“Hermanito, métase la plata en las medias que por aquí hay mucho bandolero. Atracan los buses… y matan”. Era 1962. Ya quinceañero, leí sobre la inauguración de la Ruta del Sol. Bordear el Magdalena con la ilusión de ver el mar por primera vez, algo que me había sido negado en la voz ronca de De Greiff. Con mi hermano mayor decidimos tomar un bus desde Manizales, llegar a La Dorada y 30 horas después descubrir alucinados el mar de Santa Marta, que me pareció en ese momento más bien una fotografía porque mis ojos no daban crédito a la aparición. Pero la frase de mi hermano me ha acompañado durante toda la vida. No solo a mí. De mi generación en adelante, no hemos tenido un momento de sosiego.

¿Qué pedirle al Niño Dios? La ecuación era obvia. El tipo que está en La Habana pide la paz. Una frase que puede ser sublime, pero también una inocua tontería.

A punto de desistir, comencé a pensar que en esa tarea de regresar al pasado había espacio para evocaciones un poco más elaboradas.

En Campohermoso, mi barrio, crecimos en la calle. A nadie se le hubiera ocurrido que acechaba algún peligro. Todos los días caminábamos al Colegio de Nuestra Señora. Atravesábamos las galerías en medio de tangos y milongas que vomitaban sin pausa decenas de vitrolas. Ni “rutas” contratadas, ni guardaespaldas, ni vigilancia, ni siquiera transporte público. Cuatro veces al día el mismo camino a la buena de Dios, sin una pizca de preocupación. Convivíamos en el colegio desde Santa, un camaján de medias blancas que nos enseñaba los pasos que practicaría con las putas esa noche, pasando por Ripoll, costeño aspaventoso y sin agüero, hasta llegar a los atildados hijos del magistrado, pulcritos, de chaquetita escocesa, y los Peláez, que entraban a toros sin boleta porque su padre era secretario de Gobierno. Las navidades, precisamente las navidades, eran experiencias colectivas. El rezo de la novena era más bien una kermés de risitas cómplices, recitando sin mucha conciencia la novena de aguinaldos, deformada después en una especie de erosión inconsciente del lenguaje. De “Jezé en lo alto” ahora se habla de “José”. Los “altos ministerios” no tienen que ver con reparticiones burocráticas y el “hijo humanado” no es producto de la talidomida. Y como telón de todo esto, pesebre, excursiones selváticas para traer musgo (ahora prohibido), cisnes descomunales nadando en un lago hecho con el espejo de la abuela, tres dromedarios, panderetas fabricadas de tapas aplanadas de gaseosa y, por fin, al amanecer del 25, la lluvia de regalos, momento crucial en que la alegría del reconocimiento divino se mezclaba con la envidia por la buena suerte de los vecinitos.

Sería un poco tonto pedir todo eso. Sería una ilusión soñar con que los niños al salir de su colegio no tengan que encerrarse en apartamentos amurallados, rodeados de concertinas y guardas armados. La evocación puede ser una tarea demasiado inútil si su destino es vivir lo vivido. Pero sí podemos pedir que haya una sociedad menos injusta. Que los grafiteros no mueran acribillados y que las minifaldas no terminen en violaciones etílicas en medio de parqueaderos de cascajo agreste. (Niño Dios, que la primera vez sea en el cursi cuartito azul que nos recuerda el tango). Y que quienes hoy usan armas por sedicentes ideas políticas, las dejen a un lado y sean acogidos como opositores, no como blancos militares. Y ellos también, claro está. Que las retenciones se llamen secuestros y que no ocurran más. Que las minas quiebrapatas desaparezcan y que solo haya que reclutar niños para el colegio. Esto es todo, Niño Dios.

Bueno. Y ya que empezamos en 1962, que el empate 4-4 con la URSS sea la cuota inicial de un campeonato mundial para Colombia.

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