Querido Fernando. Hace días quería escribirle una carta, aunque a nuestra edad no espero convencerlo de nada que usted ya no sepa. Pero me gusta escribir, es mi oficio y mi ocio, y cuando no se me ocurre algo mejor me salen cartas. Cartas y cartas.

Muchas veces la mejor manera de entendernos es fingiendo que somos capaces de describirnos. Y hay cosas en usted que no alcanzarán mis entendederas si no las pongo en palabras. Por ejemplo, no entiendo cómo uno con una vida decente como la suya, entregada a Chopin, al estudio y al trabajo de escribir que exige una paciencia benedictina, y que además es vegetariano y ama a los perros del montón como cualquier San Francisco, puede ser al mismo tiempo tan hosco con su santa mamá, y ha sido capaz de irrespetar montones de cosas sagradas, empezando por la Santísima Trinidad, y pasando por Einstein y el pobre Darwin, que no tiene la culpa de no haber hallado un origen angelical para nosotros.

Al mismo tiempo usted se aferra a la ortodoxia del lenguaje y hace públicos elogios de Rufino Cuervo y su hermano Ángel, esos santos laicos, solterones y castos, que recomendaron el matrimonio (que usted desdeña) a sus amigos más liberales y desarraigados como Ezequiel Uricoechea. ¿Por qué no mandar a la mierda también la corrección en la escritura? Esto sería coherente en un iconoclasta.

Échele cabeza a la cosa y verá la contradicción. A propósito, cuándo la emprende contra Freud. No tema. Aunque como Darwin haya encontrado el mismo mono por los caminos de los oscuros impulsos, parricidio, incesto y canibalismo, subyacentes bajo las evidencias de la morfología y la Razón de supuesta estirpe divina.

Junto al afecto que me inspira como su lector devoto guardo estas reservas que me complazco en comunicarle aunque le importe un pito. Compréndame. Ambos nos divertimos con estas cosas que amasan al mismo tiempo nuestro pan de cada día y que tal vez nos justifican, venidos los dos de las tardes de tedios del restaurante Versalles y de la misma calle Junín en Medellín, panaderías, moscas y ladrones de cuello duro, y del café Metropol que fue por años lugar de encuentro de trasnochadores con tendencias a la erudición, la desdicha y el suicidio. Concédame el derecho. He gastado un dinero que no me sobra en sus libros. Y los lectores tenemos el de confrontar a nuestros autores sobre todo cuando nos ronda la sospecha de tratar con sofistas como usted.

Vuelvo a verlo en silencio parando oreja junto a nosotros, los nadaístas de la calle Junín en la puerta amotinada de aromas de hojaldres argentinos de Versalles. Ninguno de nosotros sabía que también lo acompañaba el deseo de asumir el papel que un brujo ruso llamó de los hasnamusianos, es decir, los que quieren reformar a los otros e influir en la marcha del mundo con sus ideas, empeorándolo casi siempre. Si acaso, pensamos que era otro vecino que se nos acercaba en busca de los humos de nuestras marihuanas conseguidas con riesgo en los antros de la Estación Villa, y que nos ayudaban con sus gomas vegetales a profundizar en lo maravilloso cotidiano que fue nuestra deshilachada utopía.

Junín fue una pesadilla de amor. Acuérdese. Allá corrían las bellezas de la ciudad, las muchachas perfumadas, uniformadas, y sus madres, y tías, que enamoraba Dariolemos, y los muchachitos que tanto le gustan a usted. Usted parecía más inocente que nosotros. Nosotros ignorábamos sus aficiones carnales, proclamadas con énfasis más tarde en la desolación de sus libros. Y mucho después supimos por sus relatos que usted incubaba el mismo demonio de la desesperanza que había hecho presa en nosotros. Y ya contábamos en nuestra historia con algunos escándalos memorables, sacrilegios y actos de terrorismo intelectual. El vandalismo y el humor negro nos hicieron infames en la parroquia floral antes de los despeñaderos del narcotráfico.

Usted ambicionaba escapar a Italia a hacer ese cine que se estilaba entonces, simbolista, o lírico, a la manera de Fellini y Antonioni. Soñaba con esas películas que hizo en México y que vimos aquí a pedazos donde cuenta las historias de los pistoleros nuestros, de sus pequeños males de artesanía. Poco a poco nos hicimos peores que eso. Más inclementes y crueles.

