Hijo mío:

A pesar de que la esencia de mi oficio es la imaginación, me cuesta trabajo imaginarte. Puedo concebir a los hijos de mis personajes hasta en sus rasgos físicos y de carácter más particulares, pero tratándose de ti, mi mente se nubla y nada surge de esa confusión.

Cuando aún luchaba por armar una "vida heterosexual", a los veintidós, a los veinticuatro años, ser padre me resultaba ajeno, sin sustancia, a la vez remoto e inexorable; un acontecimiento que el futuro traería por su propia cuenta, y en el cual yo no participaría más que en forma vicaria. Tal como la vida me arrastraba hacía tiempo —en una dirección que no brotaba de mis anhelos sino de mi obediencia a las normas del mundo en que nací—, también me arrastraría hasta el matrimonio, para después hacerme padre. Por eso la distancia, lo comprendo ahora. ¿Cómo verte cercano, hijo mío, posible, cómo dejar correr la imaginación si para darte vida debía privarme del amor, renegar de mi naturaleza, mentir para querer a medias a una mujer? ¿Cómo amarte si te hubiera engendrado con resentimiento? ¿Cómo amarte si temía que te convirtieras en un mayor compromiso con una vida hipócrita, en una causa más de mi encierro, en otra razón para abandonar cualquier esperanza de plenitud? ¿Cómo amarte sin miedo si hubiera tenido que mentirte a ti también?

Así era el mundo católico del cual provengo: para tener hijos debía casarme con una mujer, no había más alternativa. Quizá la mayor desilusión que sufrió tu abuela al oír de mi boca que yo era gay fue que no le daría nietos: "Me duele pensar que nunca voy a ver tus ojos en uno de tus niños", me decía, y yo no fui capaz de comprenderla. Desde mi trinchera, ese anhelo generoso y maternal portaba el germen de su rechazo hacia mí. Tanto ella como yo vivíamos presos bajo una visión maniqueísta, homosexualidad y paternidad como dos polos irreconciliables.

Tras los años que me tomó romper el cerco de los prejuicios, tanto míos como ajenos, vino un largo período en el que conocí el amor, uno de orden natural, sin impostaciones. De ese amor entre hombres no podías nacer tú, y me resigné a esa incapacidad. Como nunca me había permitido albergar el deseo de tenerte, no significó una pérdida dolorosa. Incluso llegué a creer que había sido un acierto del destino, convencido de que yo no sería un buen padre. La paciencia no es una de mis virtudes, a veces soy más severo con los demás que conmigo mismo y cada minuto que puedo robarle a la vida lo dedico a leer y a escribir. Egoístamente, no te veía corriendo de un lado al otro del escritorio, ni levantándome presuroso para descubrir la causa de tu llanto, ni tampoco interrumpiendo la lectura porque querías ir a jugar con otros niños a la plaza o mostrarme un insecto del jardín. Hay quienes dicen que mis libros son mis hijos. Yo los quiero a todos por igual y cada uno de ellos me trae a la memoria días de satisfacción, además de las noches de desvelo cuando la historia no marchaba bien o un capítulo no terminaba de cuajar. Pero no hay duda de que un libro no es lo mismo que un hijo. Claro que no. Hago un esfuerzo para abrirle paso a ese amor sin cautela ni medida, a ese amor cargado de devoción y responsabilidad. Si me lo permito, hijo mío, si espanto a los celadores de la cueva donde está enterrado ese sentimiento, imagino que podríamos haber jugado juntos, emprendido un paseo hasta hacerlo parecer una aventura, o pasado largo rato bajo la sombra de un árbol, mientras yo te cuento una historia: como la del pato que nació sin membranas entre los dedos y no puede nadar con la misma fuerza que sus hermanos. Un pato que prefiere quedarse fantaseando en la orilla, donde se mueve mejor, mientras su familia, en estricta formación detrás del padre, da vueltas una y otra vez alrededor de la laguna. Son imágenes candorosas, lo sé, de un hombre que no ha tenido hijos, que se cerró por tanto tiempo a la posibilidad de tenerlos. ¿Qué habría ocurrido si me hubiera formado en un mundo donde dos hombres o dos mujeres pudieran amarse libremente, casarse y adoptar hijos? ¿En un mundo en el que desde niño hubiera comprendido que el amor de los míos no dependería de cuál fuera el objeto de mi deseo? ¿En un mundo en el que mi lugar y el tuyo no estuvieran amenazados? Mi vida habría sido diferente, qué duda cabe, quizás me habría casado con un hombre, con la esperanza de formar una familia. Quizás no. Pero de lo que sí puedes estar seguro es de que habría tenido toda la libertad para imaginarte y también para imaginar nuestra vida juntos.

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