Lo vengo a saber tantos años después. Había un camino de pinos espigados entre su casa y la mía. Una ventana que la hiedra no había devorado por completo. Un perro viejo cansado de ladrar. Una bicicleta de cartero con los frenos dañados. Una casa de muñecas que alguna vez fue suya y que se había ido convirtiendo en el cuarto de los trastos inútiles: detrás de una máquina de coser, de un baúl con la chapa oxidada y de un par de maletas con calcomanías de Praga y de Buenos Aires, de San Sebastián y de Valparaíso, allí, debajo de una claraboya cubierta por las ramas de un eucalipto que nadie volvió a podar, me estaba esperando ese viernes a la salida del colegio. Se había robado un cojín del cuarto del televisor para disimular la dureza de un colchón que parecía relleno de piedras. Me dejó una carta con las instrucciones. Debía quitarme el saco rojo del uniforme, dar la vuelta a la manzana empezando en la casa de los Jiménez, entrar por el jardín, estar pendiente de la ventana de la cocina para esquivar a Julia, abrir la puerta de un solo impulso para evitar el crujido de las maderas. La llamé en voz baja cuando crucé el umbral y me pidió que la buscara. La encontré bajo una delgada manta de avión, con los pies descalzos por fuera. Me hizo señas para que guardara silencio y me acostara a su lado. La había besado muchas veces a la sombra de los pinos, había pegado mi cuerpo al suyo recostados contra el tronco viejo del eucalipto, me había estremecido con el roce de mis manos sobre la camisa templada de su uniforme. Había soñado con su piel en esas noches de desvelo en las que cerraba los ojos para creer que mis propias caricias eran las suyas. Pero no estaba preparado para que tomara mis manos, como lo hizo aquella tarde de septiembre, y las dejara recorrer sus muslos y jugar con su sexo bajo la falda de cuadros que muy pronto terminó sobre el baúl de sus abuelos.

Lo vengo a saber tantos años después. La mandaron a Londres con la disculpa de que debía aprender inglés, pero los dos supimos que sus padres no habían soportado la noticia de Julia, aquella vez que nos descubrió desnudos en la casa de muñecas que habíamos convertido en nuestro escondite de casi todas las semanas. Manuela le rogó que se quedara callada. Trató de convencerla, primero con mentiras estúpidas y luego con amenazas infantiles que no lograron conmoverla. La vieja había trabajado por más de veinte años con la familia, había visto nacer a Manuela, la había cuidado como a su propia nieta y jamás había entendido que aquellas hormonas que crecían con ella pudieran reclamar su parte. Solía decir que moriría virgen y goda, y un beso de telenovela era suficiente para escandalizarla. Durante varios meses tuvimos que recurrir a las disculpas más descabelladas para encontrarnos. La casa de muñecas, que había empezado a oler más a sexo que a humedad, fue derribada. Aprendimos a amarnos en la silla de atrás del viejo Citroën de mi padre. Nos arriesgamos en la sala de espera del consultorio de una tía odontóloga. Conocimos los rincones más oscuros del parque de Niza. Nos gastamos los ahorros de estudiantes para pagar un cuarto de hotel en Chapinero. La prohibición había distanciado nuestros encuentros, pero había despertado una pasión que no imaginábamos. Su cuerpo se había convertido en un territorio de regiones exóticas que exploraba con curiosidad de conquistador aunque la visa para cruzar la frontera me hubiera sido negada. Aprendí a ser hombre en su piel, y muchas noches me ahogué en un llanto de niño después de su partida.

