récord, que lo comparto con Pep Guardiola: tres copas Intercontinentales, o mundiales de clubes, como se conoce hoy.

Muchos han dicho que yo tengo el celular de Dios, una manera de asignarme suerte en las conquistas. Uno debe tener suerte, es cierto, pero eso de que Dios está con uno… A mí se me murieron mis padres y mis suegros y no tuve la suerte de estar cerca de ellos en esos momentos. Entonces, si uno tiene a Jesús al lado, no lo pide para un partido, lo pide para cosas más importantes. El que lo pide para ganar en el fútbol quiere decir que no cree mucho en Jesús.

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