Pongámoslo así.

Sí no eras bueno para el fútbol, no servías para nada. Un Don Nadie. Las chicas del barrio oirían de las hazañas de los gambeteros, de los feroces dribbleadores que marean a los rivales con quiebres de cintura, de los perforadores de redes imaginarias. Porque no había redes. Los arcos eran marcados por dos piedras, y en ocasiones con los guardapolvos blancos de la escuela primaria.

Tenía 12 años y habitaba en Belgrano. Un sector acomodado, pero aquí y allá había bolsones de modestia. El mío era una pensión de la calle Mendoza que administraba una dama gallega.

Me consideraba un experto en humillaciones; no en proporcionarlas, sino en recibirlas. Cuando los ‘capitanes‘ elegían a los astros de sus equipos, yo era invariablemente el último. No es que fuera discriminado. Era ‘tolerado‘ con una suerte de solidaridad que sin embargo nunca inventó el simulacro, por ejemplo, de ponerme alguna vez penúltimo en la elección de un equipo.

Es que ser más malo que yo, ‘el Chileno‘, hubiera llevado a una depresión al beneficiado.

Futbolísticamente, era lo que botó la ola.

Es decir, un ‘tronco‘.

Infinitamente más rápido con la lengua que con las piernas. Podía recitar parrafadas del Martín Fierro mejor que cualquier porteño, pero el balón parecía marchitarse en mi pie cada vez que recibía un pase.

El desenlace de esta virtud fue que invariablemente me pusieran al arco.

Las pichangas de barrio eran mi alegría, por no decir mi vida.

Hasta que ‘el Flaco‘ Moscoso decidió profesionalizarnos. Adicto a leer El Gráfico y a silbar chacareras, nos inscribió sin consultarnos en la liga amateur Belgrano C. Los equipos eran tan poco temibles como el nuestro: un seleccionado de la Escuela Pública San Elías, un team de sexta división infantil del Gimnasia y Esgrima, los nietos del Centro Vasco, los santurrones de la Parroquia María Inmaculada. Nada especial. Pero era una LIGA.

Lo escribo con mayúscula, porque darle un tratamiento rutinario sería disminuir el cataclismo que el debut ‘profesional‘ causó en mi vida.

Todo era mortalmente serio: se exigía que jugáramos 11 por lado, que los arcos midieran al menos seis metros y, sobre todo, que tuviéramos uniformes. Camisetas. Cada uno con su número.

El ajuar fue una donación de la dama gallega, amante de Moscoso; un juego exacto para la oncena. Si alguien salía lesionado, se tendría que sacar el tricot y entregárselo al reemplazante.

Pero además en la LIGA los partidos eran con un árbitro. Lo mandaba el teniente de la comisaría de la calle obligado a imponer autoridad en la cancha.

Es que los vigilantes tenían los pitos con que dirigían el tráfico.

Eran importados de Alemania.

El partido más importante de mi vida fue en Núñez, en una cancha de tierra, debidamente demarcada con tiza blanca. River Plate la había puesto a disposición de los pibes marginales para que combináramos la delincuencia con la redentora actividad deportiva.

Nuestra tricota era naranja.

Un color optimista, porque Moscoso buscaba pegarle una mordida a la gloria: ‘profesionalizar‘ a este conjunto de chicos con rodillas sucias, moretones en los muslos y tajos de heridas de pedradas en la cara.

"Si de aquí sale un solo crack —nos arengó en vísperas del primer match— espianto de la noria. Lo vendo a San Lorenzo, me hago de guita y me voy a la tierra de mis nonos: Tarquinia, la cultura etrusca. ¡Pero qué saben ustedes de cultura, atorrantes!".

El partido tuvo lugar a las diez de la mañana de un domingo de junio. Los chicos del club llegamos en tren desde Barrancas de Belgrano, peinados a la gomina por nuestras madres, y más de uno trajo a su padre, o a la chica que quería impresionar.

Yo le oculté el compromiso a papá: hacía seis meses que no encontraba trabajo, y los domingos leía los avisos clasificados de Clarín marcando las ofertas de oficios varios con un lápiz rojo.

—‘Chileno‘ —me dijo Moscoso, al dejarme instalado bajo el travesaño—, tienes que ser una cordillera para los atacantes. Se van a estrellar contra ti como contra la Cordillera de los Andes. Eres un arquero con altura y coraje.

Olvidó mencionar que había obtenido el puesto titular de portero debido a mi nulo talento para el dribbling. En cuanto recibía un pase, el balón parecía marchitarse a mis pies. Fui a parar al arco, porque hablando en plata, ahí era donde hacía menos daño.

Queriendo mitigar mi humillación, demostré en el área chica un talento suicida para arrojarme a los pies de los delanteros, un frenesí desesperado al apartar con puñetazos los disparos de media distancia, una intuición feroz para arrojarme justo a la esquina donde me disparaban los tiros penales.

Por así decirlo, mi habilidad nació de mi desesperación. Un talento pichanguero. De sitios baldíos y plazas dominicales.

Pero una cancha de fútbol verdadera, con arco completo, de verticales y travesaño, solo la había visto desde las graderías del estadio de River Plate en Núñez.

Y ahora estaba en un peladero, aunque con un arco propiamente tal. La distancia entre palo y palo me pareció aterradora. Sentí que tardaba un minuto entero en recorrer el tramo de vertical a vertical.

