La primera dificultad que encuentro cuando me dispongo a escribir esta carta es la indecisión. No sé si a pesar del género del nombre debo dirigirme a un hombre, o a una mujer, una viuda casquivana apodada Gualteria, o algún animal intermedio, que no es el marica. Porque hay maricas con gracia. Y a usted le falta el ángel que salva a los seres estrambóticos del ridículo.

La segunda es la pretensión, que trato de conservar intacta mientras escribo ahora, de mantener el tono de la justicia, la ecuanimidad que a veces me falta, para no precipitarme en el libelo, y rebajarme yo mismo al calificar al sujeto de esta misiva, demeritándola de paso, también, con el apóstrofe, es decir, a usted, Wálter Mercado, de exabrupto de la biología, tal vez emparentado con la gallina. Pero no. Las gallinas, pese a su apariencia anodina, mansa, opaca y tímida, me merecen todo el respeto que me inspiran las hembras que ponen huevos. Y usted debe ser furioso como un pavo cuando lo irritan.

Le confieso que el esfuerzo que hago por mantener la mesura, en la cual me sostengo hasta ahora es enorme. Su pompa de caldeo de baratillo suscita en mí una espantosa antipatía parecida al odio, el más fatigante de los sentimientos. Hay en su apariencia, Wálter, algo que impone la repulsa, el fastidio que me inspiran casi todos los seres humanos sobrevestidos.

Pero supongo que su apariencia, como en todos nosotros los demás es el reflejo de la interioridad, la apariencia del alma, la consecuencia de un espíritu. Si es así, imagino la suya como un prostíbulo oriental con cortinajes y muebles de un barroco delirante que combinan con sus capas, tan alejadas de las de los dandies del XVIII y el XIX.

Estos rezumaban una inteligencia de la que usted carece, si osa presentarse ante el mundo con esa facha y la desfachatez lindante con la desvergüenza.

Aceptemos el terror de la libertad que nos agobia con sus deberes a usted y a mí. Si usted tiene la de obligarnos a soportar su presencia en los medios, y de afrentar de ese modo la figura humana que me enorgullece tanto al tiempo que me avergüenza, concédame la mía de evacuar de la atrabilis que provoca en mí, como un reactivo.

Amo los circos y usted tiene mucho de personaje de circo. Hay ciertos travestismos donde a veces lo engañoso tiene un encanto maligno. Y los grandes tramposos ofrecen un aspecto admirable de la naturaleza humana en su cinismo y en su capacidad para hechizarnos con su falsa simpatía y su cortesía y su ingenio para manipularnos. Hay un sí sé qué intrigante en la inteligencia de los estafadores de alto vuelo que se hacen adorar de los reyes, y pasean por sus alacenas y fisgonean sus cofres y usan sus dormitorios para la siesta y hacen delirar a los ricos que los miman antes de desplumarlos y desaparecer frotándose las manos.

Pero usted es entre los astrólogos de la mentira del cielo la antítesis de la elegancia de estos magos de doble fondo. Y en vez de reyes convierte en la presa de su rapacería y su ambición lo más deleznable sobre la superficie planetaria: a las mayorías de los cándidos que votan y pagan impuestos y se matan por un gol en un estadio y a veces desesperan. Entonces acuden a usted en busca de esperanza y refugio. Y usted los esquila sin reparos.

No me imagino al legendario conde de Saint Germain pavoneando en la televisión sus sabidurías. Usted vocifera y negocia con la ofuscación de las masas.

Yo lo tolero así como es, repelente. Toléreme usted a mí mordaz. Me duele su clientela aunque en cierto modo la desprecie y la esquive. La ignorancia inspira compasión siempre aunque estemos obligados a endilgarle lo más grueso de las desgracias colectivas.

Otra vez me viene a la cabeza la palabra libertad. Usted representa uno más entre los infinitos terrores de la libertad, que para ser fiel a sí misma, está obligada a permitir que usted pregone sus falsos poderes de intérprete de las estrellas y venda sus miserables soluciones a los más débiles, a los que tienen cerrados los caminos del futuro y aguardan escapar de la mala suerte con una fórmula ajena.

Usted se gana la vida diciéndoles mentiras a los más crédulos y romos, que son como niños. Yo tengo el derecho de ganarme la mía diciéndole estas cuatro verdades que expreso con entera sinceridad y de todo corazón.

Se ha dicho que el payaso, que es máscara por esencia, apariencia, impostura, es la imagen de lo demoníaco en el universo circular de la pista del mundo, este escenario de aserrín. Pero el payaso que nos hace reír lo supera a usted en perversidad. Usted es banal. Como el Limbo.

Usted es un figurón de los hechiceros a quien solo le interesa de las estrellas el brillo del oro. Usted es un simoniaco que vende consuelos en serie, un pitoniso. Si no sabía le cuento: el consuelo y el consejo son las dos cosas más santas en la esfera de las relaciones humanas. Y solo las buenas putas, las putas honradas, las buenas putas de Dios, pueden atribuirse el título de maestras en el oficio de consolar y aconsejar. Cuando no hay parteras.

El mundo tiene suficientes mentiras, Wálter Mercado. Y suficiente desvergüenza. Deje tranquilos los sufrimientos ajenos que promete sanar, las incertidumbres de los demás que no puede mitigar un ser incierto como es usted, los miedos de los otros: usted encarna lo pavoroso. Enfréntese con lo suyo propio, si tiene un espejo a mano en el tocador de su soledad, si es capaz de soledad. Mírese a los ojos y comprenderá estas cosas que le digo y por qué se las digo y que se las digo con razón.

Júreme que a veces no se siente infeliz en el papel de logrero. De mercader de ilusiones. Que a veces no quisiera otro oficio. Y tener por ejemplo un tallercito de lencería donde borden flores y anagramas sobre pañuelos de organdí. Una charcutería donde vendan encurtidos, vinagres y codornices desplumadas. Un lupanar de mariposas viejas para marineros cascados. Un ancianato para solteronas. Un sauna con cisnes tallados en los bordes de las piscinas y serpientes emplumadas en las cornisas. Un invernadero de flores carnívoras.

Pero a mí qué me importa.

Como no quiero ser injusto, ya le dije al comienzo, y espero haberlo conseguido, debo agradecerle, Wálter Mercado, antes de irme a lo mío, que me haya facilitado este ejercicio purgativo de tantos otros ascos como propone este mundo. Excúseme. Tal vez no hago más que volcar el vómito por otras cosas en su anodina presencia de profetiso.

Por mí, puede hacer con sus astrolabios y cuadrantes y compases lo que le venga en gana. Un candelero de su gran culo. De su capa, un sayo. Ya estoy desintoxicado. Y me siento más tranquilo. Y por fin, si usted hace el mago, yo puedo reemplazar a Dios. Y le perdono su aire mustio de trujamán ambiguo. Y la pantomima que hace presa en tantos inocentes e idiotas como corren por estas calles, convencidos de que usted puede venderles una pizca de felicidad y de luz, llamándolo a su teléfono celular. Si serán pendejos.

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