Querida Esmeralda:

El canal para adultos pone esta noche Lo que el viento me metió, querida Esmeralda. Si tuvieras cable, podrías verla. Como ya no tienes cable, ni novio con cable, no podrás.
Quédate tranquila, no te pierdes gran cosa. El vestuario es lamentable, aunque supongo que no importa, porque lo usan poco. Ahora mismo, acaba de empezar la gran orgía entre Escarmete O'Hara, su criada negra, el esposo, el padre y el caballo. Es la mejor parte, sí. De hecho, el resto de la película no vale gran cosa. Lo sé porque la he visto siete veces durante los últimos catorce días. El canal para adultos se repite mucho, es verdad, ya lo sabíamos, ¿no? Pues lo he confirmado en estas dos semanas, desde que te fuiste y mi mano derecha quedó como única fiel compañera de las noches de ocio. Mi mano derecha, dieciocho cajas de pizza y cientoveintidós latas de cerveza, para ser precisos. Me entretiene contarlas. En realidad, cuento todo últimamente: las latas, los anuncios luminosos de la calle, los asistentes al cine de al lado, los días, las horas, los nanosegundos, las veces en que me acuerdo de ti, que son muy pocas, por cierto. ¿Sabías que, para la función de medianoche, el cine recibe exactamente veintidós personas más los viernes que los jueves? Es exacto, las dos semanas ha pasado lo mismo. Veintidós más. Y ninguno de esos veintidós soy yo, y ninguna eres tú tampoco. Pensé que al menos vendrías al cine sola de vez en cuando, o quizá con una amiga, pero debes haber cambiado de cine, supongo que has buscado uno más cerca de tu casa, porque aquí ya no te puedes quedar a dormir, claro, y es peligroso caminar sola de noche, ¿verdad? Sí. Nunca te gustó caminar sola de noche. Quizá por eso debo suponer que tampoco ahora caminas sola de noche, que te has buscado a alguien que vaya a tu costado, no porque vaya a hacer algo en particular si se acerca un asaltante y eso, solo porque no quieres andar sola, eso es todo, no tiene que ser guapo ni especialmente fuerte ni nada, sino solo acompañarte cuando dejas de formar parte de los sesenta y dos asistentes que hay en promedio a medianoche en la barra del Black & White, seguir contigo cuando te encuentras entre los veintiséis que en promedio recorren la calle a la hora en que sales, la una y media, y mantenerse a tu lado durante el camino mientras se reduce el promedio de cabezas por metro cuadrado, hasta llegar a la puerta del ascensor de tu casa, donde serán solo dos, y luego atravesar el umbral de tu apartamento, donde la población sin mí es de una, y entrar a tu cuarto, seguro, porque a ti tampoco te ha gustado nunca dormir sola, caminar quizá se puede hacer a fin de cuentas en distancias menores de trescientos metros, pero dormir sola no, porque todas las noches tienen exactamente la misma duración y también la misma oscuridad, y el espacio vacío de tu cama, en cambio, durante las últimas semanas se ha duplicado, y hay que recuperar el promedio. Pero no te he llamado para aburrirte con mis números, Esmeralda, en realidad solo quiero contarte la película. Ahora, el que hace de Clark Gable está metiéndosela por la boca a una de las viudas confederadas. Es para consolarla, creo, es que no he puesto mucha atención en los diálogos. Tú sí que ponías atención en ellos, yo siempre pensaba que el cine bien debería ser mudo, total, nadie oye lo que están diciendo, pero tú sí oías y podías recordar escenas enteras de las películas y repetir sus diálogos, sobre todo de las comedias románticas con Meg Ryan que durante las últimas dos semanas, gracias a Dios, no he tenido que ver. Porque es hora de que sepas que detesto a Meg Ryan, Esmeralda, odio todo en ella: sus ojitos de niña mimada, su pelo rubio de niña mimada, su cuerpo casi sin tetas como las niñas mimadas, creo que hay una clínica de cirugía estética especializada en niñas mimadas porque se ven todas iguales y entre todas juntas no suman ni dos kilos de pechuga. Pero no me hagas divagar, el caso es que Meg Ryan me parece repulsiva y detestable, y solo acepté