Mientras los chicos del club precalentaban mezclándose con los rivales del Patronato San Elías, Moscoso hizo que me sacara los guantes y me presentó a un hombre bajo, de bigotes y sonrisa amplia. Le estreché la mano.

—Es el señor Hughes. Un veedor.

—¿Qué es eso, Moscoso?

—Un veedor es un hombre que ve y después cuenta. Si hay un arquero aquí que juegue bien entonces lo cuenta en San Lorenzo. Y de ahí en adelante... Bueno, este es el partido de tu vida.

No dijo más. Pero yo supe lo que quería decir. Quería decir: "de ahí en adelante, la gloria".

—Yo fui el que descubrió al León de Wembley —dijo el veedor.

Miró al cielo como aquilatando el chaparrón que podría contener una nube oscura y luego estiró su simpática sonrisa durante diez segundos.

—Es una broma, pibe. Si yo hubiera descubierto a Miguel Ángel Rugilo no estaría pendejeando los domingos en los potreros. Moscoso me ha hablado bien de vos. Dice que tenés coraje y reflejos felinos. ¿Viste que el problema del fútbol argentino es siempre la defensa? Todos quieren golear pero les aburre volver a la retaguardia. De ti depende tu futuro, pibe, y —golpeó el pecho de Moscoso y el suyo propio— también el nuestro. Mostrame lo que sabés y quizás estos palos ordinarios que hoy te enmarcan en cosa de un año sean de oro.

Si nosotros éramos infantiles de 13 a 14, el contrincante de San Elías traía solo mocetones con aspecto de estar haciendo el servicio militar. Las frentes feroces marcadas de acné y las mejillas mal rasuradas por Gillette Azul, zapatones profesionales con toperoles, y camisetas con los colores albicelestes de la selección patria.

Desde mi puesto, parecían diez toros escarbando el polvo con sus patas dispuestos a arrasar con cuanto torerito de manta naranja se les pusiera en el camino.

El vigilante hizo sonar su pito estridente. El centrodelantero la tocó al wing, el wing avanzó por la izquierda, la devolvió adelantada al centrodelantero y este, que ya había dejado a sus espaldas a nuestra defensa, clavó el balón pegado a mi palo derecho.

Es decir, pitazo inicial y gol.

Fui a buscar la pelota hasta una acequia vecina mientras los muchachones del San Elías se abrazaban.

Si en algunos equipos un gol en contra al minuto inicial les sirve de estímulo para parir garra, en el nuestro obró como un balde de agua fría.

Nos metieron el segundo a los cinco minutos desde fuera del área grande. El tercero a los 13, con un cabezazo a un balón que se me resbaló de las manos, el cuarto a los 21, con una florida chilena de un defensa que aburrido de la inacción en su zona bajó a entreverarse con sus atacantes, el quinto antes de la media hora, tras una linda combinación de paredes, que dejó en el suelo a tres de nuestros chicos, el sexto en un arranque individual de un morocho elástico que aceleró desde el círculo central en línea recta, sin que nadie lo marcase, y que cuando estuvo frente a mí me la levantó suave y canchero por sobre mi cabeza para ir a retomarla y meter el gol displicente golpeando la pelota de taquito.

Y un minuto más tarde, cuando vi venir el séptimo en los pies endemoniados de un rubio pecoso con aspecto de malandrín irlandés, me le tiré suicida a las piernas y lo derribé dentro del área chica.

El pitazo del vigilante estremeció el vecindario: penal y expulsión.

Puse el balón en el punto de los 12 pasos y me fui directo a sentar al rudimentario banco de madera donde estaban Moscoso y el veedor, para asistir con las orejas hirviendo a la ejecución del tiro contra el arco que ahora vino a ocupar el hijo del quiosquero.

Siete a cero.

El vigilante dio por terminado el primer tiempo y avanzó hasta nuestra posición.

—Si les parece, señores —dijo—, podríamos dejar el juego hasta aquí, porque así como están las cosas, en el segundo tiempo solo cabría decir "etcétera".

—Me parece razonable —se rascó la frente el veedor.

— Ta bien —escupió Moscoso.

—Además es domingo y mi esposa prepara para el almuerzo unos ravioles al tuco que ni se los cuento —dijo el vigilante, guardándose el pito en el pantaloncillo de seda negra.

El veedor me puso una mano en la cabeza y me desordenó cariñosamente el pelo.

—Estuviste bien, muchacho. Solo te hace falta un equipo que juegue a tu altura.

—Don —le dije limpiando las lágrimas que se fundieron en el barro de mis mejillas—, este es el partido de mi vida. No lo suspenda.

—Tranquilo, muchacho. Dejémoslo hasta aquí .No te gustará contarles un día a tus nietos que perdiste el partido de tu vida catorce a cero.

Tal vez tenía razón el veedor. Y Moscoso acaso ya pensaba en cómo recuperar las camisetas naranjas para intentar la gloria con algún equipito de Avellaneda, y el vigilante tal vez ya se imaginaba repartiendo queso parmesano sobre el tuco de los ravioles.

No volví a jugar fútbol. Tengo ya un nieto adolescente, que a pesar de vivir en Berlín, hace tiempo acertó con hacerse hincha del Barcelona. Con todas las satisfacciones que este año le ha dado Messi, no tomará a mal enterarse hoy en SoHo de este Waterloo de su abuelo.

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