De lo primero que se acuerda Carmen Balcells a la hora de arrancar con esta conversación es de que no se acuerda de nada. La escena tiene lugar y espacio durante una casi veraniega tarde de primavera, en su apartamento de la Avenida Diagonal de Barcelona, tres pisos sobre su agencia literaria. En la misma semana en que hubo uno de esos eclipses que alteran comportamientos y anuncian presagios, un italiano supuestamente gracioso hizo correr la falsa noticia de la muerte de Gabriel García Márquez por la red y, pocas horas después, una voz en el teléfono le comunicaba a Carmen Balcells la noticia verdadera de la muerte de Carlos Fuentes.


Y allí, a su alrededor, tanto pasado en las paredes de un presente que, para ella, no es otra cosa que parte del futuro.

“Soy una persona sin memoria”, afirma, sin lugar a dudas, Carmen Balcells. Y sigue: “De ahí que cada vez que me lo preguntan, contesto, primero, que nunca escribiré mis memorias porque no tengo memoria. Segundo, porque no sé escribir. Esto último no es tan relevante porque podría dictarlas y alguien las ordenaría y las redactaría, pero… Y, tercero, porque todo lo que puede ser muy interesante de mi vida y mi trabajo es aquello que yo nunca contaré a nadie. De un tiempo a esta parte, desde hace unos cinco años, pienso que tengo que morirme cuanto antes porque estoy empezando a bajar la guardia y cuento todo. No sé por qué. Debe ser consecuencia de un cierto relajamiento que he adquirido. O de una seguridad en mí misma que no había tenido nunca. Ya no me importa dar una entrevista cuando hasta hace poco las evitaba a toda costa por temor a meter la pata. Siempre me acuerdo de lo que me recomendaba Jaime Salinas, quien, en muchos sentidos, nos formó y educó a todos los de mi generación: “De acuerdo, puedes hacer de agente; pero con tal de que no te lo tomes muy en serio y, lo más importante, que no acabes dando la nota hispánica”. Es decir: dar la nota a secas y punto. Y esa ha sido una lección que comprendí aunque eso no significa, necesariamente, que la haya aprendido. A veces me asusto de mí misma y me digo: “Qué horror, Carmen. Qué vergüenza tan grande de no ser nadie y atreverte a tanto”. La ignorancia es terrible, pero, a la vez, es muy bueno ser ignorante porque serlo es, también, lo que te permite tener audacia y hacer cosas impensables. Yo llegué a ser lo que soy con la ignorancia como combustible. Bien entendida y manejada con buena medida y con buen tino me dio resultado. De haber sabido en mis inicios lo poco que sé hoy, tal vez no hubiese salido nunca de Santa Fe de la Segarra. Al cabo de muchos años, necesitaba una casa allí, que es la que tengo hoy. Y en esa casa, sin problemas de espacio, ha cabido de todo: la mesa en la que Gabo escribió El otoño del patriarca, librerías de Jorge Edwards, de José Donoso, de Mario Vargas Llosa… En cada traslado aumentaba el número de sillas, sillones, mesitas, cestas para el pan, cuadros…”.

Pero a no engañarse —a mí no me engaña— Carmen Balcells se acuerda de todo, de absolutamente todo, aunque no deje de lamentarse porque “he descubierto que los nombres, por desgracia, no tienen soporte analógico en nuestro cerebro. Están desubicados. Por lo que no queda otra que esperar que se abra el archivo de nombres, aflore y se te presente ese nombre que se te escapa”. 

Así, conversar con Carmen Balcells es un placer. Da gusto escucharla, contemplarla, detenerse, llevarse las manos a la cabeza y cerrar los ojos para buscar y encontrar una fecha o un apellido o un lugar. Pero entrevistar a Carmen Balcells no es tan sencillo. Por lo de más arriba y porque Carmen Balcells ha encontrado un método tan infalible como sencillo a la hora de no dar ni desafinar “la nota hispánica”. Y el truco es así, la trampa es la que sigue: Carmen Balcells te cuenta una historia apasionante, con todo detalle, te tiene en vilo y en el aire hasta su perfecto final y, cuando ya te imaginas transcribiéndola y haciéndola aterrizar en la pantalla de tu power-book para compartirla con conocidos y desconocidos, el oyente —este oyente— se estrella con y contra la frase final de la anécdota de vértigo. Porque Carmen Balcells termina de contar el cuento, hace una pausa, sonríe, y agrega y remata con un “por supuesto, esto que acabo de contarte no puedes ponerlo”. 

