Don Manuel: no digo querido amigo, o apreciado señor.
No nos conocemos. Y no hago un ejercicio de cortesía. Podría empezar diciendo: compadecido compatriota. Pero tal vez me equivoco imaginando sus noches de apartado. Dicen que al viejo le cuesta conciliar el sueño, sobre todo después de una mala vida de yerros y marrullas. Entonces el gusano temible que llaman conciencia muerde los párpados y no deja descansar. Aunque el orgullo pugne por disculpar flaquezas y justificar diabluras. Además, don Manuel, no sé si usted vive. Y da vueltas en su hamaca en las noches de la selva tropical como un Bolívar de toalla al hombro.

Y quién es Bolívar. El de Chávez. El de Marx. El que invoca el presidente Uribe, el del pastuso Sañudo. A Bolívar le pasó como a Cristo cuya posteridad lo falseó en una figura depresiva y ambigua. A Bolívar, mensajero de la unión, lo volvieron instrumento fratricida y de desacuerdo otras veces. Marx y Lenin terminaron del mismo modo de parapetos de mediocridades arropadas en un altruismo. Y el Kremlin acabó en el Vaticano de otro dogma. En la fortaleza formidable de la burocracia de privilegios que suplantó la aristocracia zarista, mientras el pueblo languidecía bajo el acoso policial.

Las imágenes mostraban una nación de oportunidades para todos: pero la pobreza campeaba en la URSS, como hoy en Cuba, solo que mejor distribuida.

No solo de pan vive el hombre. El comunismo distribuye el pan, o el hambre, y seca el espíritu. El arte ruso fue paradigmático en el mundo hasta que los bolcheviques cegaron la inventiva en un pueblo maravilloso que aún no se recupera de la línea de partido. Beneficiando de paso a la odiada Europa burguesa. Músicos, teatreros, bailarines, huyeron de los comisarios a fecundar sus movimientos de vanguardia. Los que confiaron en la revolución ignorando sus peligros esterilizadores, se suicidaron después de decepción, se resignaron al ostracismo pánico, acabaron en Siberia, o en las mazmorras de Stalin donde fueron sepultados tantos corazones magnánimos. Historia sabida.

El comunismo fue devastador para el pueblo ruso: a pesar de los astronautas no consiguieron ser más felices. Si tuvo algo positivo fue mostrarnos que también puede fracasar una pandilla de genios de buena voluntad, y despertar la desconfianza universal en las utopías. El mundo teme hoy las utopías como antes al diablo. Sabe que nos cambian siempre un infierno más o menos flexible por uno rígido. Son el sucedáneo del más allá de la metafísica. Espejismos de la esperanza.

La agitación revolucionaria de nuestra juventud distrajo la atención de problemas sociales más urgentes: la degradación planetaria, el control mediático, la postración del espíritu moderno. A la postre fue un obstáculo para nuestras aspiraciones: sirvió al inmovilismo más que al cambio.

Hagámonos justicia, don Manuel. La revolución francesa con horrores fundó para siempre los derechos del hombre y el ciudadano. Los camaradas de Lenin consiguieron a los pobres el de no pasar desapercibidos nunca más, y no ser considerados como una fatalidad histórica. Su derecho a los bienes terrenales quedó establecido. Ahora nadie recomienda como la reina de Francia a los que piden pan que coman torta. Fue nuestro trabajo evangélico. Más valioso que la toma del poder corruptor.

Como usted pienso que la sociedad es injusta. Hay que poner patasarriba muchas cosas. Pero frente al imperio abusivo del dinero y la deshumanización descreo en la liberación por el terror. La guerra engorda los demonios del egoísmo, autoritarismo, codicia, insensibilidad.

En Colombia hace años muchos veían en usted un campesino alzado luminoso, y digno. Hoy no esperamos tanto de usted una libertad ilusoria como, por su bien y el del país, un rasgo de generosidad la generosidad que tanto falta en la oscuridad presente: lucidez, no obstinación destructiva. ¿Esperamos en vano?

