Ser censista no es fácil. Pero es aún más difícil cuando se hace en pleno invierno en un país muy rural o en plena campaña presidencial con una población dividida. Tampoco ayuda el hecho de que para muchos la visita de un censista significa su primer encuentro con el Estado. Y aquí más de uno tiene algo para decirle.  Aprovechan su visita para quejarse sobre el sistema de salud, el acueducto o el político de turno.

Así fue como alrededor de 30.000 hombres y mujeres iniciaron la gigantesca tarea de censar Colombia. ¿Para qué? Para saber cuántos somos, dónde estamos y cómo vivimos.

El censo lo realizan censistas de cada uno de los municipios del país, pues ellos conocen su territorio y a su gente mejor que cualquiera. Si se va a censar pueblos indígenas, los censistas son indígenas; si se va a censar a negros, afrocolombianos, raizales o palenqueros, los censistas son de estas comunidades; de igual manera sucede con los gitanos o pueblo Rrom.

Julián Bayona arrancó su trabajo como censista en Bogotá el 17 de mayo y todavía ronda por la capital censando. Dice que la experiencia lo ha marcado mucho y, de hecho, la marca es literal. Un día antes de conocernos lo mordió un perro en el barrio San Luis en el oriente de Bogotá.

Este, como tantos barrios y veredas del país, tiene muchísimos perros por ahí que andan sueltos y que fueron entrenados para proteger a sus habitantes. Si censaran las mascotas —o por lo menos los perros— las cifras serían ridículamente altas. Y es que, increíblemente, el mayor peligro de ser censista es que lo muerda un perro.

“Hay personas que no quieren hablar o que no pueden sacar el tiempo, pero muchos nos reciben bien. Hay que explicarles que somos del censo, que pedimos unos datos básicos y, sobre todo, que es obligatorio”, cuenta Julián.

Naturalmente muchos desconfían de que una persona que no han visto antes les haga tantas preguntas y entre a su casa. Por eso es crucial que ellos estén tengan puesta la cachucha, el chaleco, la maleta y un carné que los identifican como censistas.

También andan con el dispositivo móvil de captura, que es la herramienta con la que recolectan la información. Se parece muchísimo a un celular, pero no lo es. De hecho, a más de uno se lo han robado (o intentado), como fue el caso de Mario Ospina, un censista del Llano. Unos delincuentes, al tratar de quitarle el aparato, le apuñalaron la mano y le dejaron una herida de cinco centímetros de profundidad. Cuando llegó al hospital llamó a la coordinadora del Meta y, orgulloso, le dijo: “Tranquila, no me dejé robar”.

Para evitar esto —y otras situaciones incómodas, por decir lo menos—, cuando están en una zona de alto riesgo van en grupo y se cuidan los unos a los otros. Si son mujeres incluso tratan de entrar acompañadas a las casas. Hasta el hecho de aceptar un tinto las puede poner en una situación vulnerable.

Puertas adentro se ve de todo. Las personas no están en la obligación de dejar pasar a los censistas a sus casas, pero es lo que recomiendan. Algunos los reciben en la puerta del hogar, pero otros incluso les ofrecen la mejor silla de la vivienda para que estén cómodos.

Doña Mercedes Munar fue una de las habitantes del barrio San Luis que nos dejó entrar a su casa. Por fuera pareciera que nadie viviera ahí —tiene el aspecto de un lote abandonado—, pero es su hogar y el de sus dos hijos veinteañeros. Pero en Colombia hay muchos hogares improvisados y a veces puede tener la fachada de una tienda de barrio, un jardín comunitario o hasta un local comercial, pero adentro puede vivir una familia o más.

Antes de entrar, Mercedes nos dijo que pasáramos rápido porque el perro “tira a morder a la cara”. Solo esa imagen hizo que corriéramos despavoridos. Adentro nos sentamos en un improvisado sofá, que en realidad eran muchas bolsas plásticas y papel cubiertos por una sabana.