Para que se entienda y por si no quedó claro: incluso antes del eclipse cósmico y sus influencias, Carmen Balcells no ha dado muchas entrevistas en extenso. Sobran los dedos de media mano para contarlas. En una de las últimas, respondiendo a Xavi Ayén, de La Vanguardia, Carmen Balcells —unos años atrás y por entonces en una suerte de retiro que nunca fue tal y que, en cualquier caso, duró poco y ha resultado en la coartada perfecta para volver al ruedo— dijo palabras que merecen reproducirse aquí: “La lectura es el acto más libre y solitario de un individuo. No se puede aprender nada sin leer y, cuando encuentras algo que te complace, es un placer irrepetible, una auténtica orgía del cerebro. Para experimentarla, no es ni siquiera necesario dedicarle muchas horas: leer 20 páginas de un libro importante te puede cambiar la vida”. Allí, Carmen Balcells también revisitó su propia trayectoria y la de aquellos cuya trayectoria ayudó a trazar. A saber y con apretada y telegráfica prosa estilo Wikipedia: Carmen Balcells Segalà nació el 9 de agosto de 1930 en una pequeña localidad de Lérida de apenas 50 habitantes. Hija mayor. Cuatro hermanos. Familia de pequeños propietarios rurales. Educada en el colegio de las teresianas. En 1946 viaja a Barcelona. A sus 24 años comienza a trabajar como secretaria en una empresa textil. Su amigo Joaquim Sabrià la recomienda al rumano Vintila Horia, dueño por entonces de la agencia literaria ACER, quien no duda en contratarla como su delegada en la ciudad condal. Horia vende su agencia, arrancan los dorados años sesenta y se establece por su cuenta en un piso de alquiler a la vuelta del piso donde estamos ahora. En 1961 se casa con Luis Palomares, quien “siempre me apoyó en todo”. Y en algún momento cae en sus manos un contrato de traducción leonino, a perpetuidad. Y pronto descubre que lo que sobra —y los autores contratados son gente como Kipling, Joyce y Faulkner— son contratos así y piensa. “O este trabajo que hago no tiene ningún sentido y abandono, o me quedo y cambio todas las reglas del juego”. Y las cambia para felicidad de autores y no tanta felicidad de editores. El resto es historia cierta y leyenda verdadera y, de nuevo, muy pocas entrevistas porque, como dijo alguna contada vez, “mi actividad no se debe publicitar. Cuanta más publicidad tengan el escritor y la editorial, mejor. Los gestores no debemos estar sometidos a la luz pública”.

Por las dudas, por si no se entendió hasta ahora: es un privilegio que Carmen Balcells hable frente a un grabador porque, como ya se dijo, Carmen Balcells habla poco frente a grabadores, pero una vez allí, dispuesta, habla mucho. Y, sí, mucho de lo que habla no puedo ponerlo, pero quién me quita lo escuchado siendo plenamente consciente de que aquello que me confía Carmen Balcells es, apenas, la punta del iceberg y el ojo de la cerradura de la biblioteca. 

De ahí, mi pregunta absolutamente innecesaria pero, también, inevitable a la mujer que sabe demasiado: “¿De verdad conoce muchas cosas ‘que nunca contará a nadie’”? 

Como toda respuesta, Carmen Balcells enarca una ceja y ofrece una sonrisa marca Gioconda.

Ahora, sobre el escritorio de Carmen Balcells sonríe una flamante edición en inglés de Cien años de soledad, encuadernada en cuero, donde, al abrirla en la página de títulos, aparece tachada la palabra Solitude reemplazada por felicidad y se lee la dedicatoria “One Hundred Years of felicidad para Kame de mi corazón con el cariño y agradecimiento de su esclavo más fiel” y un primer ejemplar de otro libro de Gabriel García Márquez: la edición aumentada de Todos los cuentos (Mondadori) que reúne los relatos de Ojos de perro azul, Los funerales de la Mamá Grande, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada y Doce cuentos peregrinos. Una nueva oportunidad para todos ustedes de viajar allí por primera vez o de volver a un sitio del que uno ya nunca querrá irse del todo.

