Querido y entrañable amigo. Sé que usted no leerá esta carta. Pero no importa. Esta mañana tuve el impulso de escribirle, y eso me basta. Al saltar de la cama hacia las rutinas que habito o que me habitan su recuerdo me asaltó, como siempre cuando me sorprende la vanidad de las actividades en las cuales me agosto, y dudo de mí mismo y de la validez y la bondad de mis certezas. En la adolescencia cuando iba rumbo al trabajo, (entré en el mercado apenas abandonando la infancia), veía su estampa en la ventana de un hotelito de mala muerte. Una casa en ruinas frente a una ferretería en la carrera Bolívar en Medellín. Inmóvil, sin un parpadeo, cruzados los brazos sobre el pecho, los cabellos castaños de un Cristo sin bañar, asistía al pasar de las nubes, los automóviles, los vendedores de cosas, las puticas del sector, sus clientes ansiosos, policías, y mendigos.

Usted no era un mendigo. En todo caso jamás lo vi pedir. Solo en la ventana cruzado de brazos desde la mañana hasta la noche miraba el día de día y la noche de noche, las estrellas, los borrachos de las cantinas ruidosas del sector haciendo eses confusas, los gatos nocturnos en los desechos. Una lechuza cruza el barrio decaído desde un campanario vecino hacia ninguna parte.

Qué comía, cuándo dormía, quién era. Me preguntaba. Llegué a pensar que era un monigote puesto por un bromista en la ventana, cruzado de brazos mirando nada. Una vez le hablé a mi amigo el poeta nadaísta Dariolemos de su estampa estática. Y no creyó que un hombre pudiera permanecer con los ojos abiertos siempre, como si no perteneciera al mundo, espectador indiferente, sin curiosidad, descomprometido. Quedó muy asombrado de su actitud de un dios mugroso. Tanto que él también andando los días tomó el camino del desprecio olímpico, construyó un dandy y después lo desmontó con precisión de relojero, hasta reducirse a nada.

A veces lo olvidábamos. Y a veces lo recordábamos. ¿Estará allí todavía? Decíamos y caminábamos hasta el barrio de miserias. Y usted seguía en su lugar, en sus trece. ¿Nos miraba mirarlo?

Tal vez usted quiso satisfacer nuestra curiosidad cuando, la única vez que lo vi fuera del marco de su ventana apareció por nuestros caminaderos en el parque de Bolívar junto al semáforo. Nos acercamos a hablarle. Y supimos unas pocas cosas suyas que contó con neutralidad como si se refiriera a otro. Era español pero no tenía nostalgias de patria. El mundo era la misma mierda en todas partes. Vivía en Medellín hacía tantos años que había perdido la cuenta. Además había dejado de interesarle el tiempo. De cerca los ojos eran más intensos que de lejos, dos incendios azules. Y eran lo único inodoro en su encarnadura porque lo demás hedía. A suciedad acumulada y a sudor amargo y antiguo. El enredo de la barba y la cabeza y las arrugas del rostro le concedían una nobleza rastrera. La boca sin casi dientes. La hilacha del saco café triste sin camisa dejaba ver el pecho sin sustancia, un costillar bajo unas pátinas. Una de sus manos era una no mano. Unos dedos mezclados al azar como garfios, restos de algún accidente o por deformidad congénita. De pocas palabras, había que arrancarle las palabras. En nuestra juventud debimos parecerle unos ilusos con nuestra fe en la poesía y en la revolución de las costumbres de los lirios, porque se marchó pronto. No necesitaba decir que nuestro idealismo tan solo aumentaba la confusión de la Tierra, en su opinión callada.

Al pasar rumbo al trabajo en el banco yo hacía una reverencia, le dirigía un saludo que usted pasaba por alto como hizo con todo. Y un día desapareció de la ventana sin un anuncio, y sin dejar un resto de sombra. Nos preguntamos qué se había hecho. Dónde estaría. Si había muerto. Y después dejamos de preocuparnos por su destino. Aunque a veces vuelve a mi recuerdo, apartado, claro en el talante impenetrable de uno que renunció por prudencia moral a participar en una civilización irracional, viciosa, violenta y cruel.

