Por eso, cuando el partido frente a Racing tuvo que definirse por esa vía, la de los penales, todo el mundo pensó que iba a ser una cosa fácil. Todo lo contrario.

Como arquero siempre supe que de todas las jugadas en las que te pueden hacer un gol es en un penalti en la que menos remordimiento sentís, en la que menos responsabilidad tenés: si te anotan no fue culpa tuya, porque eso es lo más normal y es lo que todo el mundo espera, y si atajás, podés convertirte en un héroe inmediatamente. Pasó el domingo 20 de noviembre de 1988, el día del récord de la definición más larga, la de los 44 penales. Ese fue el año en que se implementó eso de que todos los partidos que quedaran empatados debían terminar en penales. El ganador se llevaba dos puntos y el perdedor, solo uno.

Nosotros, Argentinos Juniors, éramos locales en la cancha de Ferro Carril Oeste, en Buenos Aires. El partido comenzó a las cuatro de la tarde y fue tan largo que cuando acabó ya era de noche, no sé qué hora exactamente. Después de los 90 minutos y el tiempo adicional, el marcador quedó 2-2. Y ahí comenzó la presión por los puntos, que le venían muy bien al equipo, porque llevábamos cinco fechas sin triunfos. Entonces, todos los ojos se pusieron sobre mí: yo tenía que demostrar lo buen atajador que era, supuestamente.

Primero fueron dos rondas de cinco penales, una para cada equipo, como siempre, y resultaron desastrosas para mí: los de Racing me convirtieron cuatro, y el que no lo hizo fue porque lo desvió. Pero exactamente lo mismo pasó con mis compañeros y el marcador volvió a quedar empatado: 4-4. Hasta ahí creo que todo fue emocionante, porque lo que se venía iba a ser completamente agotador. Queríamos definir de una vez por todas el partido cuando pasamos a las series de a un penal por equipo, creíamos que era cuestión de que alguien se equivocara, pero los equivocados éramos nosotros.

Llegamos a hacer 44 tiros. En serio, 44. La definición debió durar una hora, si no más. Como todo arquero, recuerdo más los goles que me hacen que los que anota mi equipo. Y en esa definición me hicieron muchos: 19. Los jugadores de los dos equipos pateaban y pateaban y pateaban y siempre la metían. Hasta los arqueros tuvimos que pegarle, y eso sí que era inusual en esa época. Yo, por fortuna, convertí el mío, un penalti muy feo. Hubo un momento, cuando el marcador iba 15-15, en el que atajé un tiro. Era, entonces, cuestión de un gol para que todo acabara, pero no fue así. Parecía una cosa preparada, como un sabotaje.

Cada vez que miraba a la tribuna, estaba más vacía, y los pocos hinchas que quedaban se persignaban, nos miraban suplicantes, nos insultaban, nos pedían que acabáramos como fuera. Nosotros no estábamos cansados, o al menos yo no, y hubiéramos podido seguir, pero la carga de estrés psicológico era tanta que queríamos salir cuanto antes de esa cancha.

El momento clave llegaría en el tiro 43: volví a atajar, esta vez a Mario Hernán ‘Panza’ Videla. Y al tiro 44, ¡por fin!, mi querido colega y en ese momento rival Julio César Balerio, un gran arquero que murió el año pasado de un ataque al corazón, no pudo atajarle el tiro a Jorge Gáspari. Y ganamos. Creo que ha sido de los pocos partidos que he ganado y no he celebrado, porque no había nada que celebrar. Ya estábamos aburridos de tantos penales, además me habían anotado mucho.

No diré que ha sido el partido más duro que he tenido, porque no lo es. Si de eso se tratara, podría mencionar el encuentro de inauguración del Estadio Metropolitano, cuando jugaba con el Junior de Barranquilla y le ganamos un amistoso a la selección argentina, 15 días antes de que saliera victoriosa en el Mundial del 86. La selección de Maradona tuvo que viajar desde México solo para ese partido. Pero esa es otra historia. La tarde de los 44 penaltis, más bien, es una anécdota que todavía me gusta recordar, sobre la que todavía me preguntan y que, sobre todo, nunca me sentí dispuesto a repetir.

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