Entonces a Medellín la llamaban la Bella Villa, Tacita de Plata, Ciudad de la Eterna Primavera. Aunque era apenas una guarida de fariseos, disimulada con orquídeas, donde padecíamos las persecuciones de la Policía, los curas y los intelectuales puros. Una pequeña ciudad que usted afirma odiar con tanto corazón y tantos reproches que uno acaba por dudar si no la ama como a sí mismo. Con las vísceras. Como a un muchacho que se le ofrece.

Todos acabamos por irnos de allá a Europa, a San Francisco, a Nueva York. Yo, menos ambicioso y atrevido, me di a rodar por estas aldeas nuestras con ínfulas de metropolitanas para no ver a mi novia robada del brazo de Manuel Mejía Vallejo que acababa de ser coronado con el Premio Nadal. Editaba para sobrevivir tomitos de galimatías. Me apretaba el cinturón para mitigar las exigencias de las tripas. Y escribía cartas. Cartas y cartas. A mi novia para que volviera. Y al resto del mundo para que no me olvidara. Cartas y cartas como esta.

Cuando vimos en las librerías Logoi, editado por el Fondo de Cultura Económica, un libro que pretendía fundar una nueva preceptiva, ninguno de nosotros pensó en usted. El Fondo en cuyas colecciones aprendimos a leer en la librería Horizonte del cojo Federico Ospina frente al teatro Ópera nos parecía una casa inaccesible para un joven formado entre los tufos de los orinales del Metropol, los moritos del Astor y el estruendo de las carambolas de los billares La Macarena contiguo al teatro Lido.

El mundo da vueltas como una batidora y nos separa y nos junta. La suerte quiso que resultáramos viviendo en el mismo vecindario en Bogotá. Usted se hospedaba en la casa de su hermano Darío, a quien usted dedicó más tarde un libro desgarrador, como todos los suyos. Cuando Darío se emborrachaba armaba unos escándalos formidables que hacían retemblar el pequeño edificio desde los cimientos hasta la terraza. Era imprevisible. A las siete nos saludaba displicente en las escaleras. Y a las diez las estaba barriendo con algún invitado a sus parrandas. O golpeaba las paredes como Hércules Energúmeno. Una mañana llegaron unos muchachos silbando y alzaron con la casa en un camión. Con la mesa blanca de comedor. Las poltronas. Se va Darío. Pensé. No se iba. Por la noche subió a mi apartamento y me dijo compungido. Me desocuparon el apartamento. Yo confesé con vergüenza que había sido testigo del despojo. Usted era un vecino lejano. Más que lejano, antipático. Alguien me dijo por disculparlo que se estaba quedando ciego. Y que además era muy tímido. Y le perdoné lo huraño.

Volvimos a encontrarnos cuando recibí el encargo de hacerle una entrevista para televisión en un encuentro de escritores organizado por Belisario Betancur. Belisario es uno de los últimos colombianos, con usted, que guarda buena memoria del monstruo Laureano Gómez. Supongo que su padre y Belisario fueron amigos en las toldas del laureanismo antioqueño cuando nosotros estábamos chiquitos todavía.

Esa entrevista me enseñó que a pesar de sus libros feroces usted es una persona agradable, dulce. Le pregunté por ese pasado común. Usted me dijo que solo había hecho amistad con Amílcar Osorio porque los unía el gusto por los adolescentes del sexo masculino. Adolescentes, golpead vuestros puños en mi pecho, rezaba un poema de Amílcar. Y había escrito también: un muchacho solo vale un talento: el de su amante.

No recuerdo qué más dijimos en la entrevista. Esas cosas se olvidan. Después almorzamos juntos. Y corroboré que los lectores nos hacemos una impresión equivocada de Fernando Vallejo a causa de la acidez de sus diatribas perpetuas. Que usted, es Otro, como dijo Rimbaud de sí mismo.

