En febrero de 2005 fui la portada de la edición 59 de SoHo. No era una portada cualquiera como muchas de la revista. Era una de esas propuestas —SoHo ha sido pionera en esto— que permitían interactuar al lector, ante la posibilidad de quitarme un corsé desprendible que me cubría el pecho. Si alguien retiraba el corsé, quedaban mis tetas al aire, de frente y totalmente visibles. La sesión de fotos fue muy difícil por la angustia de verme desnuda de la cintura para arriba, y el fotógrafo, Juan David Betancourt, hizo todo lo posible por darme confianza y quitarme el miedo. Cuando vi la versión definitiva me dio un ataque de pánico. ¿Qué dirían en mi casa? ¿Qué pensaría la gente en la calle? A mi papá le parecieron divinas, y al resto de la familia también le gustaron. Sin embargo, en la calle el escándalo fue inmediato. Pasé de ser una de las niñas tiernas de la televisión, a una especie de símbolo sexual que había mostrado las tetas en una de las revistas más importantes del país.

Además de la pena que sentía al verme desnuda en la portada y en el interior de la revista, esa fue la primera vez en mi vida que me sentí tan morboseada. De un momento a otro, lo único que la gente me miraba en la calle eran las tetas, quizás tratando de compararlas con las de la revista. Veía a los hombres desprender el corsé que me cubría y me angustiaba la cantidad de cosas que pudieran estar pensando e imaginándose. Dejé de salir durante 15 días.

En este momento, más de tres años después, veo las fotos con cariño. Algunas no me gustan, me parecen muy fuertes, como esa en la que salgo sentada de frente, totalmente desnuda, pero nunca me he arrepentido de haberlo hecho. Esas fotos me dieron un estatus diferente al de niña buena que tenía hasta entonces, y eso es algo que me gusta y agradezco.
 
Vea el artículo de Carolina Acevedo en la edición 59

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