“En la relectura, cualquier texto de Gabo es extraordinario. Es uno de esos autores que primero se leen con placer para enseguida poder experimentar ese otro placer que es la maravilla de releerlo”, comenta Carmen Balcells mirando el libro. Un libro sólido y bien hecho que reedita un diseño de portada ya clásica y que es la excusa perfecta para llevarla de regreso a Macondo y sus alrededores, sitios en los que Carmen Balcells vive desde hace décadas; porque su propia leyenda de agente es inseparable e indivisible de la leyenda de uno de los nombres más imponentes (para muchos el más imponente de todos) en el catálogo de su agencia literaria. El nombre de aquel quien alguna vez la inmortalizó, llorando, en la dedicatoria en la primera página de una novela suya.
“García Márquez me dedicó, de su puño y letra, mi ejemplar de la primera edición de El otoño del patriarca con ese ‘Para Carmen Balcells bañada en lágrimas’. Dedicatoria que, tantos años después, quedó impresa en todos y cada uno de los ejemplares de Del amor y otros demonios. Y las lágrimas en cuestión brotaron a partir del horror que yo sentí y de lo que sufrí al recibir y ver esos primeros ejemplares de El otoño del patriarca: se imprimieron rápido y se pegaron mal, porque la demanda y la prisa por que llegasen a unas librerías de México eran enormes. Así que la novela, al abrirla, se te deshacía en las manos. Le pasó al presentador de la novela, Jacobo Zabludovsky, frente a todos. Las hojas volaban por todas partes. La hojarasca propiamente dicha, el otoño de verdad. La portada era horrible. Y yo hice un auténtico drama, mi marido no dejaba de decirme ‘no llores, no llores…’ y yo no paraba de repetir ‘no puede ser, no puede ser…, con tanto amor que está hecho todo, con tanto genio que está escrito…’. Y es que El otoño del patriarca es para mí algo muy especial, porque yo viví el día a día de su escritura. Entonces Gabo vivía en París, pero pasaba mucho por Barcelona. Y escribía mucho aquí. Yo fui testigo muy cercana de cómo iba creciendo ese manuscrito. Así que fue un auténtico drama para mí descubrir en el objeto horroroso en el que se había transformado ese milagro. Bañada en lágrimas, sí”.

Y por los mismos días en que se sentó frente a mi grabador para decir que no se acordaba de nada, pero lo recordaba todo, Carmen Balcells —lejos de sentirse eclipsada, lista para arriesgarse a dar “la nota hispánica”— dio otra entrevista. La primera a la que se prestaba —vía El País— en formato digital y con la cercana distancia que ofrece internet. Muchas de las preguntas fueron originales, algunas no tanto. Pero las respuestas de Carmen Balcells resultaron siempre sorprendentes y, en ocasiones, dotadas con la perfección de aforismos o funcionando como instrucciones apenas codificadas para aquellos interesados —alias y anónimos con evidentes ganas de ser ascendidos a nombres propios conocidos por todos— en seguir sus pasos o en que ella los siga a ellos. 

Así, un tal Serge disparó un “¿Cree usted que su rol como agente literaria es diferente al de otros agentes y, en caso afirmativo, en qué se diferencia?”. Respuesta de Carmen Balcells: “Yo trato de que nada de lo que hago sea diferente; lo cual no quiere decir que no persiga la singularidad”. El profesor Augustus S. F. X. Van Dusen buscó iluminación de oráculo con un “Señora Balcells, usted que tiene una vasta experiencia en el campo literario, ¿qué recomienda a los escritores que están iniciando para poder dar los primeros pasos con cuidado y confianza?”. Y fue prontamente despachado con sonrisa de esfinge eléctrica: “Siempre digo que no doy recomendaciones, doy órdenes”. Y un Mihai, por su parte, le preguntó: “¿No cree usted que deberían figurar en la historia de la literatura (entendida como tratado, manual o como se quiera) las personas que ayudan a un escritor (por no decir a varios) a convertirse en Premio Nobel?”. Y Carmen Balcells apuntó: “Déjeme clarificar que las personas que, como yo, hacen ese trabajo alrededor de los escritores no crean significado en la obra; crean significado en su carrera. El secreto, si lo hay, es encontrar 25 o 30 años antes a ese escritor que tendrá el Nobel”.

Y, se sabe, Carmen Balcells y Gabriel García Márquez se encontraron y se premiaron mutuamente mucho antes de que, en 1982, se abriera esa puerta en una academia sueca para comunicar ya saben qué.
El relato —una vez más, no será la última, seguro— de semejante génesis y Big Bang y conjunción astral le produce a Carmen Balcells el indisimulado regocijo de saber que está contando una buena historia. Una historia que, en sus inicios, ya tiene la textura de novelón histórico y decimonónico en el que hay de todo: viajes intercontinentales, intrigas, emisario. Para empezar, hay un intelectual local y traductor en Barcelona “que me conocía mucho a mí ya de mis pequeños pinitos como agente. Y a través de él, mi nombre llega a Gabo”. La historia se complica, los acontecimientos se precipitan y alguien llega desde México, otro catalán, un tal Lluís Vicens, enviado por García Márquez, para comprobar, le dice a Vicens, “si era cierto que yo existía; porque me ha pedido representarme y quiero enterarme de qué pinta tiene”. 

