I. Disfrazarse
Soy alérgico al disfraz, porque mi propuesta vital ha sido la autenticidad: ser uno mismo y revelarse como es. Quien se disfraza o se maquilla, algo quiere ocultar: "Las zanjas oscuras en el rostro más fiero", que dijera César Vallejo, o las grietas del alma que dan cuenta de cómo se ha vivido. Por la misma razón repudio la retórica y amo la dialéctica.

Además (¡ojo!) uno termina pareciéndose al personaje que representa a menos que su excelsitud no esté a nuestro alcance. Algún psicólogo pragmático invirtió sorpresiva y agudamente el orden consecutivo en que solemos presentar dos hechos cotidianos: no lloramos porque estamos tristes. Estamos tristes porque lloramos.

Isadora Duncan se enamoró de un actor que entonces representaba en la escena a Romeo y se desencantó de la misma persona cuando luego representó a Marco Antonio. No usamos ropa de marca porque somos vanidosos. Somos vanidosos porque usamos ropa de marca.

Solo mi amigo Daniel Samper Ospina ha conseguido que (¡en toda mi vida!) me disfrace dos veces: la primera, como Apóstol, participé de una cena en torno a la belleza (réplica de la que tuvo lugar hace dos mil años en torno a la perfección moral), y la segunda como el viejo bondadoso suscitador de sueños infantiles que es Papá Noel.

Con la primera contribuía a una inteligente recreación artística y con la segunda ponía a prueba una vocación que sospecho intensa: la ternura que me generan los niños. En ambos casos he tenido reticencias, pero las he desechado finalmente, por consideraciones mucho menos frívolas que las que ordinariamente mueven a las personas a disfrazarse: suscitar debates provechosos en una sociedad que aún da pasos inciertos hacia el pluralismo, en el primer caso, y vencer una inhibición casi biológica en el segundo.

II. Papá Noel

La primera sensación al ponerme el disfraz fue la de sentirme incapaz de cualquier gesto o ademán grave. Cuando empecé a caminar por los corredores del centro comercial, fue claro para mí que era incapaz de no sonreír. Me senté en un banco de madera, ubicado en una especie de pequeña rotonda, con dos duendecillas a mi lado, y comenzó la llegada incesante de niños entre sonrientes y burlones, con el cálido afecto infantil que me gratifica desde el nacimiento de mi primogénito hace ya 38 años hasta el de mi tercer nieto, hace apenas un mes.

III. La tranquilidad completa

No me había disfrazado o, mejor, la ineficacia del disfraz fue casi completa. La prueba contundente: a cada niño de 5 años o más después de preguntarle las consabidas puerilidades: ¿le pides regalo al Niño Dios o a Papá Noel? ¿Qué le pides? ¿Sí te trae lo que le pides?, etc., le soltaba la (para mí) más temida pregunta: ¿Quién soy yo? Y la respuesta casi unánime fue: Carlos Gaviria... Una niña de mirada viva agregó: ¿Sí te vas a lanzar a Presidente? La pelea la había perdido el disfraz.

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