ver los noventa y tres minutos de Beso Francés porque era nuestra primera cita y quería llamar tu atención, sí, quería llamar tu atención, fíjate, hasta te dije cuánto me gustaba la imbécil de Meg Ryan y entonces me tuve que soplar sus últimas cuatro películas, que es exactamente lo que ha durado nuestra relación, cuatro películas de la estúpida esa, pero ahora te puedo decir que no, que nunca me gustó, que las veía pensando solo en que después caminaríamos menos de trescientos metros hasta mi casa y pasaríamos la noche aumentando la densidad poblacional de mi cama, los diez primeros minutos hablando de la película y todo el resto de la noche haciendo todas las cosas que Meg Ryan no hace pero sí Escarmete O'Hara. Para serte sincero, ahora me daría igual, te llevaría a ver Olimpiadas Carnales IX, que es la peor de las secuelas, porque no me importas ni me importa Meg Ryan ni me importa ninguna de sus mariconadas de películas, ni siquiera pienso que podría haber veinticuatro personas en vez de veintidós en las funciones de medianoche de los fines de semana, ni siquiera se me ocurre que la diferencia numérica podríamos ser nosotros dos sentados en la fila tres al centro porque siempre olvidas tus lentes, en realidad, sé que no los olvidas sino que odias ponértelos porque no te gusta que te vean con lentes, y sé que eso es una estupidez porque te ves hermosa con lentes, coño, te ves como una niña mimada con pretensiones intelectuales, preciosa, sobre todo cuando el cerquillo te cae sobre la montura como a Meg Ryan, pero nada de eso es relevante a esas alturas porque simplemente, no me importa, no me importa nada que tenga que ver contigo, nada de nada. Me basta con mi mano derecha, que siempre ha estado conmigo, a través de todas las películas de la idiota esa y mucho tiempo más, y cumple funciones tan importantes como las tuyas, aunque no me susurre al oído cosas bonitas sacadas de comedias románticas, aunque no me despierte con el café y el pan quemado por tratar de tostarlo en el horno, al menos no se irá nunca, y si lo hace, tendrá que ser en un horrible accidente del que probablemente yo no salga vivo y del que no te enterarás porque ya no habrá nadie para hablarte de mí, porque todos nuestros amigos han resultado ser tus amigos. Ah, porque esa es otra, ya podrías devolverme a alguno de mis amigos, aunque sea al cabrón de Miki, del que hablabas tan mal. El muy tarado no ha respondido a ninguna de mis llamadas, y eso que lo invité a venir a casa y ver el canal para adultos con pizza y cerveza, plan de machos, pero ni así. Y yo no sé si sentirme mal porque ese estúpido no responde a mis llamadas o porque realmente necesito llamar a ese estúpido y que las responda. La última vez le dejé grabado en su contestadora todo lo que tú decías de él, no lo hice por joderte, Esmeralda, solo porque me pareció que debía saber que tú lo considerabas un rábano con pantalones, y le convendría tener presente que tú habías dicho que él era la prueba de que Dios no existe, porque no habría podido crear algo tan defectuoso como el oligofrénico de Miki, esas bromas intelectuales que te daba por hacer cuando llevabas lentes y te veías preciosa, ¿te acuerdas, también le dije que tú habías dicho que a él su madre no lo había parido sino lo había cagado, esa broma no era muy intelectual, ¿verdad, en realidad el que dijo eso fui yo, pero tú te reíste cuando lo dije, así que no le mentí tanto. O a Ángela, en todo caso, podrías devolverme a Ángela, era un poco esnob pero al menos se negaba a ver películas de Meg Ryan, eso es más de lo que podemos decir de ti, estoy seguro de que ella quería acostarse conmigo, tú te reirás, seguro, pero a veces nos encontrábamos en la cocina y yo sentía cierto magnetismo, cierta atracción animal, como la que hay entre Escarmete O'Hara y el caballo, ¿entiendes? De hecho, Ángela vino un día la semana pasada, fingió sorprenderse cuando le conté que ya no estábamos juntos tú y yo, pero yo sé que era mentira, que lo sabía y que había venido