Querida Inés: me acaba de dar, de pronto, un ataque de pudor que no me había pasado antes, porque para mí todo esto de esperarte ha tenido la gracia de un secreto, pero sobreponiéndome a la persona que soy, que es lo que he hecho para ir llegando a los 40, te escribo esta carta en público que como todo lo que he cometido —y aquí me encojo de hombros— es una parte de tu herencia. Yo no tengo plata. Yo no tengo el temperamento claro de los que protagonizan el mundo, sino la vocación ensombrecida de los que lo narran. Pero puedo darte lo que da el oficio de decir las cosas como son con las palabras que son, puedo darte todo lo que hay en esta casa y todo lo que he tenido yo hasta hoy. El pianito que me trajo mi papá de ese viaje tan largo, el abrigo negro de capota que era de mi mamá pero que ahora es mío, el cajón en donde he estado guardando los vestigios de mi infancia, la colección de miles de películas que tendremos que ver una por una, la biblioteca extraña e interminable que hemos ido armando entre todos: todo esto es tuyo. Y también la mañana de 1980 en la que me mareé porque me pareció tan raro estar vivo, el mediodía de 1984 en el que le confesé al cura del colegio que no podía “amar a Dios sobre todas las cosas” porque no lo conocía a Él mejor que a mis papás, la tarde de 1989 en la que pensé que mi familia no iba a poder sacudirse este país, la noche de 1997 en la que el vidente aquel me juró por nosequé misterios que todo iba a estar bien, la madrugada de 2009 en la que me resigné a los lugares comunes porque me di cuenta de que tu mamá era “la mujer de mi vida”, el amanecer de 2014 en el que tu hermano nos preguntó “cuándo va a nacer mi bebé”, el libro que he estado escribiendo, mientras naces, sobre lo que nos ha pasado hasta ahora. No sé por qué soy incapaz de partir en párrafos esta carta, Inés, de verdad que no lo sé, pero es como si quisiera decirte de una sola vez que no vas a carecer de historia, ni vas a tener que cargar jamás cosas pesadas, ni vas a sentir nunca que no tienes a dónde llegar después de una pesadilla, porque estoy yo a cualquier hora en cualquier caso, pero nada puede salir mal además, ni más faltaba, si está tu mamá para decirnos con un par de miradas que hoy estamos siendo más dramáticos que la vida. Yo confío en ella. Yo no tengo la última palabra sobre mí mismo, no, por alguna razón que no comprendo no he podido tenerla, pero ella sí. Y yo entonces la miro, y no dejo de mirarla, y le creo plenamente que soy capaz de ser tu papá para bien y para bien. Yo querría hacer por ti lo que tus abuelos han estado haciendo por mí desde el principio, que no es más ni es menos que entregarme aumentada, corregida y mejorada la vida que les dieron a ellos, pero sé que voy a hacerlo porque tu mamá lo sabe de memoria. Tengo claro que, si me lo preguntas, te diré que yo trato de que nada ni nadie se sienta despreciado, pierdo mucho tiempo encontrándole el chiste a cada día, sé que la familia no es un destino que tiene que ver con la sangre, sino un talento que va reuniendo poco a poco, y creo en un Dios que aparece cuando uno se toma el amor como una disciplina. A esta hora de la tarde estoy en mi escritorio, por ejemplo, escribiéndote esto como tejiéndote una primera manta mientras tu hermano de cuatro años, sentado en su sillita invisible que me pone tan feliz, nos dibuja un superhéroe cochino e imposible, y tu mamá lee una revista en mi sillón rojo de soltero para descansar del libro que ha estado editando sobre la guerra en Colombia, y tú pateas una y otra vez como preguntándonos qué diablos está pasando acá afuera (y ella, mi Carolina que es testigo de esta vida, te responde “¿qué es lo que está diciendo usted allá adentro?” porque aquí en Bogotá tratamos de usted a los que más queremos), y la luz habana de las tardes de este barrio va devolviéndonos ese silencio que es un privilegio, y viene “Everyday”, de Buddy Holly, desde la sala del apartamento, y todo lo que pasa en el mundo está pasando acá, y todo lo demás será para después, y este es el trabajo que hacemos en tu casa cada día, mi niñita.

 

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.