Mercedes terminó siendo una de las pocas mujeres que en vez de quitarse años se ponen. Cuando la censista le preguntó por su fecha de nacimiento y edad algo no le cuadró. Sacó su celular y se dio cuenta de que se estaba poniendo casi diez años más. Lo mismo pasó en otra casa a la que fuimos cuando una abuelita dijo que su nieto tenía 3 años, pero al hacer las cuentas notaron que pronto iba a cumplir 6.

Durante la capacitación, los censistas son entrenados para ser muy cordiales y para, en resumidas palabras, no mostrar ningún tipo de reacción ante alguna de las respuestas, ni buena ni mala. Aunque en general es algo que pueden hacer sin problemas no siempre es fácil ser de piedra cuando, por ejemplo, una mamá le cuenta a la encuestada que su hijo de 5 años fue violado a los 3 y de ahí quedó con una discapacidad o al ver la situación de pobreza extrema en la que vive una familia.

Eso le pasó a Sara*, la censista de Mercedes. Unos días antes, también en el barrio San Luis, visitó una familia tan pobre y con tantas necesidades que tan pronto abandonó su hogar se atacó a llorar. Luego se calmó un poco y le compró un pequeño mercado, aunque sabía que eso solo era un paliativo. A Mercedes también intentó ayudarla. Le habló de Techo —la fundación que les construye casas a los más necesitados—, pero ella le explicó que ahí vivía en arriendo y que no podía hacer nada. Luego le pasó los datos de otros sitios donde la podían ayudar y siguió con la encuesta.

Pero los retos de un censista no están únicamente relacionados a un estrato bajo. Si de algo han sido testigos los funcionarios es de la desigualdad que hay en el país. Para empezar, entrar a los hogares de clase alta es todo un lío. Tienen que pasar primero por los vigilantes, luego el administrador del conjunto y luego esperar si los quieren recibir en sus casas o en el salón comunal, como lo han hecho varios condominios.

Juliana*, por ejemplo, pasó un mal rato cuando en una casa estrato 6 preguntó cómo era el piso de la vivienda —una de las preguntas de la encuesta— y la censada le respondió: “¿Y es que no está viendo?”. También tuvo que censar a un político muy importante y le preguntó si sabía leer y escribir, otra de las preguntas del censo. Sobra decir cómo reaccionó.

Pero es parte del trabajo y no todo es malo. José Luis Cortés, censista rural, recuerda que en una visita el señor que lo recibió solo movía la cabeza. Al rato de haber hecho la encuesta, entró una señora a la casa y le dijo: “Usted parece como bobito hablándole a mi hijo sordomudo”. Esta es tan solo una de las tantas anécdotas divertidas que tienen los censistas y que se cuentan a través de notas de voz en WhatsApp.

En la ruralidad es donde, probablemente, más se divierten. Aquí, a diferencia de la ciudad, es casi imposible llegar a los hogares pero eso no impide que los censistas lleguen. Literalmente han tenido que cruzar ríos caudalosos, caminar sobre arena movediza, atravesar montañas y selvas y sacar motos y carros que se quedan estancados. Pero fuera de sonar a una imposible travesía, la convierten en toda una aventura que los acerca aún más a su tierra y departamento.

Así lo quiso sintetizar Alexandra Polanía, censista del municipio Cabiyaro (Meta), en un poema al que título El Dane con el llano:

Cuando me fui a censar a la vereda El Vergel
Me pasaron muchas cosas que me hicieron crecer
Me vi perdida en la llanura sin saber qué hacer
No encontraba mi morada dónde tenía que amanecer
Estaba llena de barro, pues había caído a un pantano temprano
Al llegar a un quiebra patas me atajaron las vacas y me tuve que devolver
Y me encontré con un oso palmero que me hizo palidecer
No sabía si gritar o correr
Pedía ayuda a Dios, pues no sabía qué más hacer
Como ángeles del cielo cayeron mis compañeros que me fueron a recoger
Dios bendiga este trabajo, hoy soy otra mujer
Más segura, más fuerte y más valiente
Gracias a mis compañeros que de cada uno aprendí
Que la vida no es fácil y hay que saberla vivir.

*A petición de las censistas los nombres fueron cambiados.

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