Usted debió leer el último mensaje de Fidel, a quien amó como a un guía el deslumbramiento adolescente que evoco. Yo tuve lástima de su decepción del poder que considera defección de juventud, y su confesión velada de fracaso. Cuando el cuerpo languidece se cansa el orgullo. Atrévase usted también en su senectud a reconocer la frustración, don Manuel. Que el error esencial es la violencia. Que la crueldad no cura los males del mundo. La oposición armada reproduce el horror del sistema porque forma parte del sistema y llena de razones la tiranía. Es preciso rebuscar nuevos caminos para la liberación añorada: el antimétodo de la imaginación, no los reglamentos de la razón dogmática. El arcaísmo de la envidia proyecta una luz negra en el futuro. En la dialéctica de las fuerzas que mueven a los hombres induce sin remedio lo que unos llaman karma y otros, Némesis.

Hace falta una perspectiva nueva para un tiempo miope que da vueltas en redondo. Hay muchas formas del heroísmo fuera de borrar al prójimo. El más arduo es el del amor. El odio es mecánico. Morir es cosa fácil, hacer vida es mucho más difícil, escribió Maiacovski en el poema dedicado a Esenin, otro suicida como él. Pero en su carta de adiós antes de pegarse el tiro dijo también: la barca del amor se rompió contra la vida cotidiana.

Las Farc hoy son, a lo sumo, una expresión de la locura nacional. Que se mira invertida en el espejo desvergonzado de la arrogancia paramilitar. Yo pienso en usted, don Manuel, como en un sobreviviente de un desarreglo civil caído en la trampa de la guerra, por cuya mano unos hijos purgan los pecados de unos padres. Y ahora prisionero de una camarilla educada en las universidades de Moscú para los internacionalistas pobres del tercer mundo, o en logias de barrio. Usted es un secuestrado más. Y sus secuestradores también están secuestrados por la idea fija, por las sombras carceleras de sus vanidades que les impiden rectificar los caminos. También intentaron usar a Quintín Lame, a los nadaístas, el sindicalismo, montones de impúberes dirigentes universitarios. Carne de cañón que hoy es un recuerdo sin reposo, las piltrafas de mostrar contra el orden establecido. A usted, don Manuel, pero tal vez son mis imaginaciones nada más, porque era más valiente, y tenía experiencia en ardides de guerra y emboscadas, le asignaron el papel emblemático en el drama. Ya convertido en un callejón sin salida. No es su culpa. Todos los asuntos humanos paran en eso. No se preocupe. Es la maldición del Paraíso.

Reconozcamos los límites del propósito. Aceptemos que nuestro sueño de pureza sirvió a las estrategias del otro gran imperio del siglo veinte. Que yanquis y rusos fueron las dos caras del mismo materialismo contemporáneo, adorador del trabajo sin alma, y puritano, moldeado en el espíritu bíblico. Repito. Usted fue admirado en Colombia hace años por muchos. Desmoronado el reino estepario, no por la traición de Gorvachov como dicen sus secretarios, si no por razones de realismo político, su proyecto de felicidad degeneró a su pesar en la desesperanza en pura barbarie. Y usted pasó a ser el gemelo de Atila, el hombre más detestado por los colombianos en sus cabales. Por qué, don Manuel, no recupera el amor cancelado. Todos necesitamos ser queridos un poco, aun los guapos. Y es hora de rendir el homenaje del remordimiento colectivo a los miles de muertos inútiles de la desunión, la más antibolivariana de las propuestas políticas.

Usted tiene derecho al perdón como todos aquí donde ya no hay inocentes. Y a morir en una cama. No hay deshonor en eso. Ni verdad en una causa que invita a morir por ella. No más patria o muerte. Queremos una patria y una vida. La toalla puede pasar a las vitrinas del Museo Nacional junto a las banderas de otras venganzas, hechas ahora harapos por el tiempo, y viento de palabras en la memoria.

Y no era más, don Manuel. Reciba un abrazo de afecto, qué más da, y también de piedad. De piedad, sobre todo. Por usted. Y por todos.

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