Siempre lo asocié con otro hombre que conocí una vez en Cartagena. Yo había ido a curar el espíritu de la metafísica de las montañas antioqueñas en los yodos del mar oscuro. Como siempre, estábamos enzarzados con unos amigos en una discusión política. Un vagabundo echado en el andén junto a la terraza de la cervecería se levantó del polvo de pronto y dijo con su mismo ceceo. A mí me ha golpeado la Policía comunista, y la capitalista. Duele igual. Me acordé de Eduardo Zalamea Jr. cuando dijo que el comunismo no es más que un cambio de cómics. Y usted, o el otro, sonrió con dientes podridos, agitó el amasijo de dedos de la mano, y se fue a confundirse con la multitud de Bocagrande.

Y esta mañana al ponerme las pantuflas después de oír las primeras porquerías del mundo en el radionoticiero me vino a la memoria su figura. La de uno que renunció a los tejemanejes de una sociedad basada en la codicia, el odio disfrazado de grandeza, y la venganza vestida de piedad; a este mercado de pulgas de las almas donde todos tienen la suya en algún mostrador; cegados por las ansias de éxito, riqueza, o fama; entregados a la gula, el ruido y la malversación de los dones del espíritu y la naturaleza por igual, y a costa de la felicidad, que es lo peor. Usted estaba al margen del juego absurdo, no participaba en la carrera frenética de todos hacia el vacío de nadie.

Hace años escribí una oda minimalista a un ciudadano norteamericano, dueño de una gasolinera, que una tarde después de la jornada cerró su oficina con doble llave y se pasó a vivir bajo un puente. Sus parientes lo buscaron pensando que estaba loco. Él dijo. No renuncio por nada del mundo a mi tranquilidad y mi botella. Ya me parecía que detrás de esas personas como usted que a veces duermen, convertidas en bolas de sebo, en las esquinas de las ciudades, aparte y solas, no se oculta un derrotado sino un sabio que ejerce una renuncia radical por desconfianza en la acción, no un aturdido sino uno que conoce el secreto de la gran lucidez. O en todo caso mantienen la dignidad a salvo, y la inocencia, lejos de las artimañas de la usura, productora de basura, porque todo acaba en el basurero.

Su figura despojada me hace pensar que supera a los antiguos maestros de la antigüedad a quienes bastaban una escudilla y un bastón. Desarraigado, en su crítica sin palabras de las atrocidades del progreso y la razón usted apenas tenía un saco triste, unos calzones cochambrosos, y su mugre.

Quisiera vencer la repugnancia y darle un beso. No lo haré. Sospecho que su roña no era un abandono sino un modo de mantenerse lejos de las estorbosas efusiones. Respeto su derecho. Y le pido perdón por abusar de su ejemplo en esta carta en una revista de voluptuosidades. Negándole el olvido que quizás buscaba detrás de su muralla de carrumia. Usted inquieta en lo más profundo la armazón de mi identidad. Me humilla, amenaza y señala. Yo también siento con frecuencia muchas ganas de dejar mi casa y mi familia, estos perros y estos libros, de renunciar a todo, al papel de mí mismo sobre todo, y marcharme donde yo mismo no me encuentre. Pero carezco de valor. Por eso usted es mi héroe. Aunque no le importe. Y aunque al consagrarlo deshago la obra perturbadora de su libertad, su empeño en ser un hombre de una coherencia distinta, sin deseos, pasado ni esperanza. Le digo adiós con envidia por su entereza. Usted me hace sentir como un gusano. Un payaso. Como uno que disimula su complicidad en el desorden mundial amparado en el oficio de poeta. El poeta es usted. Yo soy apenas un alborotador que explota unas habilidades irrisorias, un ganapán, como cualquiera. Un poeta francés, renunciante también a su manera, declaró: Patrones y obreros, todos, plebe inmunda. Usted en su desastre aparente resulta superior a todos. Y por la serenidad de sus ojos azules sé que usted lo sabe. Y no se jacta. Por eso me parece tan admirable.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.