Lo vengo a saber tantos años después. Mi corazón siguió siendo de Manuela, incluso cuando aparecieron otros cuerpos en los que buscaba el suyo. Cuando quise que otras mujeres me amaran como ella. Cuando cerraba los ojos y recorría otros muslos y jugaba con otros sexos mientras recordaba la primera vez, bajo la luz incierta de una claraboya tapizada de ramas secas. Mi corazón fue suyo hasta que me confesó, en aquella carta que maldije tantas veces, que su cuerpo ahora era de otro hombre. Su cuerpo y sus pensamientos. Sus desvelos, sus promesas y sus sueños. El tiempo trajo la calma, pero jamás el olvido. A cada mujer de la que creía enamorarme la comparaba con Manuela, y al final todas las balanzas se inclinaban por ella. Me casé por despecho o por una inútil sed de venganza, y me demoré mucho tiempo en aprender a querer a la madre de mis hijos. El recuerdo de Manuela se fue diluyendo, a pesar de que de vez en cuando me llegaban noticias sobre su vida de mujer feliz, de esposa fiel, de madre realizada. Cuando me atacaba la nostalgia, me consolaba pensar que mi historia es como la de casi todos: que no soy la excepción, que casi nadie se casa con el primer amor, que muy pocos pueden contar que en su vida solo han entregado el corazón una vez. Y sonreía para mí y pensaba que, en todo caso, había sido el primer hombre en su vida. Que eso no lo olvidaría. Que me llevaría en su piel para siempre. Pero también la nostalgia pasó, y Manuela se convirtió en una especie de mueble viejo, de mueble inútil, como el baúl de los abuelos en el que apoyó la falda del uniforme aquella tarde de septiembre. Como uno de esos muebles que uno no está seguro de haber regalado, de haber vendido, de haber botado o de haber abandonado en el fondo de una casa de muñecas. Como una maleta vieja en la que resulta casi imposible leer los destinos que alguna vez le dieron sentido.

Lo vengo a saber tantos años después. Mi secretaria me dice que me busca la señora Manuela Santamaría. Me tomo unos segundos para responder, aturdido por una noticia que me parece imposible. Una equivocación. Una casualidad. Una broma de mal gusto. Le digo que la haga pasar y durante el momento breve de la espera, mi cabeza viaja en desorden a la casa de muñecas, al camino de pinos espigados, al consultorio de mi tía, al cuarto de hotel en el que me perdí en su cuerpo por última vez, la víspera de la partida. Aquella vez, me dice Manuela al cabo de media hora de conversación, quedó embarazada. Lo supo en Londres unas semanas después. Lo escribió mil veces en cartas que siempre terminaron en el cesto de la basura. Pensó que el destino nos había entregado la disculpa perfecta para que nadie más se opusiera a nuestro amor. Una razón irrebatible para permanecer juntos por el resto de los días. Pensó que podríamos levantar una casa en el jardín como aquella que la vio jugar con las muñecas y también la vio convertirse en mujer, y que allí, al lado de los pinos, a la sombra del eucalipto, tendríamos un lugar para amarnos y para criar a nuestro hijo. Pero también pensó en la cara de sus padres, en el enojo convertido en maldiciones, y pudieron más el temor y la culpa.

Lo vengo a saber tantos años después, y me levanto de la silla para abrazarla, para decirle que tengamos ese hijo que no fue, ese hijo que no pudo ser, y cuando estoy a punto de estrecharla entre mis brazos miro la tristeza de sus ojos y me doy cuenta de que es tarde, muy tarde. Manuela me dice que no ha habido un solo día de estos dieciocho años en que no piense en nuestro hijo. Que el secreto la indigesta, la carcome. Que necesita matar el fantasma. Que necesita vomitar esa verdad para no volver a pensar nunca más en él, para no volver a pensar en mí. Y se levanta. Y me besa en la boca. Y yo siento que en ese beso me está pasando el veneno que me llevará de vuelta a la casa de muñecas, y que en adelante no habrá un solo día en mi vida en que no piense en nuestro hijo, en que no piense en ella. La detengo cuando está a punto de cruzar la puerta y le propongo que matemos juntos el fantasma. Esa noche, a la hora acordada, la veo entrar al hotel de Chapinero y la imagino con su falda de colegio e imagino sus muslos firmes y su sexo húmedo. Vacío la copa de un solo sorbo, cruzo la calle y entro tras ella al hotel y la encuentro en el cuarto con los pies descalzos por fuera de la cobija y la miro durante diez o veinte segundos. Ya está, le digo. Ya está, me dice. Y doy media vuelta. Y antes de salir llamo a mi mujer y le digo que me espere a cenar.

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