“Y a mí me pareció normal —recuerda Carmen Balcells—, más allá de que Gabo haya sido siempre desconfiadísimo de todo y de todos. Pero, cuidado, la suya es una desconfianza justificada: porque él siempre tuvo conciencia de su valor y de quién era él ya desde su primer texto, por lo que sabía que necesitaba manejarse y que lo manejasen con cuidado”. Así que se hacen las presentaciones, el hombre regresa al D.F. con la misión cumplida y, a la hora de hacer su informe, “le hace a Gabo unos elogios formidables sobre mi persona. Le dice que yo soy extraordinaria, de una simpatía sensacional, y le dijo una frase que jamás he olvidado: ‘Nunca he sentido tanta solidez en alguien como en esta chica que no tiene nada’… Gabo lo deja hablar y que se deshaga en alabanzas, escucha, y al final comenta: ‘Asunto de catalanes: ustedes siempre se cubren entre ustedes y se halagan los unos a los otros. No me sirve…’”.

Pero —a las pruebas y a los años transcurridos desde entonces hay que remitirse— está más que claro que Carmen Balcells sí le sirvió a Gabriel García Márquez.

El primer encuentro en persona, 1965, presenta a Carmen Balcells on the road. La agente —que, ahora, en sus palabras, “todavía no había conseguido acaparar la atención de ese cuerpo místico de intelectualidad y de talento literario”— ya representa al escritor y llega a un congreso internacional de editores en Washington D.C. con la misión y el deseo de conseguir traducciones al inglés para un autor ya de prestigio, pero no aún detonador de un boom planetario. Es la primera vez que Carmen Balcells “sale fuera”. Ha pedido un préstamo a un amigo/mecenas/sponsor (“dinero que devolví muy pronto y muy bien”, aclara), y se ha sacado uno de esos pasajes aéreos de entonces: llenos de stickers y de folios escritos a mano y de arrivals and departures. Escalas aquí y allá y en todas partes y Carmen Balcells como versión femenina de aquel Phileas Fogg de Jules Verne dispuesta a dar la vuelta al mundo editorial para poder después —casi enseguida—dar vuelta al mundo editorial y modificar para siempre la relación entre los autores a la intemperie y los, hasta ese momento, empresarios del libro a cubierto de contratos sin fecha de vencimiento. 

“Para entonces, yo ya había vendido los derechos de traducción de Gabo para Italia y tenía cuatro o cinco cartas de rechazo de editoriales norteamericanas. Me las arreglo para venderlo en Estados Unidos y, feliz de la vida, viajo a México para hablar, por fin, en persona con García Márquez, a quien ya conocía desde su primer libro y que, por entonces, era una de mis dos obsesiones junto a Gonzalo Suárez. Supe que Gabo era un grande desde su primera frase. Me fascinó. Me lo recomendó José Manuel Caballero Bonald. Me recuerdo a mí y a mi marido, recién casados, en la cama, leyendo los dos Los funerales de la Mamá Grande, al mismo tiempo, con un ejemplar cada uno… Porque eso es algo que yo siempre recomiendo y de ahí que, cuando regalo un libro, lo hago siempre por duplicado: para que las parejas puedan disfrutarlo juntos y simultáneamente, para no tener que esperar a que el otro termine para descubrir de qué se ríe el uno. Y yo me tronchaba leyendo en la cama a García Márquez… ¿En qué estaba? Ah, sí, llego a Ciudad de México contentísima: había conseguido vender los cuatro libros de Gabo. Todo lo que había escrito hasta entonces iba a ser traducido al inglés: La mala hora, La hojarasca, Los funerales de la Mamá Grande y El coronel no tiene quien le escriba. Mil dólares de entonces por los cuatro libros. Yo estaba absolutamente radiante. Me encuentro con Gabo, lo conozco, se lo explico sonriendo...”.
“¿Y qué dijo García Márquez?”, le pregunto a Carmen Balcells.?Carmen Balcells hace una pausa breve y, poniendo un desopilante acento colombiano, responde:

“Me dijo: ‘Contrato de mie’da’”.

Y Carmen Balcells, bañada en risas, se ríe.

