“Es cierto que se aprende estudiando pero se aprende mal y nada acerca de los hombres y de la vida. Se aprenden enumeraciones. La vida es preciso vivirla”. 

Fernando González, Viaje a pie.

Llegué a vivir a Bogotá a los doce años con la tristeza y el miedo de un niño, porque antes uno a los doce años era un niño, al que de repente la vida lo arranca de su tranquilidad como se arranca una mata de la tierra o a un pelao de los pantalones de su papá. En el aeropuerto de este planeta frío, a donde me tocó venir de un día para otro, me recibieron mis primos mayores que ya tenían tiempo de vivir aquí y estaban a punto de graduarse. Nos matricularon en el mismo colegio de ellos, una casafinca de postal a orillas del camino real por allá al norte cuando todavía la sabana era un paraíso. Era el colegio del educador Rubén Vásquez Téllez, un lord inglés vestido impecablemente y de buenos modales. Allí me bajé del bus con un saco de lana que olía a oveja y los labios llenos de crema de cacao para hacer primero de bachillerato. Me sentaron en un pupitre doble al lado del Gordo Holguín, que me recibió muy cariñoso con un cachetadón y las siguientes palabras “Vives costeño mama burra”, y yo era tan niño a los doce años que no sabía que las burras se mamaban. A pesar de que el Gordo Holguín obviamente tenía problemas, hice nuevos amigos y vivía extasiado por la campiña sabanera y el olor a pasto mojado. Hoy todavía me pregunto si puede existir en los anales de la pedagogía nacional, y yo diría que hasta mundial, un colegio como el Nuevo Liceo. Quisiera describirlo como la alegría no sé si de estudiar pero sí de vivir. Ese lugar fue un bálsamo para mis penas y aunque pareciera como si un signo de cambio rigiera mi vida, esta experiencia educativa tan solo duró un año y unos cuantos meses. Rubén desapareció de repente y sin dejar el menor rastro y así el paraíso fue clausurado. Pero ya el antídoto a la tristeza había sido inoculado, me quedaron mis amigos que siempre fueron mi apoyo. Con Juan Carlos Pombo y Juan Pablo Salcedo, por recomendación de Jaime Jaramillo, un catedrático con pinta de Ringo Starr, fuimos a parar al Colegio Hispanoamericano Conde Anzures, una colonia española solo para hombres; por los lados del tercer puente. Hoy no sé qué número será. Sí, una colonia española de verdad: dueños españoles, profesores españoles, compañeros hijos de españoles, nietos de españoles, disciplina española, curas españoles y una cancha de fútbol española más grande que el mismo colegio. El único que no era español era el prefecto de disciplina, Luis Eduardo Mora, que era pastuso aunque cabe anotar que Pasto fue la ciudad más realista aun en la época de la Independencia. Pero bueno, el profesor Mora además enseñaba Matemáticas, Geometría, Historia y era el árbitro de fútbol en el campeonato intercursos.  

Empecé a desarrollar un complejo, para mí desconocido hasta entonces, debido a que nuestro colegio tenía un alias construido con las siglas de su nombre: el Chaca. Y a la pregunta en qué colegio estudias, al contestar uno en el Chaca el interlocutor impajaritablemente emitía una especie de aullido: “Huuyyyyyyy, en el Chacaaaa”.

Por esto quiero aprovechar esta tribuna que me brinda la revista SoHo para hacer un desagravio a mi colegio, el Hispanoamericano Conde Anzures, ya que por el hecho de tener apodo su nivel académico ha sido puesto en duda y mancillado tantas veces. Y porque se desprecia lo que se desconoce, les contaré algunos secretos de mi nunca bien ponderado Chaca. Sus fundadores fueron dos académicos españoles, dos gigantes en todo el sentido de la palabra: el doctor Mateo Matamala Mateo... sí, Mateo de nombre y apellido, profesor de Química de la Universidad de los Andes. Nuestros libros de textos en la materia eran escritos por él. Cuando hablaba, la tierra temblada por su voz profunda y rebotaba en las montañas cercanas, y en los partidos de fútbol cuando yo hacía un gol de cabeza, que era mi especialidad de la época, él gritaba: “Viva Santa Marta Vilarete”.

Siempre hubo el rumor de que Mateo era un importante científico de fórmulas secretas que se había exiliado en Colombia. Su esposa, Esperanza, era una dama española blanca de cabellos rubios y ojos azules. Cuando hablaba, de su boca salían centollos, cigalas, angulas y tortilla española. Sus regaños españoles superaban la gritería del estudiantado hambriento, que se abalanzaba como en una especie de pogo antiguo para alcanzar las primeras filas en la tienda.

El otro socio fundador fue el doctor José Manuel Macías. Un matemático puro, ortografista y cazador de gazapos que me quiso como un padre y porque además yo estudiaba con Quique, su hijo. El día que supo que yo cantaba y tocaba guitarra se encargó de que yo lo hiciera hasta el último día que estuve en el colegio, y a medida que iba descubriendo mi talento en Matemáticas, Álgebra y Geometría más me animaba a cantar. Y así fue como participé en cuanta murga se invitaba al colegio, como integrante del coro y también como solista. Además, aunque nunca ostenté el brazalete de capitán, que perteneció siempre a Juan Manuel Carretero, participé en todos los cotejos futboleros.

Cuando murió Mateo Matamala abuelo escribí una canción de despedida y la cantamos en el festival de música colombiana del Colegio Iragua en 1977. Ganamos el primer premio. Con la muerte de Mateo llegaron sus hijos Juan Manuel y César Matamala como profesores del colegio, y por aquello de la romanza española, me hicieron hacer un curso intensivo no solo de Química sino también de serenatas. Fue una época de inocencia hasta que llegamos a cuarto de bachillerato. En ese año apareció un nuevo estudiante expulsado, a los quince años, del colegio Liceo Cervantes. El prematuro profesor, productor de teatro, director, guionista, crítico musical y de cine, primer actor y clarinetista, jugador de frisbee: Santiago Moure. Lo acompañaba siempre el también joven actor y director de boina, pipa y fular Lucho Hurtado. Ambos muy pronto me reclutaron para sus planes teatrales en su nueva comunidad educativa. Por supuesto, y debido a su estilo libertario, pronto Santiago Moure se convirtió en la oveja negra del colegio. Título que ostentó por varios años hasta aquel fatídico viernes cultural en el que yo izaba la bandera por haber ganado otro festival de música. El profesor Mora dio un traspié y desapareció de repente del escenario. Todo el colegio, formado, mantuvo un silencio impecable, todos menos Santiago, que no pudo aguantar la risa. El profesor Mora, ya cansado de lidiar con Santiago, se levantó del piso como un energúmeno, regresó al montículo y exclamó en una sola respiración: “Señor Santiago Moure, no se esconda; dé la cara, vergajo, coja sus corotos, va a pa su casa, papá eduque”. Después de muchos episodios inolvidables de irreverencia por fin fue expulsado Santiago Moure del colegio faltando un año para graduarse.  

Mis compañeros no me perdonan el no haberlos acompañado a la excursión de sexto a San Andrés por motivos de insolvencia monetaria que disfracé en su momento con alguna enfermedad pasajera. Al llegar del viaje me restregaban sus aventuras, especialmente las que vivieron en aquel famoso restaurante llamado El Elefante Blanco. Y así fue como terminé el colegio, con una vocación muy clara pero con un miedo todavía latente. Intenté estudiar Medicina, Odontología, hasta que llegué a la Escuela Nacional de Arte Dramático dirigida por Santiago García y adivinen con quién me encontré.

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