Mis testículos no descendieron naturalmente. En esa época eran desconocidos los daños que eso podía causar y me los bajaron con una operación a los siete años. Hoy en día se sabe que eso produce cáncer y por eso el procedimiento debe hacerse en los primeros días de vida.

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Pasó el tiempo, llegué a los 45 años, y un día me sentí una bolita en un testículo. Volé al médico y al segundo día ya estaba en cirugía, me habían detectado cáncer de testículo. Me operaron y me hicieron unas irradiaciones, pero nunca me dijeron que podía quedar impotente. Seguí mi vida normal, me fui a vivir a Canadá y estando allá empecé a notar dificultad para relacionarme con las mujeres. Las miraba menos y las deseaba menos, inclusive masturbarme era un problema.

Empecé a sufrir física y emocionalmente. Sentía pena social, aunque nadie sabía lo que tenía. Todo era una desgracia, porque sabía que hacía infeliz a mi esposa. Estaba decaído anímicamente, con la autoestima por el suelo. Decía que todo se había acabado. En el trabajo me sentía cansado, no rendía, no le encontraba sentido a la vida. Por eso decidí visitar al médico. Iba constantemente a preguntarle por qué me dolían los huesos, por qué me dolían las articulaciones, por qué me dolían las coyunturas. Era tanta mi insistencia que incluso me hice amigo de uno de ellos. Una vez por semana nos veíamos y un día me dijo: "Todos los síntomas que comentas indican que puedes tener una falta de testosterona". Me hizo un examen que confirmó sus sospechas.

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Dado que mi historia clínica estaba en Colombia y era muy difícil recopilar toda esa información para que me trataran en Canadá, decidí volver al país para someterme al tratamiento que me ayudara a recuperarme. Fui a visitar a un urólogo y me recetó testosterona. Mi libido mejoró y empecé a tomar viagra. Al principio me tomaba una pastilla de 50 miligramos, pero empezó a mermar la erección y decidí aumentar la dosis. Llegué a tomar 100 miligramos antes de cada relación sexual y eso me provocaba mareos, vómitos, indigestión, la presión se me subía, pasaba con dolor de cabeza y con los ojos rojos. Aguanté todo eso hasta que mi pene no volvió a reaccionar y me vi abocado a buscar soluciones.


Pensé en una prótesis de esas que se inflan con una bomba. En Cali no conseguí quién me la pusiera y me tocó viajar a Bogotá. Allá encontré una firma dispuesta a hacerlo, me pedía 30 millones de pesos, pero no me daba garantías por las altas probabilidades de que quedara impotente de por vida, pues en caso de alguna infección me la tenían que sacar. En eso andaba cuando escuché por radio la publicidad de una clínica que trataba todos los problemas de sexualidad masculina. Aparté una cita de inmediato y me atendió un doctor muy joven. Antes de cualquier cosa le dije:

—Mire, doctor, yo quiero la mejor bomba.

—Aquí no ponemos prótesis —me respondió.

Alarmado le pregunté cómo podía solucionar mi caso. Me pidió que me calmara y empezó a explicarme que ellos trabajan con unas inyecciones naturales que ayudan a dilatar el pene. Sin pensarlo acepté el tratamiento. Primero, me hicieron una prueba aplicándome una inyección con una aguja muy pequeña, de esas que usan los diabéticos. Tuve una erección de cuatro horas.

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Seguí con el tratamiento y hoy soy el hombre más feliz en la tierra, volví a los 15 y tengo erecciones prolongadas. Mi caso nunca lo hablé con nadie, ahora se lo he comentado a mis amigos. Es que los hombres tenemos un problema gravísimo con eso de la impotencia y era mejor que nadie supiera. La sociedad castiga muy fuerte y yo no quería ser señalado y, muchos menos, objeto de burlas y bromas de mal gusto.

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