por mí. Hasta saqué las cajas de pizza y las latas de encima de la cama y la invité a ver el canal para adultos, pero no se quedó mucho rato, no quería sentir que te traicionaba tan pronto, da igual, dejaré que pase el tiempo y le daré otra oportunidad, que no tardará en aceptar porque para entonces se habrá dado cuenta de que eres una hipócrita y una zorra, si me permites la expresión, y vendrá a cobijarse entre mis brazos y traerá una caja de cerveza y dos pizzas de jamón. Ya la he invitado a volver cuando quiera, pero creo que todavía no ha oído los mensajes de su contestadora. En cambio tú, querida Esmeralda, sé que estás oyendo este mensaje mientras lo dejo, tu contestadora no dice que no estás sino que no puedes atenderme. ¿Sabes por qué no puedes atenderme? Porque estás ahí con el retardado ese con quien seguramente has ido hoy a ver una película de Meg Ryan, y no es que me importe, pero puedes estar segura de que hasta ese retardado odia las películas de Meg Ryan y ha ido solo porque quiere llamar tu atención y completar los setenta y seis centímetros que han quedado libres en tu cama, quizá hasta sea Miki con su sensibilidad de rábano, ahora que lo pienso, o quizá Ángela, si has decidido cambiar de opción. No te lo digo por molestar, en realidad no me preocupa en lo más mínimo, no le doy ninguna importancia ni me quita el sueño, eso que quede claro, solo me gustaría saberlo para no incomodarlo (o incomodarla) con mis llamadas, ni gastar demasiado dinero dejándoles mensajes que no van a contestar por estar contigo en la cama comentando la última película de Meg Ryan mientras yo hablo con grabadoras y con Escarmete O'Hara, que no suele responderme porque tiene la boca llena. Digo, de vez en cuando me vendría bien conversar con un ser humano para variar, aunque fuera contigo, ¿me entiendes? Al fin y al cabo no te guardo rencor ni estoy molesto contigo solo porque te has comportado como una puta de campeonato, creo que es normal después de ver tanta película de la imbécil esa, aunque las hayas visto sin esos lentes que te quedan tan bonitos, en fin, en cualquier caso, lo digo como un ejemplo, porque en realidad no tengo el más mínimo interés en hablar contigo, y si me llamases, ¿sabes lo que haría? Te colgaría el teléfono, Esmeralda , sí, te colgaría por puta, perdona que te lo diga de ese modo, y aun si ahora mismo levantases el auricular te colgaría inmediatamente, sin esperar a que dijeras mi nombre o un insulto, o una de tus críticas como "inmaduro" y esas cosas intelectuales que dices, ni siquiera te invitaría a ver el canal para adultos, aunque a las 3:45 dan Desirée y sé que esa sí te habría gustado y solo dura una hora con quince minutos, de modo que en poco tiempo habríamos podido los dos subir nuestros promedios, al menos yo, porque tú no sé cómo tengas el promedio, ya te digo que nunca pienso en ti y que la suma de la nostalgia con la alegría de haberme librado de ti es igual a cero, a nada, a ningún sentimiento, y que tengo superávit de pizza y déficit de soledad, así que, como ves, solo llamo para decirte lo bien que estoy y lo poco que necesito oír tu voz, por eso te dejo este mensaje, para no tener que oírte, pero voy a terminar ahora porque ha empezado la escena en que la esclava negra se tira al oficial de la Unión sobre el caballo, y eso es interesante porque el oficial solamente tiene un polvo en toda la película, que es exactamente uno más de los que yo he tenido en estas dos maravillosas semanas sin ti. No te molestes en devolverme la llamada, tendré la contestadora encendida para ti, para Miki, para Ángela, quizá salga de casa por la noche y me llame a mí mismo y me deje un mensaje porque, en realidad, ahora soy libre y puedo hacer lo que quiera después del cine al que no voy, y de todas las posibilidades que tengo, lo único que no pienso hacer es hablar contigo. Adiós, Esmeralda, y que un caballo te la meta por el culo.



Afectuosamente,

Tu chico de siempre

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