Y, vuelve a reírse, Carmen Balcells se acuerda de otra vez, de “otro momento poderoso y terrible”. Ahora eran los derechos de traducción al alemán: “Ambos ya estábamos completamente instalados en los años setenta… Y yo estaba tan orgullosa por las condiciones conseguidas… Y yo sabía que el dinero alemán era el que Gabo siempre reservaba para sus coches. ‘Dinero para el carro’, decía”. Y así fue como el colombiano intentó chocar de frente y a toda velocidad la alegría de la catalana con un “Pero con un escritor como yo no es gracia… Y todas esas cosas me producían llanto”. Y más risas. Hilando fino y casi entre la espada más o menos afilada de mi pregunta y —diga lo que diga— la pared de su memoria, Carmen Balcells admite que el más grande defecto de Gabriel García Márquez es su soberbia vanidad. Pero, también, matiza, es la virtud de alguien que sabe a la perfección dónde está parado, a qué distancia del resto y cuánto mide. 

“De nuevo: Gabo tuvo esa seguridad en sí mismo y en lo suyo desde el principio. Y está visto que no se equivocaba… Jamás me decepcionó nada a lo que haya puesto su nombre. Para mí, no hubo libro o escrito de Gabo que no estuviese a la altura de Gabo. La felicidad de venderlo jamás estuvo reñida ni fue superior a la felicidad de leerlo. Es un tipo de escritor que aparece muy de tanto en tanto y yo tuve la suerte de que me tocara a mí. Le debo muchísimo. Ya lo dije: cuando tienes un autor como Gabriel García Márquez, puedes montar un partido político, instituir una religión u organizar una revolución. Yo opté por esto último. El poder de su nombre fue para mí importantísimo a la hora de permitirme cambiar muchas cosas malas del negocio entre escritores y editores. Y, en lo literario, su efecto e influencia han sido descomunales y fuera de toda medida. Yo creo que para bien. Y me parece fantástico. Porque la influencia de alguien que hace las cosas muy bien siempre será, en principio, buena. También es cierto que, a menudo, su influjo no hace otra cosa que confirmar que el que copia o el discípulo no hace más que reproducir lo accesorio. El genio es el genio. El genio es intransferible. Y el genio lo tiene él”, precisa Carmen Balcells. Lo que no significa que se haya tomado alguna divertida respuesta para poner las cosas en su lugar y ponerlo a él en su sitio. Es conocida la anécdota de García Márquez llamándola por teléfono para preguntarle “¿Me quieres, Carmen?” y la agente respondiendo más con la sequedad noir y a quemarropa más propia de una agente secreta que de una agente literaria: “No te puedo contestar, eres el 36,2 % de nuestros ingresos”. 

Obligada a elegir algo de Gabriel García Márquez —y fue lo que eligió cuando no hace mucho la filmaron para un homenaje online al escritor donde envió una postal cibernética que decía: “Mi relación con él ha sido una experiencia tan enriquecedora que ya no recuerdo ni cuándo empezó o si todavía seguimos anclados en esa nube del sueño; más ahora, cuando todos hablan del mundo cibernético y de esa nube infinita donde se pueden alojar todas las historias y los libros”—Carmen Balcells leyó el inicio de algo que le parece inolvidable. Y, de hecho, me lo recita ahora, palabra por palabra: “Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para morirse cuando encontró a la mujer de su vida. Es la primera oración del cuento ‘Muerte constante más allá del amor’, que está en La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Para mí es lo más García Márquez que hay. Ahí está, como destilado, todo lo suyo”. 

Y todo lo de ella, de Carmen Balcells, está aquí y ahora y mañana. Retirada de su retiro, solo pide que las fuerzas y las ganas de hacer todo — “una serie de acciones bestiales”, me las cuenta, pero, por supuesto, “no puedes ponerlas”— no sean síntoma del “veranillo ese” y señal de que me voy a morir pronto, ja”. Su objetivo — “la independencia”— está cumplido. Pero hay otros objetivos por realizar, más sueños por cumplir, nuevas cosas que cambiar.

Mientras tanto y hasta entonces, para terminar, Carmen Balcells me invita a pasar a una pequeña habitación, junto al comedor, donde alguna vez funcionó su primer despacho. Allí, en una pared, de letra de Gabriel García Márquez, año 1975, hay un cartel donde se lee: “El sueño de mi vida es poner una agencia literaria y tener un autor como yo”.

De haber cumplido ese sueño —por precisa simetría y justicia poética de las dimensiones alternativas— García Márquez sería hoy el agente literario más importante en idioma español, porque, entre sus clientes, tendría a la ganadora del Premio Nobel de Literatura Carmen Balcells. 

Pero no fue así. 

Así que a este lado de las cosas, las cosas quedan de este modo: 

Gabriel García Márquez es un autor “como él”. 

Y Carmen Balcells es —además de su agente— una gran narradora.

Y esto sí puedo ponerlo, porque soy yo quien lo piensa y lo escribe y lo afirma y lo firma.
*Publicada en 2012 

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