El año 1982 había sido muy difícil para mí, porque en el primer semestre había sufrido un accidente en un entrenamiento en el que casi quedo parapléjico y tuve que permanecer tres meses incapacitado. Todo lo veía empantanado no solo por mi situación, sino por la de mi equipo, Millonarios, que desde 1979 venía con graves problemas económicos. En ese momento ya era evidente el ingreso de personajes y dineros de dudosa procedencia a otros clubes como Medellín, América, Pereira, Santa Fe… y era notoria nuestra desventaja deportiva sin grandes refuerzos y sin “mecenas”. De hecho, nos incumplían los pagos de salarios, primas...


Desde abril comenzaron a llegar los rumores de que nuevos inversionistas llegarían al equipo y en julio apareció el entrenador ‘Pato’ Pastoriza con ¡14 refuerzos de primer nivel! Carlos López, Ernesto Díaz, Palavecino, Umaña, Vivalda y un campeón mundial con Argentina en el 78: Van Tuyne. Después me vine a enterar de que a él le pagaban 45.000 dólares libres al mes. Si eso es una fortuna hoy ¡imagínese esa cantidad de plata hace treinta años!

Un viernes nos avisaron que teníamos partido de pretemporada contra Santa Fe en Pacho. ¡Un clásico en Pacho, Cundinamarca! Un pueblo que yo ni siquiera sabía dónde era. Pero como cuando uno es jugador solo se preocupa por ser titular, no pregunté nada.

El domingo llegamos a La Chiguagua, una finca muy lujosa, con postes de concreto muy bien pintados. Los dos equipos nos cambiamos en unos baños enormes. Nos dijeron que la otra finca del “patrón” era aún más lujosa, con helipuerto y piscina. Su nombre era Cuernavaca. Ya se imaginarán las finquitas.

Después nos fuimos a calentar a la cancha, que ya estaba rodeada de espectadores. Todo el pueblo de Pacho estaba de fiesta, incluida la Policía. Y cuando digo todo el pueblo es todo el pueblo: unas cuatro mil personas. A pesar de no ser un estadio con tribunas, la cancha era muy buena, adecuada para un verdadero clásico con todos los ingredientes para una final de campeonato, con árbitro y jueces de línea profesionales. Nunca había visto algo así.

Perdimos 2 a 1 y Pastoriza estaba putísimo. Casi no nos deja ni almorzar. Quería que nos devolviéramos de una a Bogotá. Pero le dijeron que el “patrón” nos tenía organizada una fiesta, y a regañadientes permitió que nos quedáramos otro rato. ¡Y qué fiesta! Con banda, orquesta, modelos y voladores. A toda la gente del pueblo le dieron comida y trago en la cancha. En la finca había una fiesta más privada: con ternera, carne a la parrilla, lechona y todo el trago que quisiéramos. Y periodistas deportivos de Bogotá, directivos y la llamada “gente del fútbol” con quinientos invitados más, comiendo y chupando…

Yo le pedí permiso al técnico para devolverme en el carro con mi ex, que había ido a verme jugar, y me autorizó. Aproveché para conocer un caballo que comentaban que valía un millón de dólares: se llamaba Tupac Amarú. Las pesebreras de la finca tenían calefacción, filtros de agua y toda clase de comodidades para los caballos. Ojalá un ser humano tuviera tan buenas condiciones de vida.
Y fue en ese momento que vi al “patrón”. Era de mediana estatura, rechoncho, tenía sombrero y una cadena de oro muy gruesa, con una herradura muy llamativa. Siempre estuvo distante y alejado, acompañado solo de unos hombres muy bien armados que debían ser sus escoltas. Era Gonzalo Rodríguez Gacha: el hombre misterioso que había comprado a Millonarios para que volviera al lugar que le correspondía, y se había comprometido a pagar las deudas, traer refuerzos, reconocer salarios y dar premios estrafalarios; quería llevar a su Millos del alma a la gloria, costara lo que costara. En ese momento ya todos sospechábamos a qué se dedicaba. 

Esa fue la presentación en sociedad del nuevo Millonarios, el equipo más laureado y famoso de Colombia. La joya de la Corona que quedaba en manos de un hombre de Pacho. Yo no volví a ver al ‘Mexicano’, pero nunca podré olvidar que estuve presente en el momento en el que ya no había duda de que el narcotráfico se había tomado el fútbol colombiano.

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