En mis días como chico escort en un prostíbulo de Cedritos, en Bogotá, me tocó tratar con dementes de toda índole, pero ninguno tan dulce y encantador como ese al que llamaban 'Monseñor'. Llegó una mañana de agosto de 2003, y luego de inspeccionar la mercancía, señaló con su dedo argollado mi entonces endeble humanidad. "Prepárate para pagar por tus pecados", me susurró en el oído Sergio, uno de los chicos que trabajaba conmigo y quien ya había atendido al ilustre visitante. Ya a solas con él, me fui quitando el pantalón. "No tan aprisa, hijo", dijo Monseñor con voz redentora. "Siéntate", me ordenó dándome un leve empujón que me lanzó al borde de la cama. Y entonces empezó un largo interrogatorio en el que Monseñor haría que confesara mis más tempranos pecados, los cuales iba anotando en una libreta que traía consigo. Luego me dio la palabra para que enumerara sin temor mis virtudes —no fue muy largo el inventario— y, seguido, Monseñor empezó a calcular en voz alta para luego rematar: "Por los pecados confesados, por tu desobediencia —su voz había cambiado a un tono algo agresivo—, por tu osadía de llegar a una ciudad donde no conocías a nadie, por perder matemáticas tan seguido en el bachillerato te voy a dar 20 azotes. Y ocho besos en el culo por tus pocas virtudes". Quedé pasmado, Monseñor era un spanker, un disciplinador profesional, que me dio una muestra de lo doloroso que resulta el arrepentimiento.

No sé qué pienses de mí cuando leas esta carta, solo quiero que sepas que he reactivado este recuerdo al ver viejas fotografías de Cambio donde apareces con camisa blanca y tirantes, con ese áureo y férreo parecido a Monseñor, con esa misma formalidad como de bulldog con esmoquin al que provoca pellizcarle los cachetes con la más profana devoción. Debo ser un masoquista, una loca de atar, al sentir todo lo que siento por ti. Tú, que lo único que podrías darme sería una espantosa sesión de electrochoques en algún convento abandonado, mientras suena de fondo algo de la música gregoriana que tanto te gusta. Aunque eso contradiga esa divina facultad que tienes de perdonar a los de más oscuro corazón. Ojalá estas palabras pudieran conmoverte, que desinflamaran esa fea várice que ocultas como esos curitas saben hacerlo con sus largas enaguas sacerdotales que todo lo tapan.

No soy anormal ni antinatura, como declaras en tu libro que somos los gays, aunque sí debo estar enfermo para cargar con esta pasión que me inspiras. Ni siquiera puedo odiarte cuando veo cómo con tu lengua ceremoniosa das de latigazos a mis 'hermanos', como esa vez que deslegitimaste el matrimonio de Blanca Inés Durán, alcaldesa de Chapinero, solo porque las novias no dejaron inscritas sus huellas sobre ese barroco pastel que es la Iglesia católica, o cuando te rasgaste las vestiduras al pensar en la posibilidad de que un niño sea adoptado por una pareja de aberrados. A tu parecer, solo los heterosexuales pueden aspirar a tanto, pero ¿por qué eres tan cerrado, gordito? Al menos los gays sacaríamos de las cunas del ICBF a tanto niño desnutrido, golpeado, violado por sus propios padres... Pero intuyo que bajo esa apariencia de amargo boticario se esconde un blando y adorable Winnie Pooh que se atora de miel a escondidas de todos. Aunque te prefiero duro e implacable, vestido como el político sadomasoquista en el video Paranoid android de Radiohead (dudo que sepas de qué hablo).

Pero así te sueño, arremetiendo a mis espaldas, cercando mi garganta con un grueso rosario regalo de alguna de tus tías en tu abstinente adolescencia, desnudos en la cámara de alguna capilla ante el asombro de María Santísima y el Sagrado Corazón que se quedan tiesos al verte en estas, a ti, uno de sus hijos favoritos. Vaya atrevimiento el mío, procurador, vaya imaginación la mía. Pero te digo que hay que tener imaginación para poder llevar una vida digna en medio de tanto desprecio. Las locas tenemos imaginación para todo: para darle forma a un pelo hecho jirones, para arreglar un rostro al que la belleza ha mirado con desgano, para vestir a su mujer, a princesas, actrices, primeras damas, putas adineradas. Las locas tenemos imaginación para escribir historias inolvidables, como lo hicieron Manuel Puig, Reinaldo Arenas o Truman Capote. Para poder llamarse Federico García Lorca, Oscar Wilde o Gianni Versace.

Los días del renacimiento marica están por venir, ya se acerca la hora en que invadamos al mundo, en que salgamos de las cloacas con nuestras nuevas perlas, para ceñir el collar de la gran loca, quien ya casi despierta. ¡Vamos todas tomadas de la mano para cantar "la balada de la loca alegría"! Nuestros vasos llenos, ¡la sangre de Anahuac!, ¡a cantar todas, sin miedo, compañeras! Pero esto no dejan de ser palabras, y cada vez que veo tu fotografía esta arenga se disuelve y no hay nada más en mi cabeza que tu cara de niño gordo y eunuco "mirando con odio todo lo que vive, todo lo que palpita, todo lo que no sea tu Dios muerto". Y te amo, aunque sigas cercando de cruces y espinas mi camino.

 

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