Me gustan las personas como usted, Fernando, que no se dejan joder, que no se dejan aplastar por las dificultades del vivir. Usted seduce por el encanto de la inteligencia. Y las frustraciones de la inteligencia transparentadas en cada palabra suya. Su vida ha sido una búsqueda honesta y febril de la Belleza, de algo mejor que el laureanismo de nuestros padres. Primero fue la música, el piano, Chopin. El cine después. Y luego la crítica literaria con Logoi. Y la biografía de Barba Jacob que le ganó un merecido reconocimiento. Más tarde, a partir de un librito, librito en el tierno sentido que usaba Fernando González, Los días azules, halló el camino de la prosa autobiográfica, un género en el cual los colombianos hemos sido tan parcos por el falso pudor gemelo de la hipocresía. Los días azules fue una revelación para mí. Pues transcurre en los parajes del Envigado de mi propia infancia. Y por la presencia de Fernando González, ese hombre trabajando en penumbras junto a un perro, tal vez el mismo gran danés, llamado Holofernes, que el pensador envigadeño graduó de padre, si padre es quien ama, y no quien engendra, según escribió en el Maestro de escuela.

Le agradezco sobre todo una cosa. Que haga caer en contradicción a los detractores acríticos de Fernando González. A los intelectuales bogotanos que piensan que el autor de El remordimiento es apenas un paisa loco, sin interés intelectual, y que lo alaban a usted al mismo tiempo, su discípulo, en lo formal. En lo formal, digo, porque usted retoma el estilo del maestro de Envigado en sabio equilibrio entre el lenguaje literario y el habla, sin las esencias de santón, sin la búsqueda espiritual de ese gran escritor incomprendido.

Usted con su talento para salirse con la suya consiguió una mezcla eficaz para atraer ingenuos lectores: el estilo pintoresco y desfachatado de Fernando González y el furor antifeminista e iconoclasta de Vargas Vila que no perdonó a su propia madre, de él, a nadie. Muchos contemporáneos confundieron a Fernando González con un simple humorista provinciano o con un blasfemo como usted. No entrevieron detrás de sus sarcasmos una catarsis, un proceso de purificación. La intención que en usted falta de sublimar la basura de lo emocional detrás de lo que él llamó la Amencia.

En ese sentido, perdone la osadía, hay algo inescrupuloso en su postura. Pues se guarda una gran parte de la verdad con el fin de escandalizar y de levantar ampollas. Pero a mí no me engaña.

La insolencia en Fernando González esconde un místico, uno en quien el cristianismo dejó de ser por primera vez en América forma huera, mera liturgia, para convertirse en experiencia interior, en brega, camino, intimidad y beatitud. Y creo, querido Fernando, que en usted se nota la ausencia del componente religioso que es esencial en su modelo. Pero está joven todavía. Es posible que al cabo de sus furias devastadoras, cuando se le agote el surtido de anatemas, usted acabe en los remansos de la comprensión, escribiendo libros piadosos como el Libro de los viajes y de las presencias, o como la Tragicomedia del padre Elías y Martina la Velera, que son los broches de oro de remate de la obra de Fernando González.

Su último panfleto, Fernando, La puta de Babilonia, obvia las riquezas que debemos al catolicismo a pesar de sus crímenes: un arte, una arquitectura, una música, un pensamiento, una poesía. Una persona culta como usted no puede pasar por alto esos aspectos luminosos de la Iglesia más que en aras del beneficio de la caja registradora de las librerías. Usted debe intuir como yo que si uno quiere ser estrambótico de veras en este tiempo, original y abracadabrante, lo mejor es convertirse en un buen cristiano y aspirar a la santidad, no al éxito en la política, el show business, las finanzas. No quiero amenazarlo, pero en la lógica del espíritu corre el riesgo de culminar la carrera de su vida de artista en una Trapa, consagrado a purgar sus intemperancias en un silencio impecable, en una negación perfecta que cierre el círculo de las desazones. Las porquerías de la Historia no son más que el trampolín para superarnos. Recuerde que uno debe vivir a la enemiga sobre todo con uno mismo.

Déjeme por fin declararle mi amistad. Créame que me siento su amigo, primero porque soy incapaz de adularlo, y segundo porque como afirmó el mismo Fernando González a quien amamos tanto, un amigo es aquel con quien tenemos secretos y no negocios. Le juro que lo aprecio, quiero y admiro. Reciba este abrazo en compañía de sus perros y sus queridos demonios